Itongadol/Agencia AJN.- Durante décadas pensamos que la formación de valores, opiniones e identidades dependía fundamentalmente de la familia, la escuela, las instituciones y los medios de comunicación. Hoy debemos incorporar un nuevo actor: a nuestros hijos también los educan los algoritmos.
Los algoritmos deciden buena parte de lo que vemos, priorizan aquello que genera interacción y construyen progresivamente burbujas digitales en las que cada persona recibe una versión diferente de la realidad. Esto cambia completamente la lógica de la comunicación: ya no alcanza con tener un buen mensaje. El desafío es conseguir que ese mensaje entre en la burbuja del otro.
El 7 de octubre de 2023 comenzó con un ataque terrorista de Hamas contra Israel, pero casi inmediatamente la batalla se trasladó también a las redes sociales. Allí quedó demostrado que el odio puede convertirse en un extraordinario generador de interacción y que, en el ecosistema digital, el engagement es también un negocio. En determinados espacios se produjo rápidamente una inversión narrativa capaz de transformar al judío de víctima de una masacre en victimario.
La respuesta tradicional – comunicados institucionales, campañas generales o contenidos dirigidos a quienes ya están sensibilizados – resulta insuficiente. Debemos pasar de una estrategia de comunicación a una estrategia de penetración legítima de grupos de influencia.
La información puede ser la misma. La comunicación no puede serlo. MAPEAR → SEGMENTAR → VINCULAR → PRODUCIR → ACTIVAR → MEDIR
La pregunta central ya no es solamente “¿Qué queremos comunicar?”, sino: ¿En qué burbuja necesitamos entrar, quién puede abrirnos esa puerta y qué contenido puede atravesar su algoritmo?
Esto requiere una red global coordinada Israel-Diáspora que mapee comunidades de influencia, segmente audiencias por edad y plataforma, identifique mensajeros confiables, construya relaciones antes de las crisis, produzca contenido nativo para cada ecosistema, active redes con rapidez y mida la penetración y el impacto real.
En el nuevo ecosistema digital no gana necesariamente quien tiene el mejor mensaje. Gana quien consigue atravesar el algoritmo.
- A nuestros hijos los educan los algoritmos
Durante generaciones discutimos quién educaba a nuestros hijos: la familia, la escuela, las instituciones religiosas, los amigos o los medios de comunicación. Hoy una parte creciente de esa formación ocurre frente a una pantalla.
Los algoritmos seleccionan qué contenido vemos, qué opiniones aparecen reiteradamente y qué temas desaparecen de nuestro campo de atención. No solamente organizan información. También contribuyen a construir percepciones.
Esto es especialmente relevante entre las generaciones más jóvenes, que muchas veces no ingresan a una plataforma buscando noticias: las noticias los encuentran mientras consumen entretenimiento. Por eso la discusión sobre redes sociales también es una discusión sobre educación, identidad y formación de opinión pública.
- Las burbujas algorítmicas
La personalización hace que las personas reciban cada vez más contenidos compatibles con aquello que miran, siguen, comparten o frente a lo cual reaccionan. Así se forman las burbujas.
Dos personas de la misma edad, que viven en la misma ciudad y utilizan el mismo teléfono, pueden recibir diariamente dos representaciones completamente diferentes del mundo. Esto modifica nuestra estrategia: alcance no necesariamente significa influencia.
Podemos conseguir millones de visualizaciones y continuar hablando exclusivamente con quienes ya comparten nuestras posiciones. La verdadera pregunta es si nuestro contenido puede aparecer frente a alguien que nunca decidió buscarnos. Ahí comienza la batalla por las burbujas.
- El 7 de octubre y la batalla digital
El 7 de octubre comenzó con terrorismo, asesinatos, secuestros y una masacre. Inmediatamente comenzó otra batalla: la batalla por determinar cómo el mundo interpretaría lo sucedido.
Las redes permitieron una circulación extraordinariamente rápida de imágenes, testimonios, información, desinformación y propaganda. Apareció una característica fundamental del nuevo ecosistema: el odio genera interacción y la interacción genera valor económico.
Los contenidos emocionales, confrontativos o extremos poseen una enorme capacidad de circulación. En determinados ecosistemas se construyeron narrativas capaces de transformar al judío de víctima en victimario. No alcanza con responder una mentira cuando ya se volvió viral. Hay que disputar el espacio donde se construye la percepción antes de que la narrativa quede instalada.
- Los algoritmos y la radicalización de los liderazgos
Los algoritmos también están modificando los liderazgos. Las posiciones moderadas suelen generar menos reacción que aquellas que provocan indignación, miedo, identificación o enfrentamiento.
Esto crea incentivos para simplificar problemas complejos y adoptar posiciones progresivamente más polarizantes. Los algoritmos no necesariamente crean el extremismo, pero pueden premiarlo y amplificarlo.
