Agencia AJN.- El periodista Alfredo Leuco mantuvo una entrevista con el director de la Agencia AJN, Daniel Berliner, en el marco del ciclo “Diálogos”, una entrega semanal transmitida por Dnews que propone un espacio de conversación inteligente, plural y comprometido con la actualidad.
Durante la nota, Leuco recordó su visita a Israel horas después de que se llevara a cabo la masacre del 7 de octubre de 2023: “Todavía siento el olor de la muerte, el olor de la pólvora, la sangre por las calles. Íbamos caminando con soldados adelante y soldados atrás. Estábamos con chaleco antibalas y casco”.
Además, el periodista destacó cómo lo impacto la historia de la familia Bibas, asesinada por Hamás, y explicó qué lo motivo a realizar el documental “Bibas, asesinados por ser judíos”.
En cada emisión de “Diálogos”, personalidades relevantes del ámbito político, social, cultural y comunitario se sientan a conversar sobre los temas que marcan la agenda nacional e internacional.
-¿Qué pasó con tu judaísmo antes y después del 7 de octubre?
-Yo de joven no tenía una fuerte raíz judía. Mis padres sí. Mi madre, mis abuelos de los dos lados. Iba al shil solamente en Yom Kipur, en Rosh Hashaná, para acompañar a mis padres. De hecho, hice el bar mitzvá solo para darle una satisfacción a mi viejo. Después, de a poco, fui encontrando mis raíces. Sobre todo me reencontré cuando vino el atentado a la embajada, el atentado a la AMIA, el asesinato de Nisman. Todo eso me hizo revisar un montón mis ideas y acercarme cada vez más al judaísmo.
-¿Vos cuándo venís a Buenos Aires?
-Yo vine el primer día del ’79. El 1° de enero del ’79 me vine a vivir a Buenos Aires. Estos tres atentados —yo creo que el de Nisman es el tercer atentado— me impactaron muchísimo, por supuesto, y me hicieron empezar a revisar por qué no estaba tan ligado al judaísmo. Más allá de que iba a los brit milá, los bar mitzvá de la familia, no iba mucho al templo.
El 7 de octubre fue un catalizador. Eso me hizo definitivamente sentirme orgullosamente judío. Es más, modificó hasta mis prioridades profesionales.
Yo soy un periodista que se gana la vida hace mucho hablando de deportes, y ahora, en los últimos años, hablando de política nacional. Pero ahora me ha obligado a estudiar cada vez más, a leer cada vez más, porque creo que lo que ocurrió —no digo nada nuevo, por supuesto— no fue solamente el más grande asesinato de judíos después del Holocausto, sino que eso, junto al tsunami de antisemitismo, ha generado un momento tremendamente crítico desde la Segunda Guerra Mundial.
Y creo que hay un montón de gente, incluso dentro de la propia colectividad, que no ha tomado dimensión de la gravedad de lo que está pasando. Así que prácticamente le estoy dedicando una gran parte de mi vida profesional a este tema: a ser cada vez más judío y a tener mayor información sobre el tema.
Marcelo Birmajer, que es amigo, me dice: “Hay mil formas de ser judío, pero ninguna de no serlo”.
-Me hiciste acordar a Marcos Aguinis, que tiene una historia parecida, y en Córdoba. ¿Era porque la comunidad era pequeña, el judaísmo así medio periférico, o por qué pasaba eso en la comunidad cordobesa?
-Marcos por supuesto, para mí es un referente, siento una profunda admiración. Yo creo que la más grande satisfacción que le di a mi viejo fue cuando Marcos me mandó un texto elogiando mi trabajo. Yo se lo mostré. Mi padre amaba a Marcos, conocía a su familia en Córdoba.
No sé por qué habrá sido el caso de Marcos. En el mío, es una colectividad que tiene mucha fuerza. El Centro Israelita, en ese momento existía Hebraica, el club en el que yo me formé y jugaba al básquet. También estaba el círculo sefaradí, el colegio israelita, el banco israelita. Había una colectividad. Me perdió la militancia política. Entré a la universidad y me alejé. Ahora me arrepiento, pero en aquel momento lo hice con mucho entusiasmo. Los cantos de sirena de lo que era la izquierda me hacían autopercibirme —como se dice ahora— como ateo, como que estaba lejos. Y eso fue lo que me fue alejando: el deporte, la universidad y la militancia.
-Esta cosa que vos tuviste en tu niñez finalmente quedó como reserva enorme. Esto lo tenías adentro tuyo.
-Sin duda. Además, debe tener que ver con la formación, con mis viejos. Más fuerte tal vez de lo que pueda imaginar.
