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Algo más que el juego de las butacas

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 La Presidenta dispondrá desde poco después de las 9 de hoy, cuando llegue a los Estados Unidos, de un Central Park con algunas hojas ocres y amarillas del otoño, pero todavía con la fuerza del verano, una Asamblea General de la ONU con presencia de los temas del Medio Oriente y un país donde, en medio de la campaña presidencial, la bandera flameó a media hasta por el reciente asesinato de su embajador en Libia. Es probable que Cristina Fernández de Kirchner haga un enlace propio con la agenda dominante y además subraye tres temas: el diálogo por Malvinas, el reclamo de que Irán colabore con la Justicia argentina y una crítica de la guerra comercial que perjudica a los países emergentes.

 
La Presidenta hablará el martes ante el plenario de las Naciones Unidas. Buena parte de la expectativa de las organizaciones de la comunidad judía argentina está puesta en si la Argentina dirá que sí al diálogo de Estado a Estado con Irán. En su discurso del año pasado en la Asamblea General, Cristina ya dio una indicación. Dijo que el Gobierno enmarcaría cualquier contacto dentro de un objetivo que definió como superior a otros en la relación con el régimen iraní: que Teherán colabore con la Justicia argentina en la presentación de funcionarios suyos buscados a través de Interpol.
 
Como Irán avanzó y formalizó su pedido de diálogo, la expectativa aumentó y, a la vez, aparece un costado que amenaza convertirse en grotesco cuando todo el foco de interés consiste en determinar si la comitiva argentina se levantará o no en el momento en que hable el presidente iraní, Ahmed Ahmadinejad.
 
El análisis de la Asamblea General de la ONU podría convertirse, de ese modo, en un juego frívolo con dos costados.
 
Uno, tomar como un principio que los países en conflicto no negocian. Como si el Reino Unido ofreciera tratativas por Malvinas y la Argentina se negara alegando que antes de sentarse las islas deberían ser reintegradas. Otro, convertir a la Argentina en el único país del mundo sometido al escrutinio de si sus funcionarios se levantan o no de la butaca en la ONU cuando representantes de Estados con conflictos más serios, antiguos y letales no lo hacen. Ni siquiera era la práctica habitual en la Guerra Fría. El 18 de octubre de 1960, el primer ministro soviético Nikita Kruschev se quitó un zapato y golpeó con él sobre el pupitre para tapar una dura crítica del representante filipino, alineado con los Estados Unidos. Fue uno de los momentos de mayor tensión de la ONU. Pero ni los diplomáticos ni los dirigentes políticos aplicaron un levantómetro para juzgar el impacto del enfrentamiento.
 
Un funcionario argentino confió a Página/12, antes de partir de Buenos Aires, que en términos económicos la Presidenta podría criticar el proteccionismo y las guerras comerciales de los países desarrollados, hoy en crisis, mientras pide la democratización de los organismos multilaterales.
 
Sobre Malvinas, la Presidenta ya hizo una apuesta de alto perfil cuando asistió en persona al Comité de Descolonización, en junio último. En esa ocasión, el eje de su discurso pasó por diferenciarse de la dictadura que resolvió el desembarco en las islas, hace treinta años, y exigir el cumplimiento de la resolución 2065, sobre el diálogo de Londres y Buenos Aires para superar la situación colonial, que el gobierno del presidente Arturo Illia y su embajador Lucio García del Solar lograron de la ONU en 1965. También insistió en colocar en la agenda otro aniversario, el de la ocupación original de 1833, del que se cumplirán 180 años en enero.
 
Aunque un viaje a la ONU no es una visita de Estado ni una gira oficial a los Estados Unidos, la Presidenta incluyó en su agenda dos sitios donde buscará desplegar la diplomacia en medios no diplomáticos, como son los centros académicos. El miércoles dejará inaugurada en Wa-shington la Cátedra Argentina que el embajador en los Estados Unidos, Jorge Argüello, acordó fundar con el director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown, Erick Langer. Y el jueves hablará en la Universidad de Harvard, en Boston. Cuando aún no ocupaba la Casa Rosada y era senadora, con Néstor Kirchner de presidente, Cristina ya acostumbraba mantener contactos en la New School de Nueva York o en Columbia. Una de las características del sistema académico norteamericano es que, en temas internacionales, la interacción de información, análisis e incluso de nombres con el Estado es fluida y las relaciones que se construyen en un ámbito pueden influir en otro.
 
Por sus últimos pasos, está en la lógica presidencial alimentar contactos con el sector energético y petrolero de los Estados Unidos, caso Chevron, en paralelo al viaje del propio titular de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, Miguel Galuccio.
 
¿Habrá un encuentro con el financista de origen húngaro George Soros, cuyo grupo es uno de los grandes propietarios rurales de la Argentina? En todo caso, tiene más chance Soros que otro magnate mundial que figuraba en las agendas, el australiano Rupert Murdoch. Murdoch no perdió su poder (mantiene la Fox y The Wall Street Journal en los Estados Unidos, controla los diarios amarillos y The Times de Londres, no perdió todo su peso en Australia) pero quizás haya llegado el momento en que pueda ser visto no solo como un interlocutor sino como un caso para estudiar qué resulta de mezclar la propiedad de grandes medios, el coqueteo con el poder político desde Margaret Thatcher a Tony Blair, la extorsión y la ensalada con los servicios de Inteligencia.
 

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