Itongadol/AJN.- El dirigente de la DAIA fue orador en el acto en homenaje a las 85 víctimas de atentado que se realizó en Santa Fe. Wolff calificó a la causa AMIA como “plagada de irregularidades e impurezas”, y renovó el pedido de justicia.
A 20 años del atentado a la AMIA, el vicepresidente 1º de la DAIA, Waldo Wolff, participó del acto en homenaje a las 85 víctimas de atentado que se realizó en Santa Fe.
Wolff calificó a la causa AMIA como “plagada de irregularidades e impurezas”, y renovó el pedido de justicia.
En el acto estuvo el presidente de la filial de la DAIA en Santa Fe, el intendente de la ciudad, José Manuel Corral, y el obispo José María Arancedo.
Discurso completo de Wolff:
El 18 de julio de 1994 se perpetró en la calle Pasteur 633 de la ciudad de Buenos Aires el peor atentado terrorista de la historia sufrido por nuestro país.
85 personas fueron asesinadas por hallarse en ese momento cerca o en el mismo edificio de la AMIA/DAIA, instituciones centrales de la comunidad judía en Argentina.
Durante estos 20 años, cada uno de nosotros ha sido testigo, desde los distintos lugares, cargos, edades e idiosincrasias de una de las causas más complejas y siniestras que coexisten en nuestra República.
Una causa que, si se me permiten los términos con espíritu descriptivo, está plagada de irregularidades e impurezas.
Una causa que el único denominador común que ha arrojado es el de haber dejado, de manera incesante, víctimas, responsables e impunidad.
Vayamos a las víctimas.
En primer y principal lugar los 85 asesinados a quien les fue arrancada la vida de cuajó por el terrorismo asesino.
En segundo y también tristemente protagónico lugar, sus familiares directos:
Aquellos que no solo padecen sus ausencias sino que además debieron asumir la insólita responsabilidad de involucrarse en la trama investigativa judicial y política. Víctimas de una sociedad que no les ha dado la única respuesta que obligatoriamente debe darles. La justicia.
Estamos también aquellos que compartimos la condición de víctimas y responsables:
Dirigentes y funcionarios: Que somos víctimas de la estigmatización y la generalización del señalamiento en general. Hay mucha gente de bien que durante estos años ha tratado de manera infructuosa de aportar tiempo, elementos y dedicación para lograr el esclarecimiento del atentado.
Pero también somos responsables. Algunos que han sido condenados por la justicia por encubrimiento y entorpecimiento de la causa, y otros que todavía deben terminar de dar cuentas en ese ámbito. E incluso aquellos que con buena voluntad no hemos podido ser parte de un sistema que arroje la única solución posible: justicia y que el accionar justo dé como resultado la aparición, juzgamiento y condena de los comprometidos con esta causa de lesa humanidad.
Y por último, nuestra República Argentina.
Que es víctima de sí misma. Unpaísque no pudo, después de 20 años, encontrar a los responsables de semejante barbarie.
La injusticia no es civilización.
Y no lo es porque en estas dos décadas lo que han logrado es fraccionarnos hasta el mismísimo absurdo. A esta misma hora, en nuestra República Argentina, se están realizando 3 actos distintos en los que nos acusamos entre todos, mientras los asesinos siguen caminando libremente y festejando su extendido éxito que trasciende aquel fatídico instante en que estalló a las 9.53 de la mañana del 18 de Julio de 1994.
Debemos asumir nuestro fracaso. Me atrevo a decirlo sin pruritos, sin temor y con vergüenza.
Somos uno de los pocos países en los cuales la fecha de conmemoración de un atentado terrorista es también una fecha en la que los oradores declamamos la existencia de impunidad como valor dominante de nuestras más sentidas sensaciones.
Los argentinos somos especialistas en hacer diagnósticos. No estoy dispuesto a ser parte de esta caricatura bizarra sin proponer soluciones de estadistas. Aquellas que trascienden las próximas elecciones para resolverle los problemas a las inmediatas generaciones.
Es imposible amalgamar tanto fraccionamiento con un espíritu cortante.
Se necesita un liderazgo continente y aglutinante.
