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Shoá. Vivir para contarlo: “Hice lo que la vida me obligó”

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 Bárbara Ledermann (87) es una sobreviviente del Holocausto. Perdió a su familia y fue amiga de Ana Frank. La locura del nazismo, en la voz de una testigo.

Seis chicas juegan en el patio de una casa de Amsterdam. Se ríen. Alguna de ellas tuvo la ocurrencia: el clásico juego infantil de esconderse. Y las seis con sus sonrisas pintadas, el pelo ondulado cortado carré a la altura de la oreja y sus soleritos de lino, se meten en una caja de madera. Un pariente festeja la travesura y les saca una foto. Pocos años después, el juego de las escondidas pierde las sonrisas. Un placard, un sótano oscuro, hasta una letrina puede significar un día más de vida. Las chicas, todavía niñas, deberán esconderse para sobrevivir.
 
Más de medio siglo después, Barbara Ledermann, la de pelo más rubio y más enrulado de las seis, conserva la foto. Tiene 87 años. Es una abuela de cabello blanquísimo y con las mismas ondas que brillan en el retrato. Cuando se ríe, en Coghlan un día húmedo de un invierno porteño que no se decide a arrancar, no cuesta nada adivinar una pizca de la picardía de esa tarde de verano holandés. Lo que asombra es que esa mujer de mirada firme y aspecto frágil haya sobrevivido al mayor de los horrores y pueda tomar un té, sonreír y contarlo.
 
Está sentada en el Centro Ana Frank de Buenos Aires, abierto en homenaje a la segunda de las chicas de la foto de la caja de madera. El 12 de junio, Ana Frank hubiera cumplido 84 años. Barbara vino para recordarla. Para ella es difícil pensar a Ana como un ícono de las víctimas del Holocausto o como la autora de un diario que contó al mundo la vida de una familia literalmente “guardada” del horror nazi en un ático de Amsterdam. Para ella es su amiga Ana, la primera que se hizo en la escuela holandesa, cuando su propia familia decidió dejar Berlín ante la amenaza nazi. “La conocí a los siete años en el colegio. Yo iba con mi hermana Sanne y ella con la suya, Margot. Las cuatro nos hicimos muy amigas. En esa época, los alemanes todavía no habían invadido Holanda y vivíamos la vida como niñas. Nos divertíamos. Era un mundo lleno de primos y amigos”.
 
Cuando la vida era linda
 
De las seis chicas de la foto, sólo Barbara y su prima, Dolly Citroen, sobrevivieron a la guerra. Su hermana Sanne, su mamá, Ilse, y su papá, Franz, murieron en Auschwitz. “Hice lo que la vida me obligó a hacer”, cuenta. Bárbara pertenecía a una familia de la rica burguesía judía alemana. La prosperidad en su casa de Berlín se traducía en mucamas, cocinera, juguetes y una vida integrada a la sociedad no judía. Los Lederman veraneaban en Holanda, donde vivía la mayor parte de la familia de Ilse. Esos parientes fueron los que lograron convencer a Franz, en 1933, de dejar Berlín.
 
“La decisión fue difícil para mi papá. El era abogado y vivía apegado a la ley. Se negaba a imaginar hasta donde podrían llegar las cosas”. Después de pensarlo mucho, los Ledermann se mudaron a Amsterdam. El barrio Merwedeplein no tenía los lujos de su apartamento en Berlín, pero les aseguraba una vida libre de amenazas al menos por un tiempo. A poco de llegar conocieron a los Frank, otra familia alemana “exiliada” en Holanda. “Yo tenía la misma edad que Margot; y Sanne, la misma que Ana. Ibamos al mismo colegio, éramos inseparables”.
 
Los Frank impulsaron a los Ledermann, que en Alemania habían sido una familia no demasiado observante, a ir a un templo de la Reforma judía. Y, así, el mundo de las niñas de la foto transcurrió entre clases de danza, películas, clubes de ping pong y travesuras. “Hasta 1940 la vida fue muy linda”.
 
El Centro Ana Frank en Argentina es una casa de paredes ocre y pisos de madera. En el patio crece un retoño del castaño de la casa de Ana en Holanda. Se respira un poquito del calor de hogar que la guerra les sacó a los Frank, los Ledermann y a millones de familias judías.
 
La ocupación
 
El ejército alemán ocupó Holanda en 1940. Barbara tenía 15 años y Ana, 12. “Recuerdo ese día. Los soldados marchaban con sus botas brillantes, erguidos, orgullosos. A partir de ese día todo cambió para nosotros”. A Franz le prohibieron trabajar de abogado y comenzó a hacer traducciones. “Todo era para judíos o para no judíos: la escuela, los trabajos, las raciones”, Ana, Barbara, Sanne y Margot tuvieron que dejar la escuela y cambiarse a un colegio exclusivo para judíos del otro lado de la ciudad. “Teníamos prohibido tomar el transporte público, con lo cual debíamos caminar kilómetros hasta llegar. A Margot fue a la que le costó más el cambio, Ana era más fuerte, vivaz, tenía tantas ganas de vivir que todo lo soportaba. Nos hicimos más amigas en esa época”.
 
