Itongadol.- (Alex Winston -The Jerusalem Post) En un momento poco conocido pero crucial de la historia de Medio Oriente, Saddam Hussein, entonces vicepresidente de Irak, habría ofrecido al sha de Irán, Mohammad Reza Pahlavi, asesinar al ayatolá Ruhollah Khomeini, el clérigo chiita exiliado en Nayaf que lideraba la oposición al régimen iraní. El sha, sin embargo, rechazó la propuesta.
Según exiliados iraníes y exfuncionarios de inteligencia, la oferta fue transmitida discretamente, posiblemente en la ONU. Hussein, preocupado por la influencia de Khomeini entre los chiitas iraquíes, estaba dispuesto a eliminarlo. El sha, por principios o por cálculo político, respondió: “No nos dedicamos a matar clérigos”.
Khomeini había sido expulsado de Irán en 1964 tras denunciar la “Revolución Blanca” del sha. Se refugió en Irak, donde su influencia creció desde Nayaf, grabando sermones que eran introducidos de contrabando en Irán y distribuidos en bazares y mezquitas. Su figura se convirtió en un referente del islam político revolucionario. El régimen baazista de Irak, laico y nacionalista, consideraba peligrosa su retórica pan-chiita, y Saddam empezó a verlo como un problema.
Ardeshir Zahedi, último embajador del sha en Estados Unidos, contó que Irak ofreció “expulsar o eliminar” a Khomeini. Según el periodista Amir Taheri, en septiembre de 1978 el jefe de inteligencia iraquí, Barzan al-Tikriti, viajó a Teherán para transmitir un mensaje personal de Hussein: Irak estaba dispuesto a ayudar con “la liquidación física” del clérigo. El sha agradeció la oferta pero pidió que simplemente lo expulsaran. Barzan accedió.
Desde entonces, la decisión del sha es objeto de debate. Algunos creen que se basó en principios morales; otros, en consideraciones de imagen: no quería aparecer como un asesino de religiosos. Su esposa, la reina Farah, afirmó que temían que matar a Khomeini lo convirtiera en mártir. Taheri coincide: asesinarlo habría desatado una furia incontrolable en Irán. En cualquier caso, la decisión resultó histórica.
Aunque la SAVAK, la temida policía secreta del sha, seguía de cerca los movimientos de Khomeini y conocía el malestar de Saddam, el monarca se mantuvo firme: Irán no asesinaba en el extranjero. Presionó a Irak para restringir la actividad del clérigo, lo que funcionó por un tiempo. Pero en octubre de 1978, bajo presión iraní y con creciente inestabilidad interna, Hussein decidió expulsar a Khomeini.
Lejos de silenciarlo, su exilio en Francia amplificó su influencia. En Neauphle-le-Château, Khomeini tenía libre acceso a la prensa y medios internacionales. Desde allí, sus mensajes llegaban diariamente a Irán. Jóvenes iraníes viajaron a reunirse con él, convirtiendo ese lugar en epicentro de la revolución. Cuatro meses después, el sha abandonó el poder.
¿Por qué era tan amenazante un clérigo anciano y sin recursos aparentes? Porque ofrecía una ideología que unía el martirio chiita con la revolución antiimperialista, algo que resonaba en todos los sectores sociales iraníes. Su vida austera y su negativa a ceder se convirtieron en sus fortalezas. Tanto Hussein como la SAVAK comprendieron el peligro, pero el sha, ya fuera por orgullo o valores, no actuó con contundencia.
En 1980, Saddam invadió Irán esperando una victoria rápida sobre la joven República Islámica. Se equivocó: la guerra duró ocho años, dejó más de un millón de muertos y terminó con el régimen iraquí ejecutando clérigos chiitas para frenar la expansión ideológica de Khomeini.
El sha, por su parte, murió de cáncer en el exilio ese mismo año. La pregunta persiste: ¿y si hubiera aceptado la oferta de Saddam? ¿Habría seguido Irán un rumbo diferente? ¿Habría evitado una república teocrática o incluso alcanzado una democracia?

