Los residentes del norte de Israel pueden reparar sus hogares dañados por la guerra, pero mientras no se construyan los refugios antibombas y los ministros sigan ausentes, su confianza en el Estado no regresará fácilmente.
Itongadol/Agencia AJN.- (Alon Tal* – The Times of Israel) Había algo trágicamente simbólico en la muerte de “Poshko” en el kibutz (comuna agrícola) Misgav Am el 22 de marzo.
“Poshko” era el apodo de Ofer Moskovitz, un carismático y querido agricultor de palta de 60 años y portavoz de facto del kibutz. Al regresar del brit milá (la ceremonia judía de la circuncisión de un bebé varón a los 8 días) de su nieto en Pardes Hanna, fue alcanzado y murió instantáneamente por un proyectil en el corazón del kibutz. Irónicamente, fue la artillería israelí —una descarga mal ejecutada— la que acabó con esta fuerza indomable de optimismo.
El hecho de que el fuego amigo haya matado a la figura más reconocible del kibutz dice mucho sobre lo que esta comunidad y sus vecinos soportan: el propio ejército encargado de protegerlos, sin querer, los pone en peligro.
El gobierno, que debería priorizar la supervivencia de las comunidades fronterizas del país, ofreció poco más que declaraciones vacías mientras el kibutz absorbe los múltiples peligros y dificultades diarias de otro ciclo de combate.
El kibutz Misgav Am (literalmente “la fortaleza del pueblo”) fue fundado en 1945 por un pequeño grupo de combatientes del Palmach (una unidad de élite de combate judía en el Mandato británico de Palestina, activa antes de la creación del Estado de Israel y luego integrada en el ejército israelí), en conmemoración del aniversario de la Declaración Balfour. No fue concebido como otro pueblo rural común, y su ubicación no fue casual. Situado a casi un kilómetro sobre el valle de Hula, frente al monte Hermón y literalmente pegado a la frontera norte de Israel, el kibutz está rodeado por todos lados por el Líbano.
Misgav Am formó parte de un esfuerzo estratégico más amplio para afianzar la presencia judía en la Galilea. Sus primeros miembros provenían de un movimiento juvenil de Tel Aviv, y luego se sumaron inmigrantes de Turquía, Bulgaria y la ex Unión Soviética, que ayudaron a estabilizar y expandir el asentamiento.
Misgav Am entró en la conciencia nacional de Israel el 7 de abril de 1980, cuando terroristas del Frente de Liberación Árabe se infiltraron en la guardería del kibutz de noche. Asesinaron al secretario del kibutz y a un bebé, tomando a otros niños como rehenes. Aunque la unidad de élite Sayeret Matkal finalmente rescató a los niños, los miembros del kibutz nunca olvidaron el precio de vivir en la primera línea de Israel.
En la actualidad, con un alto el fuego en el frente libanés, vale la pena considerar cómo Israel trata a Misgav Am y a las comunidades vecinas, golpeadas pero resilientes, a lo largo de la frontera con el Líbano.
El presidente del kibutz, Erez Berman, describe Misgav Am como “una isla civil rodeada por todos lados por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI)”. El ejército sabe que hay civiles allí, pero las presiones operativas son enormes y los errores ocurren. En el último mes, en cuatro ocasiones, vehículos militares aplastaron las principales tuberías de agua del kibutz, dejando a los residentes sin agua durante 12 horas.
Las familias con niños a veces se van por breves “descansos de recuperación”, pero la vida cotidiana sigue definida por una tensión constante. Más que las sirenas que alertan misiles o drones, son las constantes explosiones de artillería, helicópteros Apache y cazas lo que destruye cualquier sensación de normalidad. Aun así, los residentes son notablemente resilientes: tras ser evacuados durante más de un año en 2023, todos salvo dos familias regresaron.
En los últimos meses, mientras los misiles caían sobre la Galilea, casi toda la vida comunitaria se trasladó a los refugios. Sin prácticamente tiempo de reacción, los niños estudian bajo tierra mientras tutores voluntarios intentan mantener una rutina.