No se puede embarcar a una República que arrastra este caso que nos avergüenza en la firma de un documento que se dio de narices contra la constitución y que no fue consensuado ni con los querellantes, ni con fuerza política alguna y que le dio el increíble up grade de acusado a co investigador, al principal sospechoso señalado por la justicia Argentina del peor ataque terrorista de la cual el país tiene memoria.
La República Islámica de Irán. Un país que no sólo tiene prontuario terrorista sino que lo exhibe con orgullo siendo el único país del mundo que se jacta de no adherir en forma simultánea los convenios de las naciones unidas que repudian los atentados con coche bomba y que financian el terrorismo.
Una ley que se aprobó entre gallos y medianoche en aquel maratónico Enero del 2013 en el que se usaron las sesiones extraordinarias para sacar de urgencia lo que después nuestro interlocutor en dicho convenio ignoro de manera absoluta poniendo de relieve su mofa y el incomodísimo lugar en el que dejo a los promotores de dicho Memorándum.
Una ley que nos hizo a los querellantes transformarnos en juristas, legisladores, analistas y expertos en política internacional cuando solo deberíamos ser destinatarios de justicia.
Les sonarán los nombres de Atocha, Londres, Bruselas hace unos meses,,. o el emblemático Nueva York cómo ciudades que padecieron el terrorismo y encontraron a los responsables.
Siempre hay buenos ejemplos. No aquí. No ahora. Hay países que han cerrado capítulos como el que tristemente vivimos y que han demostrado que para solucionar los casos de terrorismo son estrictamente necesarias las políticas de estado en las cuales estén involucrados todos los poderes y las fuerzas vivas de un país.
Y al que además se le sume una política exterior que señale firmemente a los acusados en los foros internacionales como se hacía hasta hace un tiempo y como inexplicablemente se dejó de hacer en la actualidad.
El resultado de tan errático accionar esta a la vista de todos: una última foto de las cancillerías. Acusado y acusador se estrechan las manos con una sonrisa sellando un pacto que deja abierta la impunidad ad eternum ostentando la máxima expresión del absurdo en términos de tratados internacionales al no establecer, entre otras cosas, fechas de aplicación.
Entiendo humildemente que ya es hora de buscar soluciones que surjan del consenso.
Desde la DAIA hemos presentado un proyecto de juzgamiento en ausencia para crímenes de lesa humanidad, tal el caso de los crímenes de AMIA/DAIA.
Un proyecto que permite juzgar a aquellos que se niegan a derecho. Un proyecto que permite reabrir la causa en caso de que, en algún momento, aquellos que son acusados por nuestra justicia independiente decidieran presentarse después de haber sido juzgados y condenados en ausencia. Esta acción permitiría reabrirla garantizadoasí al acusado sus más elementales derechos de defensa sujetos a la comprometida tradición apegada a las más elementales garantías de preservación de los derechos individuales y colectivos que tiene nuestra República.
Un proyecto que es en base a nuestro padecimiento pero que debería servir para que nunca más un argentino tenga que ser víctima de la impunidad y permitir que los acusados de crímenes de lesa humanidad se amparen en la maraña de leyes internacionales que los cobijan en connivencia con pasises que los apañen.
Será tal vez entonces que podremos tirar abajo el verdadero muro de la vergüenza, el que cruza los frentes de todas y cada una de las instituciones judías de la república Argentina y que por suerte no tienen aquellos que nos consideran sus enemigos. Los que con pena anuncian que no solo aquí es posible perpetrar atentados sino que además es factible seguir en libertad después de hacerlo. Los que atravesamos todos los judíos cada mañana con nuestros hijos sin que ningún defensor de "algunos" derechos humanos invierta un solo instante en repudiarlos cómo lo hace con otras causas selectivas potenciando ese doble standard moral tan actual en la Argentina de hoy que desnuda en algunos sectores un antisemitismo tan arraigado cómo latente.
Será tal vez, entonces, que podremos tener actos de conmemoración en los que no se escuchen más nuestros desgarradores gritos de fracaso, impotencia y clamor de justicia.
Serán tal vez los tiempos en los que la justicia nos dé orgullo y fuerza para que en lugar de luchar podamos enfrentarnos a secas con el dolor de los ausentes pero con la dignidad del deber cumplido.

