Inicio MEDIO ORIENTE El exrehén israelí Rom Braslavski habla sobre el cautiverio, la ansiedad y la recuperación: “Por dentro sigo en Gaza”

El exrehén israelí Rom Braslavski habla sobre el cautiverio, la ansiedad y la recuperación: “Por dentro sigo en Gaza”

Por M S
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Meses después de su liberación del cautiverio en la Franja de Gaza, Rom Braslavski aseguró que la tortura, la humillación y la ansiedad todavía lo persiguen. En una entrevista, habló sobre el trauma, la terapia, la reconstrucción de su vida y su enojo porque el sufrimiento de los rehenes se haya convertido en una batalla política.

Itongadol/Agencia AJN.- Los latigazos, el hambre, el aislamiento. Durante el cautiverio en la Franja de Gaza, Rom Braslavski aprendió a soportar el sufrimiento y el dolor físico, pero reconoce que fueron las humillaciones crueles las que lo quebraron. Un ejemplo fue cuando un terrorista lo obligó a abrir la boca y le escupió dentro.

“Uno se acostumbra a las golpizas. Pero esa humillación… ese fue mi momento más bajo en cautiverio”, expresó.

Durante casi dos años en Gaza, Rom soportó un largo calvario de torturas. Pasó la mayor parte del tiempo en Deir al-Balah, primero en departamentos seguros y luego dentro de un enorme campamento de tiendas de desplazados.

“A mi alrededor había decenas de miles de tiendas. Yo estaba dentro de una tienda dividida en tres secciones: en una vivía el terrorista comandante y su familia, en otra los combatientes de la Yihad Islámica, y en la tercera: yo”, recordó.

Durante largos días estuvo atado de pies y manos, muchas veces completamente desnudo. Durante horas lo obligaban a permanecer de pie frente a una pared, con los ojos vendados y piedras metidas en los oídos para que no pudiera escuchar nada.

“Cada tanto entraban y me golpeaban las plantas de los pies con un látigo para burros”, contó Rom. “Mis pies estaban morados. Apenas podía mantenerme de pie”.

Según él, la violencia dentro de la tienda no estaba dirigida solo hacia él:

“Vi cómo trataban a sus mujeres y a sus hijos. Los hijos y la esposa del terrorista que me custodiaba eran golpeados sin parar. Él dirigía un cuartel terrorista desde su casa”, detalló el exrehén, que estuvo secuestrado durante 737 días en el enclave costero palestino.

Sin embargo, aseveró que fueron los métodos creativos y brutales de abuso de sus captores los que dejaron las cicatrices más profundas. En una ocasión, después de 28 días sin bañarse, suplicó que le permitieran lavarse.

“Todo mi cuerpo estaba negro de suciedad”, relató. El terrorista le dijo que se preparara para ducharse, pero luego volvió con un balde lleno de arena y basura y lo obligó a arrojárselo encima.

“Querían que me sintiera como un animal. No como un ser humano. Me odiaban porque era soldado”, remarcó.

Rom, de 22 años, fue secuestrado como soldado en el festival Nova, donde trabajaba como guardia de seguridad, y está convencido de que esa también fue la razón del trato especialmente brutal que recibió.

Uno de sus captores, Ahmad, un año menor que él, lo maltrataba constantemente.

“Si me dormía aunque fuera un momento, me despertaba. Incluso cuando daban órdenes de dejar de golpearme, él seguía. Me odiaban porque era soldado”.

Un día, Rom se quebró:

“No comía, no bebía, no veía ningún futuro. Simplemente me lancé sobre él”, recordó.

Rom estranguló al terrorista hasta que otros lograron separarlos.

“No me importaba matarlo y morir yo también. Solo quería que todo terminara”, recalcó Rom.

Desde ese momento, asegura, los castigos se intensificaron todavía más.

Ahora, meses después de ser liberado, Rom intenta reaprender a vivir fuera de Gaza. Todavía sufre dolores crónicos, pesadillas y ansiedad severa.

“El 90% del Rom que existía antes del 7 de octubre murió el 8 de octubre. Quizás me queda un 10% de mi alegría de vivir y de mi sarcasmo”, subrayó.

Recientemente comenzó un tratamiento psicológico intensivo.

“En terapia vuelvo a atravesar cada día del cautiverio. Si no lo hago, explotará más adelante”, explicó.

Sin embargo, se niega a tomar medicación. Mientras él estaba cautivo, su hermano mayor sufrió un severo episodio psicótico debido al colapso emocional de la familia y desarrolló esquizofrenia.

“Chocó su auto contra un poste y sobrevivió de milagro. Desde entonces tengo miedo de perder el control de mi mente”, afirmó.

Desde su liberación también carga casi solo con el peso económico de mantener a su familia: “Mis padres intentaron volver a trabajar y no pudieron. Mentalmente no son capaces. Mis hermanos tampoco lograron recuperarse realmente”.

La sensación que más lo acompaña hoy es que el público ya siguió adelante.

“Se olvidaron de los rehenes”, señaló con dolor. “La gente realmente no está lidiando con nuestro sufrimiento”.

En su opinión, tanto el liderazgo político israelí como el de seguridad deben rendir cuentas: “No me importa si es una comisión estatal de investigación o una nacional. Simplemente investiguen ya. Asuman la responsabilidad por lo que pasó aquí”.

A Rom lo perturba especialmente lo que considera la transformación del tema de los rehenes en una herramienta política: “Para mí, todos son culpables. Tomaron nuestra historia y la convirtieron en una lucha política”.

A pesar de todo, Rom está encontrando motivos para empezar de nuevo. Uno de ellos es su nueva relación con Shoham Talker. Ella sabe casi todo sobre él, pero no todo.

“A veces, cuando se queda dormida sobre mí, espero un poco hasta asegurarme de que realmente está dormida y recién entonces empiezo a llorar. No quiero exponerla al dolor y al sufrimiento que llevo conmigo. Quiero protegerla de la maldad a la que fui expuesto”, añadió.

Incluso antes del 7 de octubre, su vida no había sido sencilla. Creció en el barrio Katamonim de Jerusalem, no terminó la escuela y al principio recibió una exención del servicio militar, pero insistió en enlistarse.

“Me senté afuera de la oficina del psicólogo militar hasta que encontró tiempo para atenderme”, recordó.

Finalmente se enlistó a través del programa del Cuerpo de Educación y Juventud de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en la base Havat HaShomer: “La primera semana todavía le gritaba a mi comandante y al final me gradué como cadete destacado en un programa de mejora conductual”.

Incluso ahora, después de todo lo que atravesó, sigue hablando de querer servir en la reserva.

“Creo que todos deberían enlistarse, sin excepción. Si yo pude servir antes y todavía quiero servir, todos deberían hacerlo. Los estudiantes de Torá también deberían combinar sus estudios con el servicio militar. Yo estudié Torá y rezaba también, y aun así me enlisté”, resaltó.

Pero su sensación de seguridad se derrumbó. Desde que regresó de la Franja lleva gas pimienta todo el tiempo, temiendo un atentado terrorista y ser secuestrado otra vez: “Mi cuerpo está constantemente en alerta. Desde afuera, la gente puede ver a alguien que regresó, pero por dentro todavía sigo allí”.

Y para él, esta guerra está lejos de terminar: “Mi pasado es negro. Solo intento asegurarme de que el futuro sea rosa. Mi mayor sueño es ser verdaderamente libre del cautiverio. No físicamente, mentalmente”.

Fuente : Ynet.

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