Militarmente fuerte, diplomáticamente aislado y ante un Estados Unidos dividido, Israel deberá elegir mucho más que un primer ministro
El 27 de octubre de 2026 Israel celebrará las primeras elecciones nacionales posteriores a la masacre del 7 de octubre de 2023. Presentarlas como una nueva competencia entre Netanyahu y sus adversarios sería no comprender la dimensión histórica del momento.
Israel llegará a las urnas militarmente fortalecido, después de haber demostrado una capacidad extraordinaria para combatir simultáneamente en distintos frentes. Pero también podría llegar con el mayor aislamiento internacional desde su Declaración de Independencia en 1948.
Nunca fue tan fuerte para defenderse ni estuvo tan cuestionado por hacerlo.
Por eso, estas elecciones no decidirán solamente quién será el próximo primer ministro. Determinarán quién estará en condiciones de conducir al Estado judío en un mundo diferente del que conocimos: un mundo en el que las antiguas certezas se han debilitado, los aliados ya no son incondicionales y el derecho de Israel a defenderse parece depender, cada vez más, de quién sea el agresor y quién la víctima.
El paraguas que dejó de proteger
Durante décadas creímos que la Shoá había establecido un límite moral para la humanidad. No necesariamente amor por los judíos, pero al menos cierta comprensión de lo que significaba dejarlos indefensos frente a quienes anunciaban su destrucción.
El 7 de octubre demostró que aquel paraguas de tolerancia se ha agotado.
Israel sufrió la mayor matanza de judíos en un solo día desde el Holocausto. Hamás no atacó una instalación militar ni procuró conquistar un territorio en disputa: asesinó, secuestró, violó y quemó familias enteras. Sin embargo, poco tiempo después, una parte considerable de la conversación internacional dejó de centrarse en el crimen cometido y comenzó a juzgar casi exclusivamente la respuesta de Israel.
Raphael Lemkin, jurista polaco de origen judío, acuñó en 1944 la palabra “genocidio” para dar nombre jurídico a la destrucción deliberada de grupos humanos. El exterminio de los judíos europeos fue central en su elaboración, aunque el concepto no se limitó a ellos.
Ochenta años después, la palabra concebida para impedir que se repitieran esas atrocidades es empleada para acusar al Estado judío por combatir a una organización que perpetró una matanza y continuó proclamando su intención de repetirla.
Esto no significa que toda decisión militar israelí deba quedar fuera de discusión. Como democracia, Israel tiene la obligación de revisar sus operaciones y responder por sus errores. Pero una cosa es cuestionar cómo se llevó a cabo una acción concreta y otra muy distinta es presentar la defensa de Israel frente a una organización que amenaza con destruirlo como si fuera, en sí misma, una conducta genocida. En ese razonamiento, la víctima termina siendo acusada por defenderse y el agresor queda convertido en víctima.
Esa inversión moral no es solamente un problema de imagen. Limita la libertad de acción de Israel, alimenta el antisemitismo y repercute directamente sobre la seguridad de las comunidades judías de la diáspora.
Dos maneras de entender “America First”
Durante muchos años Israel pudo contar con una base de apoyo bipartidista en Estados Unidos. Esa certeza también se está debilitando.
La división ya no se encuentra únicamente entre demócratas y republicanos. Dentro del propio Partido Republicano aparecen dos interpretaciones diferentes de America First.
Una, representada principalmente por JD Vance y el sector más aislacionista, considera que Estados Unidos debe reducir sus compromisos exteriores y evitar involucrarse en conflictos que no perciba como propios. La otra, asociada con Marco Rubio, entiende que respaldar a Israel no constituye una concesión ni un favor, sino parte de la defensa de los intereses estadounidenses frente a Irán, el terrorismo y otras potencias que disputan el orden internacional.
La diferencia no es semántica. Un futuro estadounidense influido por Vance o por Rubio podría traducirse en políticas muy distintas hacia Israel. Incluso bajo una administración republicana, Jerusalén ya no puede dar por sentado que Washington reaccionará siempre del mismo modo.
Israel necesita conservar la alianza con Estados Unidos, pero también debe prepararse para no depender de una sola voluntad política, de una elección norteamericana ni de una amistad personal.
Nuevos socios no siempre significan nuevos aliados
El acercamiento con India es estratégico y valioso. La cooperación en defensa, tecnología, inteligencia, inteligencia artificial, agricultura y comercio abre mercados enormes y reduce parcialmente la dependencia de Occidente. También existen oportunidades con Grecia, Chipre, Azerbaiyán, los países de los Acuerdos de Abraham y otras naciones que entienden el valor tecnológico y militar de Israel.
