Los líderes del Golfo y de Israel pueden alegrarse del debilitamiento de Irán, pero la retaliación, la inestabilidad y la incertidumbre amenazan con socavar cualquier ganancia estratégica.
Itongadol/Agencia AJN.- (Por Michael Ratney – The Times of Israel) Es cierto que los líderes del Golfo, especialmente Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos (UAE, por sus siglas en inglés), pueden celebrar el daño que se está infligiendo a Irán. No lamentarán la caída del Líder Supremo iraní y sus colaboradores, la destrucción de la capacidad de Teherán para amenazar a sus vecinos ni su programa nuclear. Pero no hay que engañarse: esos mismos estados del Golfo enfrentan la furia tenaz de la retaliación iraní por una guerra que no iniciaron ni pidieron.
Están indignados porque Irán ataca su infraestructura energética, obstaculiza sus exportaciones y apunta a instalaciones civiles y diplomáticas, incluida la embajada de Estados Unidos en Arabia Saudita. Su reputación como destinos estables para inversores y turistas está bajo amenaza, y existe incertidumbre sobre si Estados Unidos, que comparte con Israel e Irán la responsabilidad última del conflicto, los protegerá.
Israel, por su parte, celebra la tan anhelada “decapitación” del régimen iraní y la posibilidad de eliminar la amenaza que la dictadura clerical iraní representa para su existencia. Casi todas las amenazas externas que enfrentó el Estado judío —Hezbollah en el Líbano, Hamás en la Franja de Gaza y los Hutíes en Yemen— tienen un vínculo con Irán. Sin embargo, no hay garantía de que la guerra conduzca a la caída del régimen ni de que lo que lo sustituya sea mejor.
Esta guerra trae consecuencias impredecibles, como un Irán fragmentado y sin liderazgo, lo que podría generar caos catastrófico tanto para el Golfo como para Israel. Incluso en el mejor escenario, con una República Islámica menos amenazante, el conflicto no resolverá las antiguas disputas con Israel que siguen vigentes en la región, muchas de ellas vinculadas al conflicto israelí-palestino.
Nada dificulta más el apoyo regional a la integración de Israel que sus ataques contra países musulmanes o vecinos palestinos. La integración genuina que Jerusalem busca dependerá, al menos en parte, de una solución duradera al conflicto con los palestinos.
Esta guerra puede ser una catarsis largamente esperada, recibida con alivio por una región resignada a la ideología perniciosa de Irán y a la amenaza de sus armas. Pero también debe ser fuente de profunda preocupación para los aliados de Estados Unidos en un territorio ya conocido por su inestabilidad y conflictos. Esta guerra es, sin duda, una espada que corta por ambos lados.
*: Michael Ratney es un miembro destacado del Policy Fellows Council of the Israel Policy Forum (Consejo de Becarios de Políticas del Israel Policy Forum), exfuncionario del Servicio Exterior de EE. UU. y exembajador en Arabia Saudita (2023-2025).