Creo que todo eso me fue permeando, me fue constituyendo, y hoy tengo pocas certezas en mi vida. A medida que entrevisto a gente de mucha formación y voy estudiando cada vez más, pero tengo tres o cuatro certezas: una, que soy cordobés; otra, que soy padre; otra, que soy periodista; y desde hace un tiempo, que soy absolutamente judío.
-Creo que el 7 de octubre es un gran click. ¿Y cuál fue el click que te involucra de tal manera que terminás haciendo un trabajo inmenso, admirable, que tuvo que ver con la vida de la familia Bibas?
-Primero, mi olfato periodístico y mi corazón judío me hicieron comprender muy rápidamente que no se trataba de un ataque más, de los cientos de ataques con misiles que le hacen a Israel desde todos los costados. Enseguida me di cuenta de que esto era de otra magnitud, de otra envergadura. Y lamentablemente no me equivoqué.
Le pedí a Jorge Porta, de Radio Mitre, —en ese momento estaba Juan Cruz Ávila en La Nación +— que me dejaran cubrir. Pensé que podía ayudar a contar. Quería cubrir lo que había pasado. Habitualmente este tipo de coberturas las hacen cronistas más jóvenes, pero ellos accedieron. Rápidamente fui. Esto tiene importancia porque dormí una noche con el camarógrafo en el aeropuerto, en el suelo, en el aeropuerto de Barajas, y me subí al último vuelo que salió de El Al rumbo al aeropuerto Ben Gurión. Llegar tan rápido me permitió recorrer los kibutzim más afectados, Be’eri y Nir Oz, acompañado por la Fuerza de Defensa de Israel. Y eso me permitió estar… todavía tengo el olor de la muerte, el olor de la pólvora, la sangre por las calles. Íbamos caminando con soldados adelante y soldados atrás. Éramos unos cuarenta periodistas internacionales. Nos dicen: “Tengan cuidado, no salgan de esta franja, porque no sabemos todavía si hay terroristas ocultos”. En un momento se movieron unas plantas, unos árboles, y ellos hicieron rodilla a tierra. Nosotros nos tiramos al suelo. Estábamos con chaleco antibalas y casco. Y sale un señor que no olvidaré jamás, un viejito paisano, maravilloso, que levanta las manos y dice: “No tiren, no tiren, yo soy el que cuida las vacas. Si yo me iba, se morían las vacas”. Se me pone la piel de gallina. Eso me impactó muy fuertemente.
Y cuando fui a Nir Oz, vamos a una casa que está totalmente incendiada, totalmente incinerada, y veo que hay una parrilla, de esas parrillas que usamos los argentinos habitualmente para hacer un asado. Y ahí me cuenta Roni Kaplan —que era un poco el vocero para todos nosotros, un genio—: “Mirá, esta familia es la de Yosi Silberman, que es argentino, está casado con Margit, que es peruana, y no sabemos dónde están. Porque nadie vio que los secuestraran. Su teléfono se encendió en Gaza, lo geolocalizaron en Gaza, pero creemos que fue el terrorista que le robó el teléfono. Nadie los vio en Gaza. A las pocas semanas me cuenta Roni que descubrieron que los habían prendido fuego y habían muerto en su refugio, porque mandaron un grupo de antropólogos y, entre el pedregullo, literalmente en las cenizas, encontraron un pedacito de diente y un pedacito de cráneo. De esa manera los identificaron. Eso ya me generó un nivel de angustia, de dolor, de tristeza… pero me redobló las ganas de seguir contando la verdad. Por supuesto, con la rigurosidad de lo que pasa, pero siempre desde una posición a favor de las víctimas. Es lo que trato de hacer. Después Dana, que es la hermana de Shiri —que sobrevivió—, me llevó a la casa de su hermana. Afuera se veían los pañales, los juguetes de los chicos, el desastre que habían hecho, lo que habían roto, la famosa puerta, la bicicleta chiquita, la pelota de fútbol de Portugal de Ariel. Y ahí empezamos a ver también envoltorios de alfajores Havanna. Yo digo: allá la parrilla, acá los alfajores Havanna… Bueno, de hecho, de los seis que ataca el grupo terrorista Hamás: Shiri, Yarden, los dos chiquitos y los dos abuelos. De esos seis, solamente sobrevive uno, que es Yarden, después de todo el tiempo que estuvo en cautiverio. Y de los cinco asesinados, todos brutalmente, cuatro son argentinos. Entonces yo dije: esta historia la voy a transformar en un informe periodístico, como suelo hacer en la tele o en la radio. Pero cuando hice la primera columna sobre Yarden, sobre los chicos, en La Nación +, los sobrevivientes, Edith Silberman, la hermana de Yosi, y Dana, la hermana de Shiri, se comunicaron conmigo para decirme que estaban agradecidas por el respeto con que yo había tratado el tema, que es lo que hago siempre, pero más aún en un tema como este.
