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Opinión | La ilusión de los demócratas sobre la era post-Netanyahu

Por M S
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La expectativa de que Israel cambiará de manera fundamental bajo un primer ministro diferente refleja una incomprensión de la postura actual de la sociedad israelí.

Itongadol/Agencia AJN.- (Por Benjamín Moalem* – The Times of Israel) Cuando Rahm Emanuel subió al escenario de la Universidad de Tel Aviv (TAU) la semana pasada, su principal audiencia se encontraba a miles de kilómetros de distancia, escuchando su argumento sobre cómo debería ser un demócrata proisraelí en 2026. Mientras el público cuidadosamente seleccionado en la TAU —que se ubica claramente a la izquierda del israelí promedio, sea o no partidario de Netanyahu— lo aplaudía, la postura del excongresista, exjefe de gabinete de la Casa Blanca, exalcalde de Chicago y exembajador de Estados Unidos en Japón, a quien muchos consideran un potencial candidato presidencial para 2028, no coincide con lo que cree la abrumadora mayoría de los israelíes.

Emanuel sostiene que, si Israel tuviera un líder con políticas diferentes a las de Benjamín Netanyahu respecto de los palestinos, recuperaría el apoyo de la comunidad internacional. Sin embargo, esa apreciación no se corresponde con lo que realmente cambiaría en Israel si Netanyahu perdiera las elecciones de este otoño, ni explica por qué el primer ministro es impopular dentro del país. Presentar al jefe de Gobierno o a su gabinete como el único obstáculo para una relación más saludable entre Estados Unidos e Israel es, en el mejor de los casos, una simplificación conveniente.

Esta visión no es exclusiva de Emanuel. Se convirtió en el punto de unión entre los demócratas de centroizquierda que intentan conservar una apariencia de postura proisraelí y los progresistas, como Bernie Sanders, que desde hace tiempo sostienen que la ayuda estadounidense debería condicionarse al comportamiento de Israel. Ambos sectores parecen converger en una misma teoría: que la actuación de Israel en Gaza, el Líbano e Irán, así como sus políticas en Cisjordania, son principalmente el resultado del liderazgo de un solo hombre, y que un primer ministro diferente habría adoptado políticas sustancialmente distintas.

Además, dado que el ala ascendente del Partido Demócrata vinculada a los Socialistas Democráticos de América (DSA) intenta trasladar el debate interno desde la crítica a las políticas israelíes hacia el cuestionamiento del propio derecho de Israel a existir como Estado judío, este enfoque cumple una función política útil para los moderados. Les permite criticar la conducción israelí de la guerra sin tener que explicar a una base cada vez más hostil por qué siguen apoyando, al menos en apariencia, al país. Se trata de una excusa que oculta la indiferencia hacia el derecho de los israelíes a elegir a sus propios dirigentes, o de una genuina incomprensión de la posición de la sociedad israelí respecto de su propia seguridad, especialmente después de la masacre del 7 de octubre de 2023. En cualquier caso, esta interpretación no resiste el contraste con la realidad de la política israelí.

Partamos de la premisa de que Netanyahu es una especie de belicista instintivo y que su salida devolvería a Israel a una actitud más moderada. Su propio historial demuestra lo contrario. A lo largo de sus primeros cinco mandatos, Netanyahu hizo grandes esfuerzos por evitar una guerra, en ocasiones enfrentándose a las objeciones de sus propios socios de derecha. Fue el primer ministro que permitió durante años el ingreso de valijas con dinero en efectivo procedente de Qatar hacia Gaza con el objetivo de sostener una calma frágil y evitar un colapso humanitario, incluso mientras sus críticos de derecha advertían que esa política terminaba financiando indirectamente a Hamas.

En 2011 aceptó intercambiar a 1.027 prisioneros palestinos por motivos de seguridad por un solo soldado israelí, Gilad Shalit, en uno de los canjes más desiguales de la historia del país. Ese no es el historial de un dirigente ansioso por entrar en combate. Hizo falta el 7 de octubre de 2023 —el peor fracaso de seguridad de Israel en los últimos 50 años, ocurrido bajo su mandato— para empujar a Netanyahu a la guerra total que hoy sus críticos extranjeros presentan como prueba de su beligerancia. Entró en guerra porque le fue impuesta. Cualquier otra respuesta habría acabado con lo que quedaba de la reputación de «Señor Seguridad» que había construido durante décadas.

Además, aunque es cierto que Netanyahu es profundamente impopular en Israel —una realidad que se mantiene desde el comienzo de la guerra—, esa impopularidad tiene muy poco que ver con las objeciones morales que plantean sus críticos estadounidenses. En términos generales, los israelíes no están enojados con Netanyahu por haber combatido en Gaza, debilitado a Hezbollah o atacado el programa nuclear iraní. Gran parte de las críticas que recibe desde la propia izquierda política israelí apuntan a que no logró concretar la «victoria total» que él mismo prometió. Hamás, aunque considerablemente debilitado, sigue controlando parte de Gaza; Hezbollah, pese a haber perdido fuerza y a depender del apoyo iraní, continúa siendo un actor relevante en el Líbano; e Irán sigue gobernado por el régimen islámico, decidido a vengarse.

