En la visión desconectada de la realidad del presidente estadounidense, Israel es un desagradecido y un belicista, mientras que los líderes iraníes responsables de asesinatos masivos son “muy racionales”. En efecto, ellos son demasiado racionales; él, claramente, no lo es.
Itongadol/Agencia AJN.- (Por David Horovitz) El 2 de marzo, el tercer día de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el enviado especial del presidente estadounidense Donald Trump, Steve Witkoff, concedió una entrevista a Fox News en la que explicó por qué habían fracasado los intentos de la administración de negociar un acuerdo con el régimen de Teherán a comienzos de año.
Según recordó Witkoff, tanto él como Jared Kushner habían recibido la misión de intentar alcanzar un acuerdo por el cual Irán detuviera su programa nuclear, desmantelara su programa de misiles balísticos, cesara su apoyo a grupos aliados y eliminara su capacidad naval “para que podamos tener libertad de navegación”.
Lejos de mostrar disposición a comprometerse, pese a haber sufrido importantes daños durante la guerra de doce días de junio de 2025, los negociadores iraníes presumieron de que su intransigencia y duplicidad estaban dando resultados. En materia nuclear, se jactaron de haber acumulado 460 kilogramos de uranio altamente enriquecido que, señaló Witkoff, podrían convertirse en material apto para armas nucleares en apenas diez días.
“En aquella primera reunión, ambos negociadores iraníes nos dijeron directamente, sin ningún pudor, que controlaban 460 kilogramos de uranio enriquecido al 60% y que sabían que eso bastaba para fabricar once bombas nucleares”, recordó Witkoff, visiblemente alarmado. Los iraníes, añadió, “estaban orgullosos de haber eludido todo tipo de mecanismos de supervisión para llegar al punto en que podían producir once bombas nucleares”.
También afirmaron poseer un “derecho inalienable” a enriquecer combustible nuclear. Witkoff remarcó que tanto él como Kushner respondieron con firmeza, declarando que “el presidente considera que nosotros tenemos el derecho inalienable de detenerlos por completo”.
Tres meses y medio después, Estados Unidos firmará formalmente este viernes un memorando de entendimiento con Irán —ya rubricado digitalmente a distancia— que no resuelve ninguno de los objetivos de la guerra ni de las negociaciones que Witkoff y Kushner intentaron impulsar para evitar el conflicto.
Según el texto oficial del acuerdo, el memorando de 14 puntos podría otorgar al régimen iraní cientos de miles de millones de dólares. Ese dinero probablemente será utilizado para reforzar el control interno sobre una población descontenta, financiar masivamente a Hezbollah, Hamás y otros grupos aliados, y sostener sus programas nucleares y de misiles balísticos.
El memorando contempla la reapertura del estrecho de Ormuz —la vía marítima estratégica que Irán había bloqueado para presionar a Trump—, pero sin ningún compromiso a largo plazo por parte del régimen para mantenerlo abierto y libre de peajes.
Además, pospone toda la cuestión del programa nuclear iraní a un período de negociación de 60 días, durante el cual el régimen probablemente mantendrá la misma actitud inflexible y desdeñosa que mostró ante Witkoff y Kushner en enero.
El acuerdo recompensa de antemano la intransigencia iraní. El texto establece que se atenderán las “necesidades nucleares” de Irán si se acuerda un marco adecuado para ello. Los negociadores estadounidenses ni siquiera lograron incluir términos como “pacíficas” o “civiles” para describir dichas necesidades.
Mientras se negocia un acuerdo definitivo, el memorando dispone que “Irán mantendrá el statu quo de su programa nuclear”.
Ese “statu quo” es el mismo escenario en el que Irán logró acumular suficiente uranio enriquecido para fabricar once armas nucleares y eludir reiteradamente a los inspectores internacionales.
El mes pasado, un alto oficial militar israelí advirtió que si ese arsenal no era eliminado tras la guerra, la campaña debería considerarse “un enorme fracaso”. Ese es precisamente el escenario actual.
El memorando establece que ambas partes “acordaron resolver el destino del material enriquecido almacenado mediante un mecanismo que será acordado mutuamente”, contemplando como mínimo su dilución bajo supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA, por sus siglas en inglés).
Sin embargo, todo ello ocurriría en una nueva etapa en la que Estados Unidos ya habría perdido buena parte de su capacidad de presión, al haberse comprometido desde el primer punto del acuerdo, junto con Israel, a la “terminación inmediata y permanente de las operaciones militares en todos los frentes”.
El mismo oficial israelí había advertido que, si no se eliminaba el material enriquecido acumulado, Israel debería lanzar una nueva operación militar contra Irán para lograrlo. El memorando impediría esa posibilidad, ya que compromete a Estados Unidos e Israel a “no iniciar ninguna guerra ni operación militar”.
Según fuentes estadounidenses citadas en los últimos días, el director de la CIA, John Ratcliffe, habría alertado a Trump y a otros altos funcionarios que el régimen iraní está jugando un doble juego.
Las evaluaciones de inteligencia estadounidenses indicarían serias dudas respecto a la voluntad real de Irán de realizar las concesiones nucleares exigidas por Washington.
Resulta evidente que Teherán no tiene intención de aceptar concesiones que obstaculicen su camino hacia la obtención de un arma nuclear. El peligro es que la República Islámica aproveche el período de 60 días contemplado en el acuerdo para acelerar el desarrollo de su programa hasta alcanzar la capacidad de fabricar una bomba.