Fui cuidadoso con cada detalle. Me ofrecieron materiales personales de la vida cotidiana: casamientos, brit milá, fotos del día de shabat. Y yo dije: bueno, esto sirve para eternizar a estas tres generaciones masacradas. Y ahí me dije: no alcanza con un informe periodístico. Esto debe ser un documental.
-¿Por qué pasó eso entre vos y ellos?
-Yo hice dos columnas —que no están en el documental porque no quisimos que fuera autorreferencial—. Hice una columna con la cara del bebito Kfir en primer plano, bien en pantalla. Y le hablé a los terroristas: “A ver si sos tan guapo de mirar a este nene. Mirá a este nene a los ojos, asesino. Criminal de guerra”. Y conté un poquito la historia. Me informé con la prima de ellos, Sandra, que vive acá en Buenos Aires. Sandra me dio los detalles. Quiénes eran los parientes, los nombres. Fui muy riguroso, porque muchos se equivocaban en los nombres. Fui cuidadoso en eso. Fue una columna muy emotiva. Le dije a Sandra: “Tengo ganas de viajar a Israel para hacer un trabajo voluntario. Pero todos mis amigos que me conocen saben que soy un inútil con las manos. Me dicen: ‘Vas a ir a cortar naranjas, te vas a ampollar, vas a hacer paquetes para mandarle a los soldados, te vas a ampollar.’ Hacé algo que vos sepas hacer.” Y casi lo único que sé hacer es periodismo. Entonces le pregunto: “¿Vos creés que la puedo llamar a Dana para que me reciba?” Y Sandra me dice: “Mirá, es muy difícil. Están sumamente afectados, imaginate lo que ha pasado por sus vidas y sus cabezas. Pero llamala, te paso un número.” Entonces le mandé un mensajito: “Hola, Dana, soy Alfredo Leuco. No te quiero molestar, pero voy a Israel en tal fecha para hacer un trabajo voluntario. Me gustaría contar un poco la historia. ¿Vos me podrías recibir?” Bueno, me emociono ahora porque me dijo: “Con mucho gusto, Alfredo. Nosotros vimos lo que vos hiciste. Esa columna que hice en La Nación se viralizó y ellos la vieron en Israel. Eso fue el comienzo del contacto, el click que vos decías con ellos.
-¿Y por qué, en el escenario del estreno estabas acompañado por Marcelo Bancic de Keren Hayesod?
-Nosotros tenemos tres objetivos. El primero: contar la verdad y desmentir todo tipo de negacionismo o fake news del relato del terrorismo y del tsunami de antisemitismo de la izquierda internacional, etcétera. El segundo objetivo fue eternizar la memoria de estas tres generaciones asesinadas. Y el tercero fue un pedido de la familia: si podíamos hacer algo en homenaje. Ellos pidieron, al principio, una escuela de arte en memoria de Yosi Silberman, que era un artista, un bohemio, pintaba, le gustaba la música, era un fenómeno. De hecho, tiene antecedentes: el padre de Yosi fue el director musical de Canal 13 y el autor de la música de “Titanes en el Ring”. Entonces le dije: “Bueno, nosotros vamos a hacer todo lo posible. Si esto se comercializa, porque al principio pensé que a lo mejor alguna plataforma lo quería comprar, con esa plata…” Porque todos trabajamos absolutamente ad honorem. Es una mitzvá la que hicimos. Pero no recaudamos nada, porque era todo gratis. Y cuando se lo planteamos en Israel con Gabriel Ben-Tasgal, fuimos a ese lugar maravilloso donde está el Keren Hayesod y el Keren Kayemet. Entramos y estaba Daniel Alaluf —argentino, encargado de América Latina por el Keren Hayesod—, y le llevamos el pendrive para mostrarle. Cuando le contamos el proyecto, sin que lo viera, dijo: “¿Qué quieren que construya? Nosotros nos comprometemos a hacerlo. Lo vamos a hacer nosotros. Este proyecto lo vamos a hacer nosotros.” Le digo: “Dani, todavía no lo viste.”
“No importa —me dice—, confío en vos. Me conocía porque es argentino. En abril lo hacemos.”
-Concretamente, ¿en qué consiste el proyecto?
-Originalmente era la escuela de arte. Pero lo que están construyendo ahora es un gan, un jardín de infantes. No se puede hacer dentro de Nir Oz por otras razones, entonces lo hacen cerca, en coordinación con la municipalidad de Ashdod.
