Itongadol/Agencia AJN.- El hallazgo de un dron armado en el aeropuerto de Leipzig/Halle, en Alemania, volvió a poner en debate la capacidad de Europa para responder a la creciente amenaza de estos dispositivos. Pero el episodio también expone una transformación más profunda: la necesidad de proteger instalaciones civiles estratégicas está ampliando el mercado de la industria de defensa más allá de los ejércitos y los organismos de seguridad.
El aeropuerto alemán no era un campo de batalla ni una instalación militar. Se trata de un centro utilizado para el transporte de pasajeros y cargas que, además, forma parte de la red logística de la OTAN. El caso refleja cómo las fronteras entre la actividad comercial y la seguridad nacional son cada vez más difusas.
Puertos, aeropuertos, instalaciones energéticas, centros logísticos y centros de datos suelen quedar fuera de los presupuestos tradicionales de defensa. Son administrados por empresas, autoridades y corporaciones que toman decisiones de inversión en función de la productividad, la rentabilidad y la continuidad de sus operaciones. Sin embargo, una interrupción en cualquiera de estas instalaciones puede transformar rápidamente un problema empresarial localizado en un acontecimiento con consecuencias nacionales.
Este cambio está ampliando la base de clientes de la industria de defensa. Sus próximos compradores no serán únicamente las Fuerzas Armadas, los ministerios de Defensa o los organismos de inteligencia. También serán los operadores de infraestructuras que comienzan a descubrir que amenazas consideradas tradicionalmente militares ya ingresaron en el centro de sus operaciones comerciales.
El episodio de Leipzig puso en evidencia una brecha en la preparación europea. Los aeropuertos civiles pueden invertir en sistemas de detección, pero las alternativas disponibles una vez identificada una amenaza son mucho más limitadas. Disparar cerca de las pistas puede poner en riesgo a las aeronaves, mientras que interferir frecuencias o sistemas de navegación puede afectar las comunicaciones y las operaciones aéreas.
El desafío tecnológico y económico, por lo tanto, no consiste simplemente en adquirir otro radar. Se trata de construir un sistema integrado que permita conectar la detección, la toma de decisiones y una respuesta que pueda ser utilizada de manera segura dentro de un entorno civil en funcionamiento.
Desde la perspectiva de la industria de defensa, la consecuencia es clara: los clientes civiles no buscan simplemente versiones de los sistemas utilizados por los ejércitos. Necesitan capacidades adaptadas a sus instalaciones, que puedan funcionar junto con los sistemas existentes, cumplir con las regulaciones correspondientes y evolucionar a medida que cambia la amenaza.
La oportunidad comercial tampoco reside únicamente en vender un componente adicional, sino en integrar distintas tecnologías dentro de una solución capaz de operar de manera permanente y no solamente durante una situación de guerra.
Los clientes civiles enfrentan además restricciones diferentes a las de los organismos militares. Deben cumplir con normas regulatorias, requisitos de seguridad, obligaciones vinculadas a los seguros y compromisos de continuidad operativa. No pueden cerrar una instalación cada vez que se activa una alerta, pero tampoco pueden ignorar una amenaza potencial.
Por eso necesitan determinar qué fue detectado, cuál es el nivel de riesgo, quién está autorizado a tomar una decisión y qué respuesta puede implementarse sin interrumpir precisamente la actividad que buscan proteger.
En este contexto cobra importancia el pasaje de un modelo basado exclusivamente en la protección hacia uno centrado también en la resiliencia. Esto no implica abandonar las medidas de protección, sino modificar la forma en que se evalúa su eficacia.
En lugar de preguntar únicamente cuántos sensores o sistemas de neutralización fueron instalados, los operadores comenzarán a evaluar cuánto tiempo se necesita para detectar una amenaza, qué tan rápido puede tomarse una decisión, con qué eficacia puede limitarse el daño y cuánto demora la infraestructura en mantener o recuperar sus servicios esenciales.
En el ámbito militar, una operación comercial de defensa suele estar asociada con grandes plataformas y presupuestos de adquisición significativos. En la protección de infraestructuras, en cambio, los ingresos pueden generarse cada vez más a partir de la integración de distintas capacidades y de relaciones de largo plazo con los clientes: instalación, integración, capacitación, mantenimiento, actualización de bases de datos de amenazas y adaptación permanente.
Este nuevo mercado también podría modificar la propia estructura de la industria de defensa. Las compañías que ofrecen productos individuales tendrán cada vez más incentivos para asociarse con proveedores complementarios o integrarse en grupos capaces de ofrecer soluciones más amplias.
La ventaja competitiva no estará únicamente en el rendimiento de cada componente por separado, sino en la capacidad de lograr que radares, sensores, sistemas de comando y control y mecanismos de respuesta funcionen como una única arquitectura integrada.
Para las empresas israelíes, esto representa una oportunidad diferente del tradicional aumento de la demanda de sistemas de armas. Israel cuenta con una amplia experiencia operacional y capacidades avanzadas en detección, guerra electrónica, comando y control y sistemas no tripulados.
Sin embargo, competir por clientes civiles exigirá traducir esa experiencia al lenguaje de la continuidad operacional, la seguridad, las regulaciones y la viabilidad económica.
El proceso de venta también será diferente. Las empresas ya no necesariamente tendrán frente a ellas a un ministerio de Defensa que define los requisitos y administra centralizadamente las adquisiciones. El financiamiento podría surgir de una combinación de organismos de seguridad interior, ministerios de Transporte y Energía y los propios operadores de las infraestructuras.
Las discusiones sobre quién debe asumir la responsabilidad y quién debe financiar estos sistemas requerirán nuevos marcos, pero difícilmente impedirán que el mercado continúe desarrollándose.
Las empresas que tengan éxito no serán necesariamente aquellas con el producto más llamativo en una demostración. Serán las capaces de integrar distintas tecnologías dentro de una instalación en funcionamiento, demostrar que el sistema no interfiere con sus operaciones habituales y mantenerlo actualizado al mismo ritmo en que evolucionan las amenazas.
El incidente de Leipzig, por lo tanto, representa algo más que una nueva advertencia sobre el peligro de los drones. Es también una señal de la expansión de la industria de defensa hacia un nuevo mercado civil, en el que el activo que debe protegerse es comercial, la amenaza pertenece al ámbito de la seguridad y la solución debe ser capaz de conectar ambos mundos.

