El odio, desde el simple análisis del sentido común, sin adentrarse en los laberintos de la psique, puede poseer dos orígenes. Por un lado, el sentimiento que se genera para con el otro por una causa específica, susceptible de explicitarse en términos inteligibles. El ejemplo bíblico de tal manifestación es el crimen que cometió Caín contra su hermano Abel. Si bien el texto bíblico deja un lugar para las especulaciones exegéticas, la simple lectura reduce al surgimiento del sentimiento de animosidad entre hermanos, a la envidia.
La segunda forma con que se manifiesta el odio ya no posee una interpretación tan directa. Cabe hallar un notorio ejemplo del mismo en otro texto bíblico, en el libro de Ester. En
Aquí ya no nos hallamos ante un sentimiento que emergió por alguna razón específica, sino ante la terrorífica simpleza de querer eliminar al otro, por ser otro.
El desarrollo de las distintas culturas se gestó teniendo por desafío la resolución de los conflictos mediante normas y principios. Frente al instintivo sentimiento de querer eliminar al otro que molesta, la propuesta cultural fue tratar de hallar las sendas que permiten convivir superando las pasiones funestas, generando un sentimiento de aceptabilidad que, con el tiempo, permite alcanzar alguna forma de tolerancia y afecto.
Satanizar a un pueblo es, por lo tanto, una manifestación de regresión del individuo o de la sociedad que la practica, a estadios pretéritos al desarrollo de la cultura.
No resulta claro quién acuñó el término Holocausto para definir la masacre nazi contra el pueblo judío. Pero ante el mismo cabe dramáticamente la pregunta: ¿a quién o quiénes fue ofrendado tal Holocausto? Holocausto significa etimológicamente: totalmente cremado, y refiere a los sacrificios que eran inmolados enteramente a las deidades. ¿A cuáles de éstas fueron inmolados seis millones de judíos por el nazismo? ¿A las antiguas deidades teutonas que dicho régimen pretendió reinsertar en su realidad?
¿O a la enfermiza y monstruosa soberbia de sus jerarcas?
Lo que resulta absoluta y dramáticamente claro es la destrucción de toda capa de civilización y cultura que manifestó el nazismo en su aborrecible accionar, en cuyo marco se gestó la manifestación más execrable de antisemitismo que registra
En estos tiempos demenciales, en los que la humanidad se halla buscando un rumbo en medio de terribles huracanes que amenazan con destruir siglos de civilización y búsqueda de espiritualidad, una ola de antisemitismo inunda tanto a nuestro país así como a otras múltiples naciones. Clérigos que pretenden enseñar la palabra de Dios se expresan en los términos más soeces acerca de aquel drama ante el que sólo cabe el silencio y la meditación. La respuesta de aquellos que debieron bramar ante tal oprobio cometido contra lo humano y lo Divino, en muchos casos, apenas hicieron oír un pequeño susurro.
En el demencial presente, se desempolvaron los rancios sentimientos para con el ´chivo expiatorio´ histórico, se les puso un nuevo ropaje y se comenzó a azuzar los más bajos instintos. En el carnaval de la miseria hubo quienes quitaron de sus rostros las caretas para desnudar la infamia que nunca erradicaron de su ser.
Junto a los que aún no han perdido la razón de su dignidad humana, deambulan en estos días muchos descendientes de familias que fueron inmoladas a las deidades sedientas de sangre que crearon las perversas mentes del nazismo, inquiriendo a Dios acerca del hombre y sobre todo al hombre acerca de sí mismo.
* Rabino Abraham Skorka de

