Procedente de una familia de comerciantes y militares, Sanz Briz concluyó
sus estudios poco antes de iniciarse la Guerra Civil española (1936) y, comenzada ésta, se enroló de voluntario en las tropas rebeldes del General Franco como conductor de camiones del Cuerpo de Ejército Marroquí. En 1939 fue destinado, como encargado de negocios en El Cairo, hasta que, en 1943, fue trasladado a la legación española en Budapest. Desde su puesto puso en práctica todo tipo de estratagemas que consiguieron que miles de judíos escaparan de una muerte segura a manos de los nazis. Como primera medida logró convencer a las autoridades húngaras para que aceptaran su protección sobre doscientos judíos, de origen sefardí, a los que el Gobierno del General Franco reconoció su derecho a la nacionalidad
española. «Después -relata el propio Sanz Briz a Federico Ysart en su libro
España y los judíos-, la labor fue relativamente fácil. Las 200 unidades que
me fueron concedidas las convertí en 200 familias; y las doscientas familias se multiplicaron con el simple procedimiento de no expedir documento o pasaporte alguno a favor de los judíos que llevase un
número superior al 200». «Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Budapest, calle de Katona Jozsef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española. La legación de España ha sido
autorizada a extenderle un visado de entrada en España antes de que se
concluyan los trámites que dicha solicitud debe seguir.» Este documento, falso, fechado en Budapest el 14 de noviembre de 1944, salvó la vida del citado Mannheim. Como él, otros 5.200 judíos húngaros, que habrían sido deportados a campos de concentración por las tropas invasoras nazis, en colaboración con el Gobierno fascista de Ferenc Szálasi.
El firmante del documento, Angel Sanz-Briz, por entonces de 32 años, era el jefe de la legación española en Budapest, adonde había llegado como encargado de negocios dos años antes.
El joven diplomático español, bajo las órdenes de su Gobierno y con la ayuda
de un amigo, el italiano Jorge Perlasca, emitió salvoconductos a todos estos
judíos alegando que eran sefarditas. Mientras los salvoconductos, los trágicamente famosos «Schutzbriefe», eran
tramitados por las autoridades húngaras, Sanz-Briz albergó a los judíos en
once casas alquiladas. Les dio techo, comida y atención médica hasta que pudieran salir del país. Para «blindar» esos edificios de las garras nazis, el diplomático español colocó un cartel que rezaba: «Anejo a la legación española».
Así, desde marzo de 1944, cuando las unidades de las «SS» hitlerianas
entraron en Hungría, para acabar con «elementos subversivos y judíos», y
hasta diciembre de ese año, cuando el Gobierno español le ordenó abandonar el país, Sanz-Briz arriesgó su vida, pues sólo 200 de esos 5.200 judíos eran realmente de origen español.
Con motivo del 50º aniversario del Holocausto, en 1995, el Gobierno húngaro
rindió homenaje a la labor del funcionario español, descubriendo una placa
colocada en uno de los edificios que sirvieron de albergue y refugio a los
judíos. Al acto asistieron el entonces ministro de Asuntos Exteriores
español, Javier Solana, y la viuda de Sanz-Briz, Adela Quijano.
«Budapest era una ciudad maravillosa, una de las más elegantes de Europa»,
dijo la viuda del diplomático, que vive en Madrid. «Poco podíamos imaginar
-añadió- los horrores que iban a ocurrir más tarde». Adela Quijano abandonó Budapest a principios de 1944, poco después de dar a luz a Adela, la mayor de sus cinco hijos. Sanz-Briz permaneció allí
solo, «porque era su obligación», afirmó la viuda.
Aunque bastante desconocido en España, Sanz-Briz trabajó en colaboración con
el diplomático sueco Raul Wallenberg, al que se atribuye la salvación de
unos 40.000 judíos húngaros.
Wallenberg, que entonces tenía apenas 30 años, consiguió convencer al
Ministerio de Asuntos Exteriores sueco para que lo enviasen a Budapest con
la sola misión de salvar judíos. Hecho prisionero por las tropas soviéticas, que tomaron Hungría a principios
de 1945, se cree que Wallenberg murió en una prisión de la URSS después de
la guerra.
«Si Sanz-Briz tuviera un nombre anglosajón, seguro que gozaría de mayor
reconocimiento», se lamenta un diplomático español, que pone el ejemplo del
católico alemán Oskar Schindler, el aventurero que salvó a 1.200 judíos de
la cámara de gas, convenciendo a las autoridades alemanas de que los
necesitaba para trabajar en su fábrica.
La historia de Schindler fue llevada al cine por Steven Spielberg, lo que ha dado a conocer el nombre del industrial alemán
por todo el mundo.
A falta de un Spielberg que catapulte el nombre de Sanz-Briz, muchos
españoles desconocen que su compatriota, al igual que Schindler o que Wallenberg, goza del título de «Justo de la Humanidad», otorgado por el Gobierno de Israel.
Tampoco saben que Sanz-Briz figura, junto a Schindler y Wallenberg, en el museo Yad Vashem de Jerusalén, donde se honra la memoria de los seis millones de judíos europeos asesinados por los nazis y sus colaboradores durante el III Reich.
Algunos pueden preguntarse qué significan los 1.200 de Schindler, los 5.200
de Sanz-Briz o los 40.000 de Wallenberg entre los 600.000 judíos húngaros
que fueron asesinados por los nazis, o esos seis millones de europeos. La
respuesta, quizá, la da una sola línea del Talmud: «Quien salva la vida de
un hombre, salva al mundo entero».
Cidipal

