Inicio Opinión Homenaje a Baruch Tenembaum: Un puente vivo entre memorias, fe y dignidad humana

Homenaje a Baruch Tenembaum: Un puente vivo entre memorias, fe y dignidad humana

Por Iton Gadol
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Por León Halac

Hay vidas que no solo recorren un camino personal; lo modifican. La de Baruch Tenembaum pertenece a esa categoría excepcional. Educador, humanista y creador de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, su obra no se mide solo por instituciones sino por símbolos que permanecen.

Entre esos símbolos, ninguno es más elocuente que el que hoy se encuentra en el corazón espiritual de Buenos Aires: el mural y el mensaje eterno que reposan junto a la tumba del Cardenal Antonio Quarracino, en la Catedral Metropolitana.

El gesto eterno en la Catedral Metropolitana

En el subsuelo de la Catedral, junto a los restos del Cardenal, hay una placa cuya inscripción expresa la voluntad del propio Quarracino:

“En homenaje perpetuo a las víctimas de la Shoá.

Este lugar ha sido dispuesto por voluntad del Cardenal Antonio Quarracino como signo de hermandad entre cristianos y judíos y de condena a toda forma de antisemitismo y discriminación.”

Allí está el mural, y allí está él, reposando de cara a ese testimonio.

Ese gesto tuvo un protagonista decisivo: Baruch Tenembaum. Fue él quien propuso llevar el recuerdo de la Shoá a un templo católico y fue Quarracino quien, con coraje moral, transformó esa idea en acto histórico.

En 1997, ambos inauguraron el primer recordatorio del Holocausto dentro de una iglesia en América, ubicado en la Capilla de la Virgen de Luján.

No fue ornamento: fue memoria irrevocable.

Y Quarracino quiso que los fieles la encontraran cada vez que visitaran su tumba.

Una amistad que marcó un destino

La relación entre Tenembaum y Quarracino no fue institucional: fue una alianza espiritual.

— Uno representaba la tradición católica argentina.

— El otro, la tradición judía abierta al diálogo universal.

Ambos coincidieron en que no hay fe auténtica que conviva con la discriminación.

Ambos entendieron que el antisemitismo es una negación de la dignidad humana.

Y ambos buscaron que ese diálogo no quedara en palabras, sino grabado en piedra.

Quarracino expresó en vida —mediante una carta dirigida a Tenembaum— su deseo de reposar frente al mural “para seguir pregonando la fraternidad”. Y eso quedó cumplido.

La Fundación Wallenberg: memoria activa

El homenaje concreto tomó forma institucional en la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, creada por Tenembaum. Su misión es clara:

— documentar actos de salvación durante la Shoá,

— educar sobre coraje cívico,

— identificar Casas de Vida y lugares de refugio,

— perpetuar modelos de solidaridad real.

La figura inspiradora fue Raoul Wallenberg, diplomático sueco desaparecido después de salvar decenas de miles de vidas. Tenembaum transformó esa ausencia en programa educativo y en plataforma global de reconocimiento.

Allí nace el puente: memoria que educa, historia que orienta, legado que obliga.

Epílogo — Lo que ocurrió en un sobre lacrado

Tuve el honor de compartir con Baruch Tenembaum una conversación que aún recuerdo con claridad. Fue una tarde cálida en La Biela, bajo el sol amable de septiembre. Durante hora y media, Baruj compartió un secreto que muy pocos conocen y que explica, mejor que cualquier análisis, por qué el mural permanece donde está.

El Cardenal Quarracino sabía que un futuro arzobispo podía retirar el mural. Para impedirlo, ideó algo irreversible: escribió una carta póstuma, sellada y lacrada, con instrucciones precisas. Esa carta solo podía ser abierta por Baruch Tenembaum al producirse su fallecimiento,  sería la mejor garantía que su deseo se cumpla y no se diluya con el transcurso del tiempo.

La noche del 28 de febrero de 1998, mientras Baruj estaba en Nueva York, recibió una llamada notificándole la muerte de su amigo y exigiendo su presencia inmediata para abrir el sobre. El viaje fue urgente. Al leer la carta, Quarracino dejaba por escrito su voluntad final: descansar frente al mural, de modo tal que ningún sucesor pudiera retirarlo sin profanar su deseo y su palabra.

Ese gesto selló para siempre el destino del lugar.

Así —con un sobre lacrado, un mensaje final y la confianza puesta en un amigo judío— el Cardenal dejó un legado que hoy no puede revertirse:

El mural permanecerá.

La memoria quedará a la vista.

La fraternidad seguirá hablándole al visitante.

Ese episodio invisible al público general resume toda una vida de encuentros:

la fe vivida sin exclusión, la memoria hecha símbolo y un puente que no admite retorno.

Ese puente tiene un nombre: Baruch Tenembaum.

Firmado

Quien tuvo el privilegio de compartir un café con Baruj Tenembaum 

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