Frente a un ecosistema que recompensa posiciones extremas, nuestras estrategias deben ser más audaces, disruptivas, rápidas y sofisticadas, sin abandonar nuestros valores ni nuestra credibilidad. No podemos responder a la velocidad de las redes con estructuras comunicacionales diseñadas para otra época.
- Segmentar la información
Debemos abandonar la idea de que un único producto comunicacional puede servir para todos. Tradicionalmente una institución redactaba un comunicado y luego lo distribuía por distintos canales. Hoy esa lógica debe invertirse: primero debemos determinar a quién queremos llegar y recién después decidir qué producir.
Una misma información debe convertirse en productos diferentes según: EDAD × PLATAFORMA × INTERESES × BURBUJA × MENSAJERO × FORMATO.
No hablamos igual con un adolescente que con un adulto. Pero tampoco alcanza con segmentar únicamente por edad. Dos jóvenes de veinte años pueden pertenecer a universos completamente diferentes: deporte, ambientalismo, gaming, música o activismo universitario. Cada comunidad posee códigos, referentes y lenguajes propios.
La información puede ser la misma. La comunicación no puede serlo.
- Cada plataforma necesita su propio lenguaje
TikTok no es Instagram. Instagram no es X. X no es YouTube. YouTube no es WhatsApp. Y ninguna de ellas funciona exactamente como los medios tradicionales.
Es insuficiente producir una pieza y simplemente adaptarle las dimensiones. El contenido debe nacer pensando en la plataforma donde queremos que viva. Cambian la duración, el lenguaje, la estética, el ritmo, el tono y, fundamentalmente, la persona que debe transmitirlo.
El comunicado institucional seguirá siendo necesario para algunos públicos, pero para otros puede ser uno de los instrumentos menos efectivos. Un mismo acontecimiento debe generar simultáneamente un comunicado, un video de veinte segundos, una historia, una pieza gráfica, contenido de un creador, una conversación en un podcast o una intervención cultural.
- El mensajero puede ser más importante que el mensaje
La confianza es fundamental. En determinadas comunidades, un mensaje proveniente directamente del Estado de Israel, una embajada o una institución judía puede encontrar una resistencia inicial. El mismo mensaje transmitido por alguien que ya posee legitimidad dentro de esa comunidad puede tener un resultado completamente diferente.
Debemos identificar puentes de confianza: un deportista hablando con deportistas; un artista con artistas; un referente ambiental con ambientalistas; un estudiante con estudiantes; un creador digital con su comunidad.
El objetivo no es convertirlos en voceros institucionales. Precisamente lo contrario: debemos preservar su autenticidad y brindarles información, experiencias y herramientas para que puedan hablar desde su propia identidad.
- Penetrar grupos de influencia
El cambio estratégico más importante consiste en invertir no solamente en contenidos, sino también en alcanzar legítimamente grupos de influencia a los que hoy no estamos llegando.
Esto implica mapear comunidades digitales, comprender quiénes son sus referentes confiables y construir relaciones permanentes con ellos antes de las crisis. Cuando ocurre un acontecimiento, ya es tarde para comenzar a buscar quién tiene credibilidad dentro de una comunidad. Las relaciones de confianza deben construirse previamente.
- Una estrategia global Israel-Diáspora
Ninguna embajada puede construir por sí sola todas esas relaciones. Israel tampoco puede hacerlo exclusivamente desde Jerusalén. Pero las comunidades judías del mundo poseen una ventaja extraordinaria: están insertas en prácticamente todos los sectores de sus sociedades.
Existen vínculos con universidades, periodistas, empresarios, artistas, deportistas, referentes sociales, organizaciones religiosas, tecnología y cultura. Hoy gran parte de esa red funciona de manera independiente. La oportunidad consiste en transformar vínculos dispersos en una red global coordinada de influencia.
Una estrategia global puede desarrollar un mapa dinámico de grupos de influencia por país, edad, temática y plataforma; identificar referentes y organizaciones capaces de actuar como puentes; y establecer mecanismos rápidos de coordinación. No se trata de uniformar los mensajes. Se trata de coordinar la información y descentralizar la comunicación.
- De comunicar a construir influencia
Durante años invertimos enormes recursos en mejorar nuestros mensajes. La próxima etapa exige agregar una pregunta anterior: ¿Cómo conseguimos entrar en una conversación en la que hoy no estamos presentes?
El modelo operativo debe ser: MAPEAR → SEGMENTAR → VINCULAR → PRODUCIR → ACTIVAR → MEDIR y después volver a empezar. Porque las plataformas cambian, las generaciones cambian, los referentes cambian y las burbujas también.
El objetivo final no es ganar todas las discusiones en las redes. Es más estratégico: conseguir que cuando millones de personas construyan su percepción sobre Israel, los judíos o el antisemitismo, nuestra perspectiva también exista dentro de su universo digital.
Durante años aprendimos a comunicar dentro de nuestra propia comunidad. Ahora debemos aprender algo mucho más difícil: entrar en la burbuja del otro.