La realidad de estar en la primera línea del fuego de Hezbollah ya es suficientemente dura. Pero lo que enfurece a los miembros del kibutz es el trato del gobierno y de los ministerios que dicen estar allí para ayudar. Por ejemplo, decenas de casas aún no tienen refugios adecuados (mamadim, “zonas protegidas del departamento”). A su vez, unos 100 todavía no se construyeron.
El kibutz estima que podrían completarse en tres meses, pero durante el año y medio desde el último alto el fuego con el Líbano nunca se priorizó su construcción. Los contratistas evitan trabajar en una zona tan remota y peligrosa. El problema es que Hezbollah no espera a la burocracia israelí. Y así, durante el último mes, muchas veces al día, unos 30 residentes deben apiñarse en refugios antiguos diseñados para la mitad de esa capacidad.
Aunque la política gubernamental promete compensación por daños de guerra, la realidad es distinta. Los inspectores fiscales rara vez están dispuestos a llegar a Misgav Am, salvo que haya un impacto directo. Los residentes deben perder días de trabajo y recorrer oficinas del norte del país para recibir compensaciones incluso por daños básicos como vidrios rotos.
Recientemente, una residente de 82 años cuyo auto fue dañado tuvo que recorrer Kiryat Shmona en busca de ayuda. Peor que la molestia es la actitud que encuentran al presentar reclamos. Según un residente: “Asumen que todos somos ladrones tratando de robar fondos públicos”. Es profundamente insultante.
El pueblo cercano de Margaliot vio alrededor del 40% de sus tierras agrícolas dañadas. Los agricultores están replantando, pero los huertos tardan años en volver a producir. En tres ocasiones, terroristas cruzaron la frontera libanesa en intentos fallidos de infiltración. Muchos jóvenes decidieron que quieren un futuro mejor para sus familias. En el jardín de infancia de la comunidad, solo hay dos niños de Margaliot. El resto llega desde Kiryat Shmona.
A pesar de su ubicación precaria al borde de una zona de guerra intermitente, Misgav Am no solo resistió, sino que incluso prosperó. Hoy alberga unos 400 residentes, con planes de llegar a 1.000. Estudiantes del cercano Tel Hai (que pronto será la Universidad de Kiryat Shmona) fueron atraídos por sus vistas y su clima fresco.
Pero no regresarán sin seguridad básica. Tampoco lo harán los maestros de jardín de infantes y otros profesionales que el kibutz espera atraer.
El problema es que el kibutz siente que nadie en el gobierno realmente se preocupa. Misgav Am, Menara, Metula, Margaliot: son pueblos demasiado pequeños para constituir un bloque electoral significativo. Y además, todos saben cómo votan los kibutzim (spoiler: no por el partido de Netanyahu ni su coalición). Cuando visité Misgav Am, más de seis semanas después de que Hezbollah volviera a bombardear el norte, ni un solo ministro del gobierno se había molestado en acudir a ver la situación de cerca. Uno había prometido llegar esa misma tarde.
Los valientes ciudadanos de Galilea no esperan que el gobierno los salve. Después de todo, su ADN ideológico se basa en la autosuficiencia. Cuando la casa de Tovaleh, una miembro del kibutz, fue destruida por un cohete una mañana, los vecinos llegaron en minutos para limpiar los escombros y organizar alojamiento temporal. A la 1 de la tarde ya estaba instalada en su nuevo hogar. Una reciente campaña de crowdfunding recaudó 1,5 millones de shekels para reabrir la enfermería del kibutz. Cuando se le preguntó si le avergonzaba pedir donaciones, Omri Sofer, jefe de seguridad comunitaria, respondió sin dudar: “No. El gobierno debería estar avergonzado”.
La gente de Misgav Am no se va a ir a ninguna parte.
Reconstruir el daño físico del kibutz y sus vecinos llevará tiempo, pero ocurrirá. Reconstruir la confianza en el Estado, su gobierno y su ejército puede tardar mucho más.
*: Alon Tal es profesor de Políticas Públicas en la Universidad de Tel Aviv. En 2021 y 2022 presidió la subcomisión de Medio Ambiente, Clima y Salud de la Knesset (Parlamento israelí).

