Por León J. Halac
Lo que los archivos desclasificados revelan — y la prensa mayoritaria prefiere ignorar
En 1977, un miembro del Comité Ejecutivo de la OLP concedió una entrevista al diario holandés Trouw que debería haberse convertido en noticia mundial. No lo fue.
Zahir Muhseʼin dijo, sin ambigüedades:
“El pueblo palestino no existe. La creación de un Estado palestino es solo un medio para continuar nuestra lucha contra el Estado de Israel.”
Añadió que la identidad palestina era una construcción táctica, no una realidad histórica preexistente.
Muhseʼin fue asesinado en Cannes en julio de 1979.
No era una opinión marginal. Era la admisión de algo que los archivos de inteligencia del bloque soviético confirmarían décadas después:
Lo que los archivos del bloque soviético revelan es que la narrativa palestina moderna fue deliberadamente diseñada, financiada y ejecutada en Moscú. Si existía previamente una identidad colectiva, fue capturada y reencuadrada como instrumento geopolítico.
El ideólogo: Yuri Andropov (KGB)
A mediados de la década de 1960, el presidente de la KGB Yuri Andropov — quien luego llegaría a ser Secretario General de la Unión Soviética — identificó una oportunidad estratégica.
El conflicto árabe-israelí podía convertirse en una palanca de desestabilización de Occidente, siempre que se lo reencuadrara correctamente. No como una disputa territorial entre estados, sino como una lucha anticolonial de un pueblo oprimido contra el imperialismo occidental.
Las instrucciones de Andropov a sus servicios fueron explícitas. Según el testimonio del General Ion Mihai Pacepa — jefe del servicio de inteligencia exterior de Rumania y el oficial de mayor rango en desertar del bloque soviético, en 1978:
“El objetivo declarado era inculcar un odio al estilo nazi contra los judíos en todo el mundo islámico, y convertir esa arma emocional en un instrumento de presión permanente contra Israel y Estados Unidos.”
No era retórica. Era una política de Estado con presupuesto, personal y objetivos definidos
El instrumento: Yasser Arafat
Yasser Arafat era egipcio. Nació en El Cairo en 1929. Pero la KGB necesitaba un líder palestino — alguien que encarnara la narrativa de un pueblo con raíces en esa tierra específica.
La solución, según el testimonio documentado de Pacepa, fue destruir sus documentos de nacimiento originales y reemplazarlos por documentación falsa que lo hacía nacer en Jerusalén. Es un testimonio de fuente única, pero proviene del oficial de mayor rango en desertar del bloque soviético.
Arafat fue entrenado en la escuela de operaciones especiales de la KGB en Balashikha, al este de Moscú. Recibió financiamiento mensual — Pacepa documenta que Rumania sola le enviaba a Arafat 200.000 dólares mensuales en efectivo, más dos aviones de carga semanales con uniformes y suministros. El resto del bloque soviético hacía lo equivalente.
El propio dictador rumano Nicolae Ceauşescu, en una de sus últimas reuniones con Arafat antes de la deserción de Pacepa, le instruyó:
“Simplemente tienes que seguir fingiendo que vas a romper con el terrorismo y que vas a reconocer a Israel, una y otra vez.” — Nicolae Ceauşescu a Arafat, según testimonio de Ion Mihai Pacepa.
La colaboración operativa
La colaboración no fue solo ideológica ni limitada a propaganda. En marzo de 1970, un buque soviético entregó en el Golfo de Adén cargamentos de armas — pistolas, lanzacohetes RPG, minas con detonación remota — directamente a Wadi Haddad, jefe de operaciones del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Las armas llegaron sin marcas que pudieran vincularlas a la URSS. Seis meses después, fueron usadas para secuestrar cuatro aviones comerciales simultáneamente.
Los documentos de Mitrokhin revelan que la KGB asignó nombres en clave a cada facción de la OLP, financió su entrenamiento militar en suelo soviético y coordinó operaciones en Europa, el Líbano y el Mar Rojo. No era apoyo indirecto: era una guerra encubierta con dirección soviética y ejecución palestina.
El agente: Mahmoud Abbas
Si la figura de Arafat podía generar dudas por tratarse de un testimonio de un desertor, los archivos de la KGB desclasificados no dejan margen. El Churchill Archives Centre de la Universidad de Cambridge custodia los llamados Archivos Mitrokhin — miles de documentos extraídos pacientemente por el archivero de la KGB Vasili Mitrokhin antes de su deserción en 1992.
En esos archivos, Mahmoud Abbas — quien llegara a ser presidente de la Autoridad Palestina y a quien Occidente trató durante años como interlocutor válido para la paz — figura bajo el nombre clave Krotov. En ruso: topo. Su reclutamiento progresivo está documentado entre 1979 y 1983, cuando estudiaba en la Universidad Lumumba de Moscú. La entrada en su expediente es escueta y precisa: “Krotov es agente de la KGB.”
