Itongadol.- La Sociedad Hebraica Argentina celebra su primer siglo de vida y, para repasar la historia de la institución, ItonGadol dialogó con Gerardo Mazur, quien fue director del Teatro SHA y durante más de veinte años director del Departamento de Cultura.
“Después de mi hogar es mi casa más querida”, expresó Manzur, quien destacó que que “Hebraica es conocida en todo el mundo”.
Mazur recordó que “se la llamaba ‘La Casa de las Puertas Abiertas’, porque cualquier persona, fuera judía o no, podía hacerse socia de Hebraica”. Su nombre, elegido por Alberto Gerchunoff, “juntaba el concepto social con la identidad judeo-argentina”.
Asimismo, destacó a los socios honorarios históricos que pasaron por la institución, entre ellos figuras como Shimon Peres, primer ministro y presidente de Israel. Incluso David Ben-Gurión habló en el teatro de Hebraica, donde fue recibido por directivos de la comunidad.

-¿Qué significa para vos que Hebraica, una institución judía de la sociedad argentina, pueda cumplir sus primeros 100 años?
-Espero, como vos lo decís, que sean los primeros 100 años. Después de mi hogar es mi casa más querida. Es una maravilla Hebraica, por múltiples razones, no por pocas. Se la llamaba ‘‘La Casa de las Puertas Abiertas’’, literalmente, porque cualquier persona, fuera judía o no, podía hacerse socia de Hebraica. Salvo algunas excepciones como corresponden, un antisemita no podía ser socio. Yo soy socio 20.365, soy vitalicio por antigüedad. Me hice socio a los 17 años, hace muchísimos años. Para mis padres fue un sacrificio hacerme socio y durante muchos años, y lo debería seguir siendo, ser socio de Hebraica era un honor.
Hebraica es conocida en todo el mundo. El nombre de Hebraica se lo puso Alberto Gerchunoff, nada más y nada menos, y no lo llamó club. Y eso que me parece muy buena la palabra club. Los historiadores de Hebraica cuentan que como no se ponían de acuerdo para elegir el nombre, le encargaron a Gerchunoff que lo haga, y que lo iban a respetar. Y él lo llamó Sociedad Hebraica Argentina, donde juntaba el concepto social con la identidad judeoargentina. Cuando se habla de la institución simplemente se dice voy a la Hebraica, se sintetiza de esta manera. Y así quedó el nombre, reconocido en todo el mundo.
-¿Recordás qué fue lo que te motivó hacia esa institución y no a otra?
-No se me pasó nunca por la cabeza ir a otro lugar, salvo por las competencias. Yo jugaba tres veces por semana al básquet de manera informal, que me encantaba, y jugábamos por placer.
-¿Cuándo te profesionalizás en Hebraica? ¿Siempre tuviste el mismo rol?
-Yo tenía que estudiar y trabajar, soy químico industrial. Empecé a trabajar en el departamento técnico de General Electric. Y luego conseguí trabajo en la biblioteca de Hebraica, ese fue mi primer trabajo en Hebraica. Estuve muchos años en la biblioteca. Luego me dediqué a la cultura de la institución, donde estuve muchísimos años.
-¿Qué judaísmo era el de esa época, cuándo empezás a trabajar en Hebraica? ¿Cómo era la vida judía?
-Era una institución líder, en la que cualquiera podía hacerse socio, pero era una institución muy judía. Sobre todo en las celebraciones. En Sucot armábamos algo en el hall de Hebraica para que todos lo vieran. Yo mismo con un equipo de gente armamos una sucá. Y lo mismo para cualquier festividad o celebración. Las celebraciones, en general, las familias las hacían en su casa, pero también en Hebraica. Rosh Hashaná y Janucá eran una fiesta en Hebraica. Celebraciones hermosas. A mi Janucá es la que más me gusta por el concepto de luz, de iluminarnos, vernos, que haya luz en el pensamiento, es decir abrir todo, que veamos todos, que veamos lo que se ve y lo que no se ve.
-Mi papá siempre me decía que le hubiera gustado vivir en una casa transparente para que todos puedan ver, y también para que lo vieran.
-Claro. Y en Janucá hay que prender la Menorá de tal manera que se pueda ver y también la del vecino, y al abrir la ventana se podría ver a todos los vecinos judíos a través de la Menorá, que la pusieron en una puerta o en una ventana para que la luz nos incluya.
-¿Cómo siguió tu vida institucional luego de trabajar en la biblioteca?
-La biblioteca de Hebraica es una maravilla. Uno entra a Hebraica y se encuentra con los murales en Sarmiento. Los murales son de 1943, al poco tiempo que se inauguró el edificio allí, porque antes estaba a siete cuadras. Uno entra y se encuentra con los murales y podría pensarse a quién se le ocurrió eso, y sin embargo, cuando se construye el edificio de cuatro plantas, se preparan las paredes a través de un concurso. Ese concurso lo ganan tres jóvenes desconocidos en ese entonces: Berni, Urruchúa y Castagnino. Nada más y nada menos, y ellos pintan directamente los tres famosos murales que se ven al entrar. Nosotros hacíamos visitas guiadas a los murales, que eran increíbles.
-¿Qué tenía Hebraica que la distinguía? Una vida tan intelectual que otras instituciones no tuvieron.
-Porque la crearon escritores y después siguió su trayectoria. Gerchunoff no es casualidad, lo mismo con los dramaturgos. En Hebraica desde el comienzo, cuando se construyó, se creó también un pequeño teatro. Un teatro con un pullman chiquito. Ahora el auditorio está en el primer piso, que era el pullman de entonces, en el que hacían teatro y en el que también se estudiaba teatro. Hebraica contrató a las personas que más sabían de teatro en Buenos Aires, contrató a Hedy Crilla, contrató a personalidades. Hedy Crilla fue una revolucionaria en serio, que cambió completamente el sistema de ensayo. Inventó, o trajo de su Europa natal, el concepto de improvisación, que había que improvisar más allá del texto. Era una maravilla.
