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HOMBRES QUE ESTAN SOLOS Y ESPERAN
Por Ricardo Feierstein

“Días eternos”, de Carlos Pais
HOMBRES QUE ESTAN SOLOS Y ESPERAN
Por Ricardo Feierstein

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Una sorpresa gratificante proporciona la puesta en escena de esta obra de Carlos Pais (1934-2009) en la pequeña y coqueta sala Orestes Caviglia, del Teatro Nacional Cervantes. Definida por su autor como “un grotesco con mucho de comedia dramática”, la situación que abre la pieza no puede ser más sencilla: José, portando una valija con escasas pertenencias, llega a la casa de Miguel– que, a las 7 de la mañana, está levantándose trabajosamente de la cama- para explicarle que no tiene dónde estar: ha perdido mujer (por mutuo consentimiento y discusión, digamos) y trabajo. A poco andar, el amigo que no termina de despertarse confesará que vive una situación similar desde hace un año. Ambos establecen un picante, gracioso diálogo sobre los roles masculino y femenino en la pareja, la difícil situación del país, algunas historias particulares.

Hasta allí, todo va por los carriles esperados. Hasta que, gradualmente, el espectador comprende que algo especial sucede (y no se debe a un error actoral): los personajes hablan al mismo tiempo, una voz se superpone a la otra, en monólogos casi desesperados que necesitan desahogarse y no poseen capacidad de escucha. No se trata sólo de pobreza, soledad y desesperación. Es algo más. Angustia existencial o vértigo de la nada, podría definir un filósofo, rondando alrededor de esos seres desplazados del mundo real.

Pero aparece el viejo Nicola. Padre de la vecina de Miguel- contadora, hija única y encargada del geronte-, muy anciano y condenado a silla de ruedas, sin lenguaje expresivo y “sordo como una tapia” (según su improvisado cuidador), representa el fin de un camino, o tal vez el comienzo. Porque frente a esos amigos sin esperanzas, cuyos días se hacen eternos por falta de estímulo alguno, hijos o posibilidad de mínima trascendencia, el “casi vegetal” tiene una historia personal destacada (profesor universitario, hombre importante) y su mera presencia revelará facetas inesperadas en sus improvisados cuidadores, si es que logran descifrar el fenómeno que se les presenta. Cuando la jornada termine, ninguno de ellos será el mismo.

El pase de crónica barrial y cotidiana hacia una epifanía de sentido se ve potenciado, en la delicada puesta en escena de Gladys Lizarazu, por la excepcionalidad de los actores. Pablo Cedrón y Marcelo Mazzarello despliegan un histrionismo gestual lleno de matices que los individualizan, marginales pertenecientes a esa “liga de seres desorientados por la vida” de la que hablaba Roberto Arlt, un autor al que sin duda remite este texto. El veterano Max Berliner, en su muy notable interpretación de un papel que muchos actores ambicionarían, desde una silla de ruedas y con un desplegado recurso corporal de miradas, gruñidos, movimientos bruscos, palabras que quieren salir de su boca sin lograrlo, logra comunicarse y establecer vínculos con los otros dos- que son iguales pero distintos- y conmueve a la platea, no sólo a los que comparten el marco escénico. Música, luces, razonables vestimentas (y el juego que se hace con ellas, sobre todo al comienzo) y hasta un poema grabado de Oliverio Girondo completan este espectáculo de ritmo aceitado y mensaje conmovedor.       

 

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