Estos documentos fueron autenticados por investigadores de la Universidad Hebrea de Jerusalén. No son especulación. Son registros de archivo.
La operación en la ONU: sionismo = racismo
El punto culminante de la operación soviética no fue militar ni diplomático en el sentido tradicional. Fue narrativo. En noviembre de 1975, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 3379, que declaraba que “el sionismo es una forma de racismo y discriminación racial.”
La resolución fue impulsada directamente por Moscú, con el voto coordinado del bloque soviético, sus satélites y los países árabes. El departamento de desinformación de la KGB había preparado el terreno durante años: publicaciones, carteles que equiparaban la Estrella de David con una esvástica, libros como “Sionismo y apartheid” distribuidos en todo el Tercer Mundo.
La resolución fue revocada en 1991, tras la caída de la Unión Soviética. Pero el daño narrativo ya estaba hecho. La ecuación sionismo-colonialismo había penetrado en universidades, medios y organizaciones de derechos humanos de todo Occidente. Y aún hoy estructura el debate público sobre Israel en gran parte del mundo.
La pregunta incómoda: ¿quién vivía allí realmente?
La narrativa soviética requirió ignorar un dato histórico fundamental: el nombre “Palestina” no es un nombre originario. Fue impuesto por el Imperio Romano en el año 135 d.C., tras la derrota de la revuelta judía de Bar Kojba, con el propósito explícito de borrar toda referencia judía a esa tierra.
Los romanos tomaron el nombre de los filisteos — un pueblo del mar de origen egeo, completamente extinto como pueblo diferenciado desde el siglo V a.C. — y lo aplicaron al territorio.
Es decir: el nombre que hoy se usa para reivindicar indigeneidad fue inventado por una potencia imperial para negarla. La ironía histórica es tan perfecta que parece diseñada. Y en cierto sentido lo fue: primero por Roma, después por Moscú.
La Conferencia de San Remo de 1920 y el Mandato de la Sociedad de Naciones reconocieron jurídicamente el vínculo histórico del pueblo judío con esa tierra. La Resolución 181 de la ONU en 1947 fue aceptada por el lado judío y rechazada por los estados árabes. Cuando los árabes perdieron la guerra que ellos mismos iniciaron, la narrativa soviética convirtió a los agresores en víctimas y a las víctimas en agresores. Fue una operación de ingeniería narrativa sin precedentes en la historia moderna.
El legado: una narrativa que sobrevivió a su creador
La Unión Soviética cayó en 1991. La narrativa que fabricó no. Hoy esa narrativa estructura el discurso en universidades de élite, en resoluciones de organismos internacionales, en manifestaciones callejeras en las capitales de Occidente.
Sus portadores ya no son agentes de la KGB: son en su mayoría profesores, activistas y periodistas que la repiten en el mejor de los casos de buena fe, sin saber que están distribuyendo un producto de desinformación diseñado en Moscú hace sesenta años. Que el origen sea instrumental no significa que todos sus portadores actuales actúen con mala fe. Significa que la narrativa sobrevivió a sus creadores con notable eficacia.
Conclusión:
La verdad no prescribe
Nada de lo expuesto en este artículo niega que hoy existan personas que se identifican como palestinas, que tienen vida, historia y derechos propios. La mayoría de los árabes que viven en Israel demuestran que es posible, el Pacto de Abraham lo ratifica
El problema es otro
La narrativa fabricada, el fundamentalismo que ciega, el adoctrinamiento que limita y la educación que corrompe las mentes desde niños — no terminan en el pueblo judío. Alcanzan al mundo libre entero. Y los péndulos de la historia siempre regresan con la misma fórmula
“La velocidad del retorno es proporcional a cuánto se los forzó.
Porque la historia no solo se escribe. También se diseña.
Fuentes
- Ion Mihai Pacepa — Horizontes Rojos (Regnery, 1987) y testimonios posteriores
- Archivos Mitrokhin — Churchill Archives Centre, Universidad de Cambridge
- Zahir Muhseʼin — Entrevista en diario Trouw, Ámsterdam, 1977
- Archivos KGB sobre Mahmoud Abbas ‘Krotov’ — autenticados por la Universidad Hebrea de Jerusalén
- Resolución 3379 de la Asamblea General de la ONU (1975), revocada por Resolución 46/86 (1991)
- Conferencia de San Remo (1920) — Mandato de la Sociedad de Naciones sobre Palestina
- Ronen Bergman — “Los archivos de la KGB sobre Oriente Medio: Palestinos al servicio de la Madre Rusia”, Ynet, publicado originalmente el 14 de noviembre de 2016
- Eli Cohen & Elizabeth Boyd — “The KGB and Anti-Israel Propaganda Operations”, Informing Science, Vol. 22, 2019