Pero debemos distinguir entre un socio, un comprador y un aliado.
Un país puede comprar sistemas israelíes, invertir en sus empresas y cooperar en seguridad sin estar dispuesto a defenderlo en organismos internacionales o suministrarle armamento durante una guerra prolongada. Los nuevos mercados amplían la autonomía israelí, pero todavía no sustituyen el paraguas militar, diplomático y tecnológico estadounidense.
El próximo gobierno deberá ser suficientemente pragmático para fortalecer las viejas alianzas sin idealizarlas y construir otras nuevas sin exagerar su alcance. También deberá evaluar quién está en mejores condiciones de fortalecer la autosuficiencia militar de Israel y reducir su dependencia de la voluntad del presidente de turno del país proveedor.
¿Netanyahu ya estuvo demasiado tiempo?
Es una observación razonable. Benjamin Netanyahu es el primer ministro que más tiempo ha gobernado Israel. El desgaste existe, la responsabilidad política por el 7 de octubre debe ser examinada y ningún dirigente puede considerarse indispensable.
Pero “ya estuvo demasiado tiempo” no es una estrategia de seguridad, una política exterior ni una demostración de que su reemplazante será mejor.
Si Netanyahu debe ser sustituido, no alcanza con probar que lleva muchos años en el poder. Es necesario demostrar que existe alguien más preparado para conducir a Israel en este momento excepcional.
La antigüedad no prueba idoneidad, pero la novedad tampoco.
Tanto Netanyahu como quienes aspiren a reemplazarlo deberán ser evaluados por sus antecedentes, sus decisiones cuando ejercieron responsabilidades, su comprensión de las amenazas y la correspondencia entre lo que prometieron y lo que hicieron. También habrá que examinar su capacidad para formar una coalición estable y las alianzas que puedan construir.
Sobre todo, los votantes deberán tener presente que el sistema electoral israelí permite que un enemigo interno declarado pueda convertirse en decisivo para la formación del próximo gobierno. No bastará, por lo tanto, con evaluar al candidato que encabece una lista. Será necesario observar con quién está dispuesto a pactar, qué concesiones está dispuesto a hacer y qué fuerzas podrían terminar definiendo sus decisiones.
Elegir el mejor juego
El elector deberá distinguir qué camiseta representa mejor los intereses de Israel, sin votar a favor de la que siempre prefirió ni en contra de aquella de la que simplemente se cansó. Deberá elegir al equipo que demuestre estar preparado para jugar el partido que Israel necesita ganar.
El próximo primer ministro deberá combinar firmeza militar con inteligencia diplomática; independencia con capacidad para conservar aliados; convicciones con pragmatismo; y liderazgo personal con la humildad necesaria para reconocer errores.
También deberá demostrar que comprende los riesgos de depender de socios circunstanciales o de entregar capacidad de decisión a fuerzas que no comparten los objetivos fundamentales del Estado, e incluso pueden ser contrarias a ellos. En un sistema parlamentario como el israelí, la aritmética de la coalición puede ser tan determinante como el resultado de la elección.
Pero la responsabilidad no recaerá únicamente sobre los ciudadanos israelíes. El judío de la diáspora deberá preguntarse, más que nunca, qué tipo de apoyo está dispuesto a brindar a las instituciones israelíes: si será un apoyo motivado por la placa, el diploma, el reconocimiento o la pertenencia simbólica, o si estará orientado por lo que el Estado realmente necesita en este momento histórico.
Las elecciones decidirán el gobierno de Israel, pero sus consecuencias atravesarán sus fronteras. Un Israel debilitado, aislado o dependiente de garantías ajenas afectaría también la seguridad y la dignidad política de los judíos de la diáspora. Cada acusación legitimada contra Israel termina descendiendo, tarde o temprano, sobre una universidad, una sinagoga, una escuela o un ciudadano judío en alguna parte del mundo.
El 27 de octubre no estará en juego solamente quién gobernará Israel durante los próximos años. Estará en juego qué Israel podrá existir en el mundo que viene y, en buena medida, cuál será el lugar del pueblo judío dentro de él.
Esta vez no alcanza con elegir al candidato que nos agrade más ni con rechazar al que nos cansó.
Porque si se pierde este partido, puede no haber revancha.