Una tarde de verano del 42, Barbara entró corriendo a su casa. “Había ido a lo de Ana y encontré el departamento vacío. Cuando pregunté me dijeron que se habían ido a Suiza. Ellos siempre hablaban de sus familiares allá, con lo cual todo cerraba. Esa noche me fui a dormir contenta pensando en que la pequeña Ana había escapado de tanta locura. Nunca imaginé que estaban escondidos en el ático”.
 
Ese día Barbara comenzó su propio juego de las escondidas. Había cumplido 16 años y la ley alemana la consideraba “mayor de edad para mantenerse”. Si no conseguía un trabajo podía ser deportada. Franz usó las pocas influencias que le quedaban para colocarla en el Consejo Judío. “Me ocupaba de organizar cursos. Era todo tan loco que se dictaban cursos de agricultura, cuando la gente que supuestamente los tomaba no tenía para comer”.
 
Allí conoció a Manfred, un joven judío, miembro de la resistencia holandesa. “Uno vive a pesar de la guerra, las prohibiciones, el miedo y el hambre. Y nosotros nos enamoramos a pesar de todo eso”. Fue Manfred quien le consiguió papeles falsos. Los rulos dorados y la piel blanca ayudaron y Barbara dejó de ser Ledermann para tansformarse en Waarts. Se mudó a una pensión en el lado ario de la ciudad y, con esa identidad, hizo largas colas en los puestos de raciones arias, ayudó a ocultar fugitivos, a distribuir panfletos y a falsificar nuevos documentos.
 
Como Barbara Waarts se unió al ballet alemán. “En esos días no pensabas, sobrevivías. Tenías hambre y buscabas desesperada comida. No medías riesgos, actuabas”. La delataron, pero el director de la compañía no la denunció. A escondidas, Barbara seguía sorteando la guerra. Su familia, en cambio, permanecía en el barrio judío.
 
El último día
 
Había pasado un año desde que Barbara había dejado el guetto, cuando quiso volver a ver a sus padres. Entró a escondidas, la sorprendieron y la obligaron a coserse nuevamente la estrella amarilla a sus ropas. Manfred volvió a rescatarla. “Antes de irme les rogué que se escondieran o que al menos pusieran a Sanne en un doble placard que teníamos. Fue inútil, mi papá nunca hubiera hecho nada en contra de la ley aunque ésta fuera criminal. Fue el último día que los vi”. Nuevamente, la suerte estuvo de su lado. A los pocos días de su segunda huída del guetto, trasladaron a su familia. Primero al campo de Westerbork y unos meses después, enfermos y hambrientos, a Auschwitz. Entraron las a cámaras de gas el 19 de noviembre de 1943. “Mi querida, estamos a punto de salir en nuestro primer viaje largo en mucho tiempo, mi pequeña Barbara. Ya nos veremos otra vez”, una esquela, escrita con la letra impecable de su mamá fue lo único que le quedó de la vida feliz de antes de la guerra.
 
Ese cuaderno de tapas rojas
 
Pasaron 71 años y a Barbara se le siguen nublando los ojos cada vez que repasa los últimos días de su familia. “Yo siempre tuve la esperanza de que hubieran sobrevivido, al menos Sanne. Siempre los busqué”. En una de esas búsquedas se encontró con Otto Frank, el papá de Ana. El buscaba a su propia familia. La escena, como tantas otras, a ella se le quedó  grabada. “Me vio, gritó y se largó a llorar. Sé que en ese momento pensó en sus hijas, en por qué ellas no habían podido lograrlo”. Otto hizo algo más: le mostró el cuaderno de tapas rojas en el que Ana había escrito su vida en el ático. 
 
Ana y Margot murieron en Bergen Belsen, en abril de 1945, dos semanas antes de que los británicos liberaran el campo. Dos años después, en 1947, con la confirmación de que su familia había muerto en la cámara de gas, Barbara decidió dejar Holanda. Viajó a Estados Unidos. Tenía 22 años, pero sentía que había vivido mil vidas. Otra más la esperaba del otro lado del océano. En Baltimore, mientras luchaba por liberar su inglés del cortante tono alemán, conoció a Martin Rodbell, un estudiante de bioquímica. “Nos enamoramos en seguida. Fue como volver a una normalidad que no tenía desde aquellos tiempos felices antes de 1940”. Martin y Barbara se casaron. Y la vida da revanchas. Barbara tuvo cuatro hijos: los cuatro hijos que crió con Martin lejos del horror de la guerra. Martin ganó en 1994 el Premio Nobel de Medicina por introducir el concepto de información en el material biológico. Barbara nunca perdió de vista la información de su ADN. Siguió viendo y escribiéndose con Otto Frank hasta que el papá de su mejor amiga murió en 1980. En la biblioteca de su casa, en Baltimore, conserva la primera edición del diario de Ana. “Hice lo que la vida me empujó a hacer. Uno tiene hambre y come, tiene vida y quiere conservarla. Fue duro, pero nada de lo que yo pasé se compara con lo que pasaron los que hoy no están para contarlo”.

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