Allí están construyendo un jardín de infantes con una placa que va a decir: “En memoria de las tres generaciones masacradas.” Y a lo mejor un aula se va a llamar Shiri, otra Ariel, y el patio de juegos, Yosi.
-Cuando viajé con nuestro colega Eduardo Feinmann y Jorge Porta, participamos en la inauguración de un edificio donado por el Keren Kayemet y un gran donante en Sderot, para niñas que estuvieron un año y medio fuera de Sderot. Fue tan emotivo, porque las nenas pudieron, por primera vez, contar lo que cada una sentía. De esto se trata el Israel que estamos viviendo.
-Qué emocionante. Además, con Sderot tengo una cosa muy cercana. Porque mucha gente no tiene el detalle: en Sderot, los terroristas tomaron el cuartel de policía y asesinaron a sesenta policías. Se metieron adentro del cuartel.
De hecho, el ejército de Israel no podía recuperar la jefatura de policía, el edificio. Tanto que algunos dicen que lo pasaron por encima con una retroexcavadora, otros que con un tanque y dinamitan directamente el edificio.
¿Por qué estoy tan cercano a eso? Porque después hice una nota al jefe que recuperó ese lugar. Y además, cuando voy al hospital Soroka, le digo: “¿Hay alguien que me pueda traducir? Porque lamentablemente no sé hebreo —otra factura que tengo que pagar—.” Y me dicen: “Sí, hay un médico rosarino, cardiocirujano”. Él me hizo de traductor. Le pregunto: “¿A qué herido puedo entrevistar?” Y entrevisto al jefe de policía de Sderot, que tenía un balazo en la pierna y otro en el cuerpo. Tremendo. Fue la primera entrevista que se le hizo.
Hace unos días, la organización Beit Halojem —donde están Chipi Meta y Berta Sutton, que traen héroes de guerra para que hablen, juntan dinero, ayudan—, lo trajeron a Matti, que era esta persona. Yo me emocioné tremendamente. Le di el video. No lo podía creer. Así que Sderot, para mí, es un lugar impresionante.
-Para mí siempre escaparme a Tel Aviv, o parar en Jerusalem, es tomar contacto con la alegría. Es una cosa muy particular pasar un viernes y sábado, recorrer la costa, ir al mercado… y siento que después del 7 de octubre esa alegría se perdió. No sé si nos robaron la alegría, pero está lastimada. ¿Percibís lo mismo?
-Por supuesto que el impacto ha sido muy grande. Es la paliza militar más grande que le pegaron a Israel desde la creación del Estado. Y además, la manera salvaje en que ocurrió. La sorpresa por cómo pudieron entrar sin que el ejército israelí, con toda su poderosa estructura militar y tecnológica, lo previera.
Sí, yo también veo que los israelíes tienen en la mirada esa tristeza. Pero creo que se va a ir. Porque la alegría no la robaron: la secuestraron.
Y cuando vuelvan los rehenes, va a volver la alegría. Esa alegría que es el basamento de la resiliencia del pueblo judío. Somos un pueblo que se ríe de sí mismo, que le da al humor y a la alegría un lugar muy especial, junto con la lucha y la perseverancia. Tenés razón: hoy está pasando eso. De hecho, de los 20 mil afectados por la guerra desde el punto de vista hospitalario y de rehabilitación, diez mil son por temas de salud mental. Es muy duro lo que ha pasado, y todavía no vimos todas las consecuencias. Pero confío en esa resiliencia, en ese ADN del pueblo judío. La vamos a recuperar.
-Te estás yendo a Israel. Posiblemente esta entrevista salga cuando estés allá. Usaste antes una palabra: “agradecer”. Y creo que todos los judíos de la diáspora queremos hacer algo, de algún modo, desde nuestro lugar. Y vos lo estás haciendo con lo que hiciste con la vida de los Bibas. ¿De qué se trata este viaje?
-Nosotros empezamos haciendo proyecciones privadas en Argentina: Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mendoza, Misiones. Después fue a América Latina: estuve en Uruguay, en Paraguay, y el Keren Hayesod lo llevó a varias ciudades. Queríamos la mayor difusión posible. El otro objetivo era mostrárselo definitivamente a la propia familia Bibas-Silberman. Ya los invitamos, sin compromiso, si quieren venir. Uno no sabe cómo están desde el punto de vista anímico, afectivo. Y la OLEI —la organización de latinoamericanos en Israel— es la que organiza todo. El 15 de octubre va a ser en Jerusalem, el 16 en Ra’anana, y después hay seis o siete proyecciones más. Yo ya me vuelvo, porque tengo que trabajar, comer, laburar. Pero se van a quedar Gabriel Ben-Tasgal y Mariana Bellini, la gran realizadora.

