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Gustavo Mesch, rector argentino de la Universidad de Haifa: «Todos estamos siendo espiados constantemente»

Por Martin Klajnberg
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Itongadol/Agencia AJN (por Sal Emergui, para El Mundo).- Cuando el joven argentino Gustavo Mesch se instaló en Haifa en los años 70 no podía imaginar que algún día llevaría las riendas de la universidad de esta ciudad en el norte de Israel. «Me enamoré a primera vista de la ciudad. La convivencia entre judíos, cristianos y musulmanes me recordaba la infancia en mi Córdoba natal», cuenta décadas después como rector de la Universidad de Haifa.

Mesch nos recibe en su despacho de la institución que mantiene su esencia fundacional como referente de Ciencias Sociales y Humanidades. «La Universidad, donde el 35% de los 18.000 estudiantes son árabes, es un símbolo de tolerancia»,
apunta, recordando que la educación no es un coste sino una inversión.

«La tecnología y nosotros vamos juntos. Es la historia del ser humano y fue lo que nos permitió dejar de ser nómadas y convertirnos en sedentarios. Lo que permitió el desarrollo de la agricultura y la ganadería como fuente de comida… Es un proceso histórico», señala este académico que forma parte de la directiva de la Asociación de Internet de Israel y que se muestra optimista en un periodo incierto a nivel social y económico bajo las olas de contagios de coronavirus que van y vienen.

P: ¿Cómo cree que el coronavirus cambiará la sociedad?
R: Yo soy de los que tienen paciencia. Como estudié tanto las revoluciones tecnológicas y algunas como la de Intel la viví personalmente en Haifa, prefiero una visión más centrada. No soy un optimista tecnológico pero tampoco un pesimista. El coronavirus nos mostró en poco tiempo determinadas capacidades que pudimos probar, como el trabajo y la enseñanza a distancia, pero también las dificultades. Por ejemplo, me demostró que se puede enseñar a distancia, pero también que una clase necesita interacción social y participación activa de los estudiantes.

P: ¿Las sociedades salen más fuertes o más debilitadas?
R: Más fuertes y sólidas porque tendrán más crisis en salud pública por un lado y, por otro, la reacción tan fuerte de los gobiernos. Los países que reaccionaron de forma rápida y drástica, hicieron una elección de valores sociales. Pusieron el valor social de la vida por encima del valor social de la economía y el trabajo.

P: ¿Le sorprendió la conducta social durante el confinamiento?
R: Me sorprendió porque es un cambio radical en un periodo muy corto. No salir de casa es un cambio drástico de comportamiento. Es interesante ver este cambio y cómo ante la reticencia de los gobiernos de volver a la normalidad, la gente vuelve sola. El cambio de comportamiento con el uso de conducta preventiva y distancia social es consecuencia de la confluencia a través de los medios de información que mantienen dependencia autónoma que dependencia global. Sí, saldrán de la situación con problemas económicos que tienen que resolver. Tomará su tiempo pero creo que lo lograrán y con un crecimiento económico mayor que antes. En Israel muchas empresas están cerrando, pero no por la pandemia, sino porque el confinamiento les dio la oportunidad de repensar su estrategia económica.

P: ¿Las democracias se verán afectadas tras meses marcados por la abrumadora intervención estatal?
R: No creo que el coronavirus cambie algo en este aspecto. Lo que sí veo es un proceso de desglobalización en el que
los países, especialmente en Europa, se centrarán más en sus asuntos internos. No estoy preocupado por la situación de las democracias por el virus. Hubo una crisis mundial, verdadera o no, en la que cada país reaccionó de la mejor forma posible para poder continuar la vida cotidiana. En este proceso, hubo países donde la democracia no fue usada de forma efectiva y las decisiones fueron tomadas por los Gobiernos y no por los Parlamentos, pero se trata de algo temporal.

P: ¿A qué se refiere cuando dice «verdadera o no»?
R: En cada país hay un debate muy profundo sobre la existencia constante de las noticias o malas noticias. Eso produce a nivel psicológico una sensación de verdadero miedo por la vida y a nivel cognitivo, una elaboración de que el riesgo de contagio es muy alto. A medida que pasa el tiempo, el miedo sigue existiendo pero cada uno de nosotros se pregunta sobre si el riesgo de ser contagiado es realmente alto.

P: El Covid-19 ha potenciado el papel de la tecnología como promotor al mismo tiempo de aislamiento y conexión ¿no?
R: Así es. La tecnología permitió, en condiciones de aislamiento social absoluto, estar en conexión, no perfecta, pero conexión con la familia y amigos. Hay un proceso de adaptación a las tecnologías que no obligatoriamente reducen nuestra sociabilidad. La transforman pero no la reducen o liquidan. Nos adaptamos. Cuando lees lo que se escribía en la época cuando se inventó el teléfono se hablaba de la misma forma. Se decía que iba aislar a los vecinos. Pues bien, quizá los vecinos se aislaron un poco pero al mismo tiempo empezaron hacer fiestas los fines de semana para encontrarse.

P: ¿Cualquier dispositivo electrónico, sea pequeño o grande, puede ser espiado?
R: Sí. Estamos siendo espiados constantemente. Cualquiera puede ser espiado especialmente por las grandes compañías y Gobiernos. Yo por ejemplo recibo un informe de Google cada mes o dos meses que me informa donde estuve a través del celular. La empresa sabe en qué tienda entré, qué día y a qué hora. La pregunta es qué se hace con todo ese material. Hasta qué punto cada uno de nosotros somos objeto del interés de alguien. El espionaje tiene más importancia cuando se trata de personas con posición central en el Gobierno pero respecto a ciudadanos corrientes, ¿qué valor tiene esa información?

Nota original: Diario El Mundo

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