Por León Halac
América tiene un patrón. Y los aliados están prestando atención.
El 9 de junio de 2026, el vicepresidente JD Vance declaró en Fox News que Estados Unidos continuará persiguiendo un acuerdo con Irán aunque Israel no esté de acuerdo. “A Israel puede que le guste o puede que no le guste”, dijo, “pero fundamentalmente, creemos que esto redunda en beneficio del pueblo americano.”
Con todo respeto, señor vicepresidente esa afirmación merece una respuesta seria, no una respuesta airada. Una respuesta histórica.
El patrón que nadie quiere ver
Estados Unidos tiene una larga y dolorosa trayectoria de abandonar a sus aliados en el momento más inconveniente — para ellos.
Mohammad Reza Shah Pahlavi fue abandonado en 1979 cuando las calles de Teherán se llenaron de revolucionarios. Washington dudó, titubeó y finalmente lo dejó caer. El resultado directo de ese abandono no fue la estabilidad que se buscaba. Fue la República Islámica de Irán — el mismo régimen que hoy, 47 años después, se sienta a negociar con la administración Trump desde una posición que no merece.
Anwar Sadat pagó con su vida el coraje de hacer la paz. Estados Unidos no pudo — o no quiso — protegerlo.
Hosni Mubarak fue abandonado en 48 horas cuando las cámaras mostraron multitudes en El Cairo. Tres décadas de alianza estratégica, disueltas en un ciclo de noticias.
Afganistán, agosto de 2021. El colapso de Kabul fue transmitido en vivo. Los aliados afganos que habían arriesgado sus vidas confiando en la palabra americana quedaron a merced de los talibanes. El mundo entero tomó nota.
Los kurdos — abandonados en 1975, en 1991, en 2019. Cada vez con nuevas promesas. Cada vez con el mismo resultado.
Esta no es una crítica partidaria. Es un patrón bipartidista, transversal, que atraviesa administraciones demócratas y republicanas por igual. Y es precisamente por eso que debe nombrarse.
América tiene un patrón. Y los aliados están prestando atención.
No solo Israel. Los países árabes que hoy evalúan una alianza con Occidente — algunos ya firmaron, otros todavía dudan — tienen memoria institucional. Saben lo que le pasó al Shah. Saben lo que le pasó a Mubarak. La pregunta que se hacen en voz baja en Riad, en Abu Dhabi, en El Cairo es siempre la misma: ¿Hasta cuándo?
Esa duda es el mejor regalo estratégico que puede recibir Teherán. Sin negociar. Sin disparar.
El problema no es Trump. Aquí es donde este artículo se aparta de la crítica fácil. Donald Trump, por naturaleza y por historial, es un hombre leal.
Su primer mandato lo demuestra sin ambigüedad. Reconoció Jerusalén como capital de Israel cuando sus predecesores llevaban décadas prometiéndolo y retrocediendo. Reconoció la soberanía israelí sobre el Golán. Impulsó los Acuerdos de Abraham — la transformación diplomática más significativa de Oriente Medio en décadas. Retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán porque entendió, correctamente, que era un instrumento de legitimación de un régimen que nunca dejó de ser enemigo.
Ese es el Trump real. El Trump que conoce el valor de un aliado fiel.
Lo que está ocurriendo hoy no es Trump. Es lo que le están haciendo a Trump.
Dentro del ecosistema republicano actual conviven dos almas incompatibles. Por un lado, la tradición de Reagan, de la alianza atlántica y del compromiso con las democracias que comparten valores occidentales. Por el otro, una corriente nacionalista-aislacionista que presenta el distanciamiento de Israel como “interés nacional americano” — cuando en realidad es una agenda que, en sus sectores más oscuros, no distingue entre antisionismo y antisemitismo.
Vance no es necesariamente parte de ese sector. Pero sus palabras de hoy alimentan una narrativa que no corresponde a un estadista que mira más allá del presente inmediato.
Max Weber distinguió entre dos éticas del liderazgo político. La ética de la convicción actúa según principios del momento. La ética de la responsabilidad pregunta: ¿cuáles serán las consecuencias reales de esta decisión en diez, veinte años? ¿Qué señal reciben hoy los aliados? ¿Qué señal reciben los adversarios?
Un acuerdo con Irán que debilita la posición de Israel puede parecer una conveniencia táctica. Visto desde la ética de la responsabilidad, es una deuda estratégica que alguien pagará.
Lo que está en juego — y quién lo entiende
Israel no necesita que nadie le augure victorias. Las tiene escritas en su historia y en su alma. Si Estados Unidos decide mirar hacia otro lado, Israel actuará de todas formas. Y vencerá. No porque sea omnipotente — sino porque no tiene otra opción, y los pueblos que no tienen otra opción encuentran fuerzas que los cálculos estratégicos no registran.
Mordechai se lo dijo a Ester con una claridad que no ha envejecido:
“Porque si guardas silencio en este momento, el alivio y la salvación se levantarán para los judíos desde otro lugar.”
El alivio llega. La pregunta es quién estará al lado correcto de la historia cuando llegue.
El liderazgo israelí actual no es accidental ni improvisado. Benjamin Netanyahu es hijo de Benzion Netanyahu — historiador del antisemitismo, hombre que dedicó su vida a entender la amenaza existencial contra el pueblo judío. Es hermano de Yonatan Netanyahu, que murió en Entebbe liderando la operación que le demostró al mundo que Israel rescata a los suyos donde sea que estén. Esta familia no teoriza sobre el precio de la libertad. Lo pagó.
La pregunta para Washington no es si Israel sobrevivirá. Israel sobrevivirá. La pregunta es si Estados Unidos estará al lado correcto cuando la historia registre este momento.
A los aliados fieles se los cuida, no por sentimentalismo. Por inteligencia estratégica.
Las relaciones de largo plazo — entre personas, entre naciones — tienen un valor que no aparece en ninguna hoja de cálculo de conveniencia inmediata. Son el capital que sostiene cuando la tormenta llega. Son la diferencia entre estar solo y no estarlo en el momento que importa.
Priorizar solo algunas conveniencias de corto plazo no es solo un error táctico. Es una señal que los aliados leen con claridad — y que los adversarios también leen, con satisfacción.
El Shah fue abandonado. Irán se convirtió en el problema que hoy se negocia.
Mubarak fue abandonado. Egipto pasó años de inestabilidad que todavía resuenan.
Afganistán fue abandonado. El mensaje llegó a cada capital del mundo.
Israel está mirando. Y está tomando nota.
Señor vicepresidente, con respeto y con franqueza: los socios y amigos fieles se cuidan. No porque sea cómodo. Porque es lo correcto. Y porque el largo plazo siempre cobra.
Donald Trump lo sabe. Esperamos que quienes lo rodean se lo permitan recordar.

