Itongadol.- (Aliya Herman* – The Jerusalem Post) Pasaron 21 meses desde que los horribles acontecimientos del 7 de octubre destrozaron nuestra sensación de seguridad y marcaron el comienzo de una de las guerras más duras y complejas de la historia de Israel. Soportamos ataques terroristas, bombardeos con cohetes, una guerra terrestre en Gaza, un frente norte en suspenso y, recientemente, incluso ataques preventivos contra Irán.
Durante meses, millones de israelíes vivieron en modo de supervivencia: evacuados de sus hogares, aislados de sus comunidades, haciendo malabarismos con el servicio militar prolongado y soportando una tensión financiera y emocional constante.
Sin embargo, aunque las lesiones físicas y los daños estructurales son visibles, el costo psicológico de esta guerra prolongada y en múltiples frentes es mucho menos evidente, y potencialmente más duradero.
Desde que comenzó la guerra, los profesionales de la salud mental en Israel informaron de un aumento sin precedentes de la angustia. Las llamadas a las líneas de atención telefónica para casos de crisis se dispararon en varios cientos por ciento y, por primera vez, más del 60% de las personas que llaman son hombres. Muchos son reservistas, otros son civiles que pasaron por traumas inimaginables.
Sorprendentemente, a pesar de este aumento de la angustia, el número de suicidios reales disminuyó desde el 7 de octubre, probablemente como resultado del aumento de la cohesión social y el propósito colectivo. Esto concuerda con crisis pasadas, en las que la solidaridad nacional compensa temporalmente el colapso psicológico.
A pesar de esto, esa sensación de unidad no es permanente. Sabemos por guerras y desastres globales anteriores que las ideas suicidas y el trastorno de estrés postraumático suelen aflorar meses o incluso años después. Aunque algunas heridas parecen haber sanado, el trauma sigue incubándose.
La tensión emocional en la sociedad israelí
Según una nueva investigación de la Universidad de Tel Aviv, el 12% de los reservistas reportan síntomas compatibles con el trastorno de estrés postraumático. La ansiedad y la depresión aumentaron considerablemente, especialmente entre las madres primerizas. Las tasas de adicción también están subiendo, con un fuerte incremento en el uso de medicamentos contra la ansiedad y analgésicos narcóticos.
Esta tensión emocional también se está manifestando en nuestros hogares. Las tasas de divorcio en 2024 aumentaron considerablemente en comparación con el año anterior, especialmente en las zonas fronterizas con Gaza y en el norte. Las parejas y las familias están acudiendo a terapia en cifras récord.
Estamos empezando a ver cómo las relaciones íntimas se desmoronan bajo la presión, relaciones que antes proporcionaban estabilidad y que ahora se resquebrajan bajo el peso de la incertidumbre constante.
La conocida jerarquía de necesidades de Abraham Maslow (teoría psicológica que ordena las necesidades humanas en cinco niveles, desde las básicas, como comida, hasta la autorrealización) nos recuerda que, en tiempos de peligro, las personas se centran naturalmente en la supervivencia básica: comida, refugio, seguridad. Pero la guerra nos despoja de algo más que la comodidad: perturba nuestro sentido de pertenencia, nuestra autoestima y nuestro propósito.
Y, sin embargo, la historia demuestra que, incluso en los momentos más oscuros, las personas siguen buscando un sentido. Durante el Holocausto, por ejemplo, las personas continuaron aprendiendo, creando y conectándose, a pesar de las condiciones inimaginables. Ese espíritu persiste hoy en día. Los israelíes continúan apoyándose mutuamente, a sus familias y a su país.
Cómo sanar
En primer lugar, debemos dejar de tratar a la salud mental como un tema secundario. Abordarlo es tan urgente como la preparación militar. Esto significa ampliar el acceso a centros de resiliencia, primeros auxilios psicológicos e intervenciones comunitarias.
Alrededor de un cuarto de millón de soldados israelíes ya participaron en ‘‘días de procesamiento’’ después del combate, sesiones informativas grupales diseñadas para reducir la represión y prevenir el trastorno de estrés postraumático. Estas iniciativas son fundamentales, pero son solo el comienzo.
La atención de la salud mental debe ser tan visible y accesible como la atención física. Eso incluye una mejor formación para los equipos de primera respuesta, una mayor financiación para los consejeros escolares y una educación sobre salud mental integrada en la vida cotidiana, desde las sinagogas hasta las redes sociales.
El público en general también necesita información confiable y accesible de fuentes de confianza, ya sea el Comando del Frente Interior de Israel, los fondos de salud o los portales de salud mental de emergencia.
La alfabetización emocional salva vidas. Si comprendemos nuestras reacciones, es más probable que tendamos la mano o ayudemos a otros a hacerlo.
A pesar de la oscuridad, el pueblo israelí demostró una resiliencia extraordinaria. Nuestra movilización civil espontánea, la generosidad de los voluntarios y nuestra determinación de permanecer unidos son lo que da fuerza a este país.
Pero la resiliencia no es infinita. Requiere una inversión de tiempo, recursos y empatía. Debemos normalizar la búsqueda de ayuda, desestigmatizar la angustia y recordar que incluso los leones se cansan. Como dice el Libro de los Números: ‘‘Como un león se levantan, y como una leona se erigen’’.
Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar para ayudar a los demás. Si alguien de tu alrededor está pasando por dificultades, habla con él. Aconséjalo a buscar ayuda profesional. Incluso un solo momento de compasión puede cambiar el rumbo de la vida de una persona.
El suicidio se puede prevenir. Pero solo si actuamos juntos y a tiempo.
*Aliya Herman es profesora de salud mental en el Jerusalem College of Technology. Tiene un máster en enfermería.