Cuando decenas de miles de israelíes salieron a las calles durante la guerra, protestaban por la negativa del gobierno a priorizar un acuerdo para la liberación de los rehenes por encima de la continuación del conflicto; no estaban reclamando un cese inmediato de la guerra por preocupación por lo que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) hacían en Gaza. El movimiento de protesta israelí no tenía una verdadera coincidencia ideológica con las manifestaciones en los campus universitarios de Estados Unidos y en las calles de Europa que exigían que Israel pusiera fin a la guerra debido al costo humano que sufrían los gazatíes. Los críticos extranjeros que equiparan ambos movimientos, ya sea por un genuino desconocimiento de la política israelí o por conveniencia, deberían esforzarse más por comprender la psicología de la sociedad israelí y las muy reales necesidades de seguridad de Israel antes de dar lecciones a los israelíes sobre cómo conducir su guerra.

Aquí es también donde la ingenuidad implícita en la teoría de que «solo hay que reemplazar a Netanyahu» resulta más evidente. Esa idea imagina a un primer ministro alternativo que sería más moderado a la hora de combatir a los enemigos de Israel, una postura más compatible con el tipo de relación condicionada que Emanuel propone actualmente.

Sin embargo, la evidencia apunta exactamente en la dirección contraria. Entre 2021 y 2022, Israel tuvo un gobierno alternativo encabezado por Naftali Bennett y Yair Lapid, y sus políticas hacia Gaza, gobernada por Hamás, fueron, posiblemente, más duras que las de los gobiernos de Netanyahu que lo precedieron. Como primer ministro, Naftali Bennett puso fin al flujo de dinero en efectivo proveniente de Qatar hacia Gaza y adoptó una postura muy firme frente a los ataques de Hamás contra Israel, lo que dio lugar al año más tranquilo hasta ese momento en la frontera con Gaza desde la retirada israelí de 2005.

Del mismo modo, los posibles sucesores de Netanyahu, Gadi Eisenkot, Naftali Bennett y los líderes de otros partidos de la oposición, se diferenciaron de él principalmente en el tono y en las críticas a su forma de ejecutar las políticas, pero no en desacuerdos fundamentales respecto de los objetivos finales frente a Hamás, Hezbollah o Irán. Suponer que reemplazar a un líder produciría un cambio drástico en las políticas hacia los enemigos de Israel supone, en el mejor de los casos, no comprender, y en el peor, ignorar deliberadamente, cuál es la postura de la sociedad israelí, especialmente después del 7 de octubre de 2023.

Dicho esto, corresponde reconocer qué cambiaría con un gobierno diferente. Una coalición sin Netanyahu probablemente excluiría a figuras extremistas como el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, a quien el primer ministro incluye con reticencia en su gabinete porque necesita su apoyo para mantener la coalición. Es posible que se desacelere la expansión de los asentamientos en Cisjordania y que el tono diplomático proyectado por Israel sea más moderado.

No obstante, conviene señalar que gran parte de lo que un ministro como Ben Gvir dice públicamente no constituye en absoluto una política de gobierno. Se trata de política dirigida a su base electoral específica, declaraciones que con frecuencia son rectificadas posteriormente o que nunca llegan a aplicarse en la práctica. Juzgar al gobierno israelí por su retórica más incendiaria en lugar de por sus acciones concretas es un error que los observadores extranjeros cometen constantemente, y que dice más sobre quien formula la crítica que sobre la realidad que pretende describir. Condenar a Ben Gvir y, por extensión, al gobierno de Netanyahu, proporciona una satisfacción moral fácil y de bajo costo, y Ben Gvir constituye un blanco extraordinariamente conveniente. Esa postura no exige comprender la percepción israelí de las amenazas, ni asumir el impacto que tuvo el 7 de octubre en la sociedad israelí, ni evaluar seriamente qué significaría para Israel la «moderación» que tantos críticos internacionales reclaman, teniendo en cuenta las intenciones declaradas de sus vecinos.

También vale la pena recordar que Netanyahu chocó con numerosos líderes demócratas a lo largo de los años. En 2015 eludió al entonces presidente Barack Obama con un controvertido discurso ante una sesión conjunta del Congreso para hacer campaña contra el acuerdo nuclear con Irán, una decisión que dañó de forma duradera su relación con la Casa Blanca de Obama y con el Partido Demócrata. También mantuvo enfrentamientos con Bill Clinton por el ritmo del proceso de paz durante la década de 1990, y el propio Emanuel tiene una larga historia de conflictos personales con Netanyahu que se remonta a varias décadas. Todo ello sugiere que, al menos entre los demócratas moderados, parte del antagonismo podría tener un componente personal.

Sin embargo, tanto si Netanyahu pierde las elecciones de este otoño como si permanece algunos años más en el cargo, llegará un día en que dejará de ser primer ministro. Si las críticas hacia Netanyahu no son personales sino sustanciales —en particular, respecto de la postura israelí posterior al 7 de octubre, basada en priorizar la disuasión frente a enemigos que proclaman abiertamente su intención de destruir al Estado de Israel—, quienes lo cuestionan se llevarán una desagradable sorpresa sin importar quién lo suceda. En esos asuntos, Netanyahu está mucho más cerca del consenso mayoritario de la sociedad israelí de lo que sus detractores extranjeros parecen comprender.

*: Benjamín Moalem es analista habitual de política y asuntos jurídicos en el pódcast Israel Daily News. Anteriormente trabajó como asistente jurídico para asuntos internacionales del vicepresidente de la Corte Suprema de Israel y actualmente ejerce como abogado.

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