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Yeshurun Torá inició su ciclo lectivo con la incorporación de 20 nuevas familias

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 El martes 6 de marzo Yeshurun Torá dio inicio al ciclo lectivo 2012 en el nivel secundario, orgullosos una vez más de poder continuar creciendo en las metas que se proponen cada año.

Este ciclo comenzó con la incorporación de más de 20 familias nuevas a la escuela, nuevamente récord en el 1er año de alumnos provenientes de diferentes escuelas primarias, la incorporación de pizarras interactivas en todas las aulas y netbooks nuevas para cada uno de los alumnos ingresantes.
En el acto de apertura premiaron a alumnos de distintos años por exámenes rendidos en el ciclo 2011 en el área de inglés (con auditoria internacional) y a los finalistas del Jidón Tanaj habiendo obtenido la aprobación en los mismos.
También compartieron la emoción de ver cómo alumnos que egresan acompañan a sus hermanos en su primer año de secundario.
Por otra parte, el rector de la escuela, el Lic Ariel Cohen Imach, brindó unas palabras a todo el alumnado y a los padres presentes: 
 
En una escuela como la nuestra, siempre orientada a recibir con calidez a los alumnos nuevos que Baruj Hashem se incorporan en cantidad, una escuela donde intentamos nutrirnos en forma permanente de las enseñanzas milenarias de las fuentes judías, quiero abrir este ciclo lectivo compartiendo con uds. una historia del Talmud, que se centra precisamente en la llegada de un nuevo alumno a una academia talmúdica.
Nos situamos hace poco más de 1800 años, en la academia de uno de los grandes sabios de todos los tiempos: Rabí Iehudá Hanasí. Si tuviera que poner un título a la narración que compartiremos, posiblemente la llamaría “Conflicto y tensión en la escuela talmúdica”. Veremos cómo la simple e inocente aparición de un nuevo personaje que viene a estudiar a la Ieshibá desata una acalorada discusión y una serie de profundos aprendizajes que me parecen valiosos para compartir en nuestra escuela.
La entrada del nuevo alumno seguramente generó algún tipo de sorpresa, tratándose de alguien varios años mayor que los alumnos que estudiaban allí. Al ingresar en la casa de estudios, Rabí Ishmael se encuentra con dos de los principales alumnos de la academia. Mientras esperaban que llegara el maestro, los dos alumnos se pusieron a estudiar acerca del tema de la Tefilá, el rezo, y más precisamente, hacia dónde debe estar dirigida la mirada de la persona mientras reza.
Los dos alumnos sostenían posturas opuestas y las defendían con vehemencia, justificándolas por medio de la cita de versículos bíblicos.
Uno de ellos afirmaba que los ojos de la persona que reza deben dirigirse hacia abajo y en dirección a Jerusalem, como versa el Pasuk que dice “Mis ojos y mi corazón estarán allí siempre”, “allí” refiriéndose al Santuario terrenal.
El otro alumno interpretaba que uno al rezar debe dirigir su mirada hacia arriba, como dice otro versículo: “Alcemos nuestro corazón y nuestras manos hacia D’s en los cielos”.
Al recién llegado, Rabí Ishmael, posiblemente le haya resultado llamativo, como nos pasa a los lectores, que ambos alumnos se centraran sólo en la pregunta hacia dónde dirigir la mirada al rezar, y ninguno dijera nada acerca del involucramiento íntimo de la persona y de su corazón en la plegaria, más aún cuando los dos versículos citados mencionan explícitamente la palabra “corazón”. Rabí Ishmael interviene y dice: “Así me enseñó mi padre: Al rezar se debe dirigir la mirada hacia la tierra y el corazón hacia el cielo, para que se cumplan los dos versículos que Uds. citaron”.
Rabí Ishmael, además de dialogar con estos dos alumnos, simultáneamente nos está hablando a nosotros, que 18 siglos después nos conectamos con la Tefilá y también con el estudio como si fueran actividades externas, que requieren simplemente una postura corporal sin involucrar plenamente nuestra persona. Vemos en los temas de estudio contenidos aislados (como los dos alumnos que citaban cada cual su versículo) y pocas veces hacemos el esfuerzo de integrar, conectar y armonizar los saberes y conocimientos. He aquí una de las ventajas de nuestro proyecto tecnológico, que “viaja” por distintas fuentes del saber con rapidez, y podemos ver la multiplicidad de perspectivas simultáneamente en una misma pizarra. 
