Itongadol/Agencia AJN (Por Waldo Wolff).- Antes eran asesinos, usaban una esvástica en el brazo y se manifestaban por lo general como de extrema derecha.
Hablaban sin eufemismos diciendo que querían matar a los judíos. En general, odiaban también a los activistas de izquierda, de derechos humanos y de las causas LGTB, entre otras.
Si bien usaban a los judíos colaboracionistas -que siempre hubo-, los despreciaban en público.
Ahora salieron del clóset disfrazados. Se hacen llamar antisionistas, tienen el mismo -o más- odio que aquellos nazis, pero un estilo más rebuscado: se disfrazan de activistas, de izquierdozos, de artistas, de periodistas y hasta de diplomáticos. Todo lo que antes despreciaban.
Son capaces de llamar «genocida» a un país como Israel que tiene las herramientas para acabar con un pueblo vecino, pero no la voluntad para hacerlo y se ponen la Kefiyha de Hamas que no tiene las herramientas para hacer desaparecer a los judíos de la faz de la tierra, pero miren si tendrá la voluntad que hasta lo ha escrito taxativamente en su carta fundacional.
Han inventado miles de números de civiles que tristemente han perecido en la guerra producto de la exposición física que les promueve Hamas en su estrategia a los propios, pero no van a encontrar en sus posteos ni una expresión respecto de la estrangulada familia Bibas ni de ninguno de los tantos civiles israelíes asesinados.
Repiten como loros “antisionismo no es antisemitismo” sin tener la más mínima idea de que básicamente el sionismo es la autodeterminación del pueblo judío de tener su Estado en una tierra indiscutiblemente ancestral. De mínima por los derechos que dicen adjudicarse los palestinos: presencia histórica, autodeterminación y defensa de la misma. O sea que lo que piden para los palestinos le niegan a los israelíes.
Dan por sentado que las tierras son ocupadas por la madre de las religiones abrahámicas sobre una religión que nació 3.600 años después y que bajo los británicos, otomanos, mamelucos y romanos jamás le interesó llamar «capital» a una Jerusalem que ni siquiera figura en sus libros sagrados.
Piden que Israel se retire de la misma Gaza que entregó en 2005 y que solo administró entre 1967 y ese año, ingresando solo cuando tuvo que rescatar a sus civiles secuestrados.
Llaman “apartheid” a Israel por controlar sus fronteras, pero callan ante la Jordania y el Egipto adjudicados por los británicos que siendo árabes nunca recibieron a los palestinos como propios levantando campos de refugiados incluso en sus territorios. Y romantizan a Hamas bajo cuyo control nadie puede expresar otra creencia a la luz del día.
Son capaces de subir en sus redes testimonios de algún judío que practica el autoodio y promueve la extinción de Israel diciendo que habla en nombre de “los judíos”, pero denosta la representatividad de cualquier judío que defienda el derecho del Estado de Israel a existir.
Hablan de “derechos de propiedad insuficientes” de Israel sobre esas tierras desde un departamento con un título de propiedad posterior al año 1800, hecho por algún español enviado por el rey de Castilla y Aragón que lo escribió después de pasar a degüello a algún mapuche o diaguita local.
Dicen no tener problemas con “los judíos” no sabiendo qué responder cuando alguien les pregunta qué otro país, entre los 197 existentes, se encuentra en su lista de los que deben desaparecer.
Arremeten con la frase “soy antisionista” quedándose sin palabras cuando uno le explica que Israel es el único país judío del mundo, el judío de las naciones.
Gritan “desde el río hasta el mar” desconociendo que esa frase resume el proyecto aniquilador de exterminar toda presencia judía entre el río Jordan y el mar Mediterráneo.
Aseveran cuestionar al electo democráticamente Netanyahu, pero hicieron silencio con Maduro, Sinwar, Díaz Canel, el príncipe Bin Salman (quien diluyó en ácido a un periodista) y cada uno de los dictadores que gobiernan más de la mitad de los países de esta Tierra.
Sé que a esta altura de esta columna -y entrando en la parte final- no hace falta que explicite mi posición, aunque lo voy a hacer igual: soy un ferviente defensor del Estado de Israel a existir y defenderse de sus vecinos beligerantes. Ergo, soy sionista.
Lo que sí va haciendo falta es que sepan que disfrazarse de antisionista no logra esconderles la esvástica que llevan en su brazo.
Am Israel jai.

