Inicio ANTISEMITISMO Opinión | Veinticinco años después de Durban, equiparar al sionismo con el racismo se volvió algo habitual

Opinión | Veinticinco años después de Durban, equiparar al sionismo con el racismo se volvió algo habitual

Por M S
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Itongadol/Agencia AJN.- (The Jerusalem Post) Hace veinticinco años, representantes de todo el mundo se reunieron en Durban, Sudáfrica, para lo que debería haber sido uno de los esfuerzos más importantes que las Naciones Unidas podían emprender: una conferencia mundial contra el racismo.

En cambio, Durban se convirtió en un punto de inflexión en la campaña moderna para deslegitimar a Israel y contribuyó a sentar las bases del tono, el lenguaje y la virulencia que actualmente se dirigen contra el Estado judío y contra quienes son llamados “sionistas”.

Durante la Conferencia Mundial contra el Racismo de 2001 se debatió un proyecto de documento que calificaba al sionismo de racista y cuestionaba el derecho de Israel a existir. En medio de los debates sobre la redacción exacta, la idea seguía destacándose como un ataque contra el pequeño Estado judío.

Estados Unidos e Israel finalmente abandonaron la conferencia y los participantes judíos fueron objeto de manifestaciones abiertamente antisemitas en torno al foro paralelo de organizaciones no gubernamentales.

Israel fue acusado de racismo, apartheid y genocidio, mientras una conferencia destinada a combatir los prejuicios terminó dominada por un intento de revivir, bajo una nueva forma, la antigua acusación de que el sionismo era en sí mismo racismo.

La declaración final de la conferencia oficial de la ONU no equiparó al sionismo con el racismo. Los intentos de incluir ese lenguaje fueron rechazados y el documento condenó el antisemitismo.

Sin embargo, el foro de las ONG fue diferente. Su declaración acusó a Israel de ser un “Estado de apartheid”, habló de genocidio y crímenes racistas y pidió su aislamiento internacional. Fuera de las salas de la conferencia circularon caricaturas antisemitas y manifestantes portaron carteles que elogiaban a Hitler.

Lo que hace que Durban siga siendo importante 25 años después es que fue más que una reunión desagradable. Las acusaciones en sí mismas no eran nuevas. La Unión Soviética y los Estados árabes habían pasado décadas presentando al sionismo como racismo y a Israel como un Estado particularmente malicioso. Durban tomó esas ideas y les dio un nuevo espacio.

Ese discurso pasó de la propaganda política soviética y árabe a los ámbitos de las ONG, el derecho internacional y los derechos humanos, una evolución que continúa hasta hoy. Las acusaciones comenzaron a presentarse a través de informes, argumentos jurídicos, campañas de boicot y el respaldo de organizaciones consideradas en Occidente defensoras de principios morales universales.

El jefe de la delegación israelí ante la Conferencia Mundial contra el Racismo, el embajador Mordechai Yedid, se dirige a los asistentes durante una sesión plenaria el 3 de septiembre de 2001, en Durban. (Crédito de la foto: Alexander Joe/AFP vía Getty Images)

El lenguaje asociado con el régimen racista se trasladó cada vez más a Israel

Sudáfrica ofreció un escenario particularmente poderoso para esa transformación. El apartheid había terminado menos de una década antes y una conferencia contra el racismo celebrada allí debería haber destacado ese logro. En cambio, el lenguaje asociado con el régimen racista sudafricano comenzó a aplicarse cada vez más a Israel.

Durban ayudó a establecer la estrategia que posteriormente sería utilizada para deslegitimar a Israel.

Durante el siguiente cuarto de siglo, esa estrategia se volvió cada vez más conocida. Los sucesivos conflictos que involucraron a Israel dieron lugar a acusaciones de crímenes de guerra, investigaciones internacionales e informes de organizaciones no gubernamentales. Las campañas de boicot crecieron y la acusación de apartheid pasó de los círculos activistas al discurso político y académico dominante.

Luego llegaron la masacre del 7 de octubre y la guerra en la Franja de Gaza.

Para 2026, gran parte de aquello que provocó indignación en Durban se volvió habitual. Israel es acusado regularmente de apartheid, racismo y genocidio. El sionismo —el movimiento por la autodeterminación nacional del pueblo judío— es presentado cada vez más como una ideología inherentemente racista.

Más preocupante aún es la manera en que a veces se utiliza la palabra “sionista”. Criticar al sionismo no es inherentemente antisemita, al igual que criticar a Israel tampoco lo es. Pero cuando se afirma que los “sionistas” controlan gobiernos, dinero o medios de comunicación, o cuando se declara que los sionistas como categoría no son bienvenidos en espacios públicos, resulta difícil ocultar el origen de esas acusaciones. Un prejuicio ancestral no se vuelve respetable simplemente porque “sionista” haya reemplazado a “judío”.

Nada de esto coloca a Israel fuera del escrutinio. Los gobiernos israelíes deben ser examinados, las guerras deben ser investigadas, el sufrimiento de los civiles debe ser enfrentado y las políticas deben ser cuestionadas. Los propios israelíes mantienen estos debates todos los días.

La crítica a Israel y la oposición a lo que Israel es

El problema de Durban estaba en otro lado. Ayudó a erosionar la distinción entre criticar lo que Israel hace y oponerse a lo que Israel es.

Durban no inventó el antisemitismo ni el antisionismo. Su importancia radicó en contribuir a tomar ideas que habían existido en los extremos ideológicos y reformularlas utilizando el lenguaje de los derechos humanos.

Veinticinco años después, nos acercamos de manera preocupante a completar el círculo. El lenguaje que contribuyó a expulsar a Israel y Estados Unidos de una conferencia de la ONU contra el racismo en 2001 ya no sorprende a la gente. Gran parte de él se convirtió en parte del vocabulario cotidiano utilizado para hablar de Israel.

Ese es el legado de Durban y la razón por la que, un cuarto de siglo después, recordar lo que ocurrió allí sigue siendo de suma importancia y algo contra lo que vale la pena luchar.

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