-¿Eso marcó éxitos y obras que trascendieron en la vida teatral de la Argentina?
-De Buenos Aires seguro, seguro. Era un teatro reconocido en todo Buenos Aires, venía gente de todos lados. La única diferencia estaba en la entrada, que los socios pagaban la mitad o menos. Y además teníamos una característica en el teatro de Hebraica, al que no tenía plata, aunque no lo hacíamos público, después de que entraba la gente que pagaba, lo hacíamos entrar. Y lo ubicábamos cómo podíamos de una forma discreta. Pero nadie se quedaba afuera por plata.
-Me acuerdo una época en la que mi papá me llevaba a la parte de cultura, de Bernardo Ezequiel Koremblit. Él trabajaba en Hebraica.
-Por supuesto, era el director de Cultura. Esa fue una época maravillosa. Koremblit utilizaba un lenguaje muy lujoso con palabras poco usuales, que no explicaba. Y además, él tenía amigos, la mayoría de ellos escritores impresionantes, como Nicolás Olivari o Juan José Ceselli, que era muy poco conocido y era muy amigo de Koremblit. Era un tipo de una historia extraordinaria, él había heredado una fábrica de zapatos para mujeres, de su familia la heredó, y hacía mucha plata. Una fábrica de tacos altos. Ganó mucha plata y decidió irse a Paris a conocer el movimiento surrealista y a conocer Europa como centro de la cultura occidental. Cuando volvió se encontró con que la fábrica había quebrado, se quedó sin nada. Y Koremblit le consiguió trabajo como corrector en La Nación.
-¿Cuánto duro Koremblit en Hebraica? ¿Más de una década?
-Sí, o más. No recuerdo cuánto pero más de una década.
-Mi papá también iba a los jueves culturales de Hacoaj que estaba Sergio Leonardo, era una época especial con mucha gente consumiendo cultura.
-Sí, Sergio Leonardo era el director de Cultura de Hacoaj, un escritor. Hacoaj hacía de vez en cuando una reunión cultural, de forma esporádica, con Sergio Leonardo.
-Mucha gente consumía cultura en esa época. ¿Qué pasaba que la época se destacaba por eso?
-Hebraica tenía sus deportes dentro de la institución. Básquet, natación, pelota paleta. Y la pileta chica, de 20 metros. Pero no era en ese sentido una institución deportiva, era mucho más una institución cultural que deportiva. Y sin embargo tenía muchísima concurrencia, porque la gente se formaba, y podía formarse culturalmente, porque había una o dos conferencias o charlas por día, todos los días, con entrada libre y gratuita.
-Y también marcó una época en la formación de líderes, de madrijim que se formaron en Hebraica.
-Hebraica tuvo una famosa escuela de madrijim, muy conocida, EDITI. Allí se formó mucha gente, se trabajaba de manera práctica no solo teórica, Porque tenían que juntarse con los socios y practicar, la parte teórica se llevaba a la práctica constantemente con los socios como público. Fue muy bueno todo eso, porque se iba transmitiendo toda esa gestión cultural, abierta, gratuita y cotidiana. Fue muy fuerte la historia.
-¿Por qué ocurría que lideres israelíes como primeros ministros o presidentes visitaban la Sociedad Hebraica Argentina?
-Sí. En Hebraica estuvo Ben Gurión. Hebraica tenía socios honorarios. Socios honorarios que no eran conocidos y también otros importantísimos. Por ejemplo, Shimon Peres, que fue primer ministro y presidente de Israel. Era una personalidad de una cultura enorme. Los políticos que representaron a Israel eran tipos muy formados, más allá de que uno acuerde o discrepe con sus ideas. Eran tipos de una cultura enorme. No usaban papeles para hablar, para pronunciar discursos. A Shimon Peres lo conocí muy bien. Me acuerdo de la Guerra de los Seis Días, que yo le pregunté a Shimon Peres por qué Israel iba a la guerra si era una potencia pacifista. Me respondió que ‘‘si no nos defendíamos, nos mataban. Teníamos la obligación’’. Y esta constante quedó, y hay que entender ahora un poco lo que significa.
Parte de mi familia vive en Israel hace muchísimos años. Hay que entender que para un israelí no existe perder una guerra porque tienen la suposición de que si pierden una guerra desaparece el Estado, y esto no puede suceder. Eso no pasa con otros países. Si hubiera una guerra entre Argentina y Chile, que casi la hubo, el que pierde no desaparece. Puede perder territorio o tener que pagar algo, y lo paga con los muertos en la guerra, pero el perdedor sigue existiendo. Para el israelí eso es diferente y por eso no están en condiciones de perder una guerra. Por eso tienen un ejército de defensa tan poderoso, no es casual.
-¿Qué era Hebraica para que estas personalidades pasaran por allí? ¿Por qué Hebraica?
-Primero que la institución los invitaba. Pero si nos los invitaban, la comunidad usaba el teatro, iban al teatro de Hebraica. Ben Gurión no vino a Hebraica especialmente, habló en el teatro de Hebraica. Fue recibido allí. Claro que también lo recibían los directivos de Hebraica y de la comunidad judía, estaba un rato en la presidencia y luego se iba al teatro, donde se hacía el acto. Eso era lo que ocurría. Lo invitaban porque Hebraica tenía un teatro grande en el que podían entrar más de mil personas.