En nuestra milenaria cultura judía, los textos son el aire que respiramos, los leemos y releemos con sentido crítico y nos desvelamos por resolver sus aparentes contradicciones. Es la interpretación (en este caso la citada por Rabí Ishmael, el nuevo alumno), la que logra armonizar y hacer que ambos versículos se cumplan (en hebreo “sheitkaiemú”, que literalmente significaría que los textos cobren existencia). Este concepto novedoso nos indica que es el ser humano que estudia con profundidad, poniendo en el estudio todo su ser, el que insufla existencia plena a los textos.
Queridos alumnos: Uds. son el núcleo de la institución escolar. El aprendizaje de Uds. es el que da vida a los textos, a las aulas, a las computadoras, al Campus Virtual y a toda nuestra tecnología de avanzada. Cuando Uds. se involucran, esta institución vive y palpita. Todo nuestro esfuerzo humano y edilicio está centrado en generar las condiciones para que cada uno de Uds. desarrolle su máximo potencial de aprendizaje; necesitamos simplemente que conecten su persona y su corazón a este emprendimiento.
Volvamos al relato. Cuando todos quedaron conformes con la propuesta de Rabí Ishmael, llegó a la Ieshibá el maestro, Rabí Iehudá Hanasí, y los alumnos se fueron sentando en sus lugares para la clase. Rabí Ishmael, que al ser nuevo no tenía un lugar asignado, y además era tan robusto que se desplazaba con pesadez, quedó parado entre las filas de alumnos, cuando en general se trata de evitar caminar entre los sabios y sentarse último. Abdán, un alumno de la Ieshibá que actuaba como Shamosh, lo increpa preguntándole con cierto dejo de ironía: “¿Quién es el que camina entre los sabios del pueblo consagrado?” Rabí Ishmael le contesta: “Soy Rabí Ishmael que vine a estudiar Torá de Rabí Iehudá Hanasí”. Abdán, el Shamosh, sigue increpándolo: “¿Acaso eres digno de estudiar Torá de Rabí Iehudá Hanasí?” A esta pregunta agresiva Rabí Ishmael responde con otro interrogante: “¿Acaso Moshé era digno de estudiar Torá de boca de D’s?”
Con esto nos está enseñando a nosotros: No existe nadie que sea indigno de estudiar; no hay nadie que desee estudiar y no sea merecedor de que le enseñen. Si el D’s Todopoderoso, inmaterial e infinito consideró digno y adecuado enseñar Torá a un ser humano, con cuánta más razón nosotros, seres de carne y hueso, tenemos que esforzarnos en enseñar a todo quien desea aprender. Todos merecen estudiar y aprender, todos son dignos de sentarse en el aula con los mejores maestros, y ojalá cada uno de Uds., queridos alumnos, sepa aprovechar lo mejor de cada uno de los excelentes docentes que tenemos en la escuela.
Por supuesto, Abdán tampoco entonces se quedó callado. “¿Acaso tú eres Moshé?” – preguntó sarcásticamente. Nuevamente Rabí Ishmael contestó con una pregunta: “¿Y acaso tu maestro es D’s?”
Afortunadamente, en ese momento de la discusión llegó a la casa de estudios una persona que necesitaba asesoramiento halájico en un tema puntual. Abdán iba a intervenir, como de costumbre, pero Rabí Ishmael citó una tradición de interpretación sobre ese punto que el propio maestro, Rabí Iehudá Hanasí, desconocía, resolviendo así el problema.
No sólo los alumnos aprenden de los maestros; nosotros aprendemos muchísimo de cada uno de Uds.  La presencia de un solo alumno nuevo en aquella academia talmúdica generó, incluso antes de empezar la primera clase, una serie de aprendizajes valiosísimos. Hoy se encuentran aquí 49 alumnos nuevos, más otros 146 alumnos que ya nos acompañaron en años anteriores; sean todos bienvenidos e imagínense cuánto podemos aprender y disfrutar en este espacio ameno, alegre, entusiasta, lleno de creatividad y contención que es nuestra querida escuela.
Disfruten de sus docentes, de sus compañeros, de las clases, las salidas, las actividades especiales, de las pizarras y computadoras, pero principalmente, de Uds. mismos y su propia capacidad de aprender y de enriquecer a los demás. Cuando hay auténtica armonía y verdadero compañerismo, no hay ninguna meta que sea imposible.
Hashem nos inspire para construir un ciclo lectivo fructífero, rebosante de aprendizaje y crecimiento. Amén.
 

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