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Opinión: Ingratitud en Turtle Bay

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Después de más de seis meses de disputas internas, el primer ministro Benjamín Netanyahu y el ministro de Relaciones Exteriores, Avigdor Lieberman, han acordado designar al experimentado diplomático Ron Prosor (foto) como embajador ante las Naciones Unidas.
Pero siendo realistas, ¿qué puede esperar lograr allí cualquier embajador israelí? Se trata de un organismo en el cual más de 118 miembros se identifican con la ridículamente llamado bloque “no alineado”: un conjunto entrelazado que incluye a 57 países miembros de la Organización de la Conferencia Islámica, 22 miembros de la Liga Árabe y otras cinco naciones (Bolivia, Cuba, Nicaragua, Venezuela y Corea del Norte) que no tienen relaciones diplomáticas con Israel. Como si esto fuera poco, por estos días la Unión Europea rara vez toma alguna iniciativa en apoyo del derecho a la legítima defensa (de Israel), e incluso Washington ha sabido expresar su resentimiento al lanzar -de vez en cuando- a Jerusalem a los chacales.
El primer embajador (israelí) en la ONU, Abba Eban (1949-1959), quien se desempeñaba simultáneamente como embajador en Washington, ignoró -en esencia- a su audiencia inmediata al hablar en su “idioma y con emoción hacia el resto del mundo”. Su sucesor, Michael Comay, se convirtió en uno de los principales representantes (israelíes) de la comunidad judeoestadounidense. En el período previo a la Guerra de los Seis Días, Gideon Rafael transmitió mensajes de los decisores estadounidenses que el gabinete (israelí) interpretó como una luz verde para un ataque preventivo.
Sin embargo, no mucho se podría hacer dentro de la propia ONU. Al refutar, en noviembre 1974, el discurso ante la Asamblea General de un Yasser Arafat armado, Yosef Tekoa se dirigió principalmente a los amigos de Israel de afuera. Del mismo modo, Jaim Herzog, al literalmente destrozar la resolución de noviembre de 1975 que definía al sionismo como “una forma de racismo”, también le estaba hablando al civilizado mundo exterior.
Para el reconocido jurista Yehuda Blum, quien se desempeñó desde 1978 hasta 1984, la ONU se había convertido en un escenario que activamente “avivaba las llamas del conflicto árabe-israelí”. Su sucesor, Benjamín Netanyahu, alternó la lucha contra los intentos de negar las credenciales de su país ante la Asamblea General con el despliegue de su talento considerablemente polémico en los medios de comunicación estadounidenses.
Las posteriores cadencias de Yohanan Bein, Yoram Aridor y Gad Yaacobi estuvieron enmarcadas por la creciente inclinación del organismo mundial hacia la OLP. A pesar de que la resolución “sionismo es racismo” fue revocada a principios de la década de 1990, bajo la presión de los Estados Unidos, Aridor nada pudo hacer contra la condena a Israel del Consejo de Seguridad por deportar a 12 terroristas palestinos al Líbano durante la primera Intifada. Incluso en el apogeo de la era de Oslo, Yaacobi no pudo disuadir a los Estados Unidos de que se unieran a otra radical condena del Consejo de Seguridad; esta vez, a raíz de la masacre de fieles árabes en Hebrón por parte de Baruch Goldstein.
Para cuando Dore Gold -un eficaz ejecutor de la diplomacia pública y el primer israelí de origen estadounidense nombrado en ese puesto- llegó, a finales de los ’90, el patrón ya parecía haberse establecido.
Una votación por 131 a 3 en la Asamblea General, censurando la construcción de viviendas en Jerusalem, fue seguida, ya con el sucesor de Gold, Yehuda Lancry, por desvergonzadas condenas al “uso excesivo de la fuerza” durante la bárbara violencia palestina de la segunda Intifada.
Lo cual nos acerca a la actualidad. Dan Gillerman, posiblemente el más próspero de los últimos embajadores, logró promover la aprobación en las Naciones Unidas de las primeras resoluciones patrocinadas por Israel e impulsar al secretario general, Kofi Annan, a hablar contra los incesantes ataques en las Naciones Unidas. Pero los ataques continuaron, como lo demuestra la impotencia de Gabriela Shalev contra la campaña -dirigida por el juez Richard Goldstone- de destripar el derecho de Israel a defender a su población civil a lo largo de la frontera de Gaza.
Es evidente que las labores de los embajadores han tomado un carácter de Sísifo. Si, no obstante, el país persiste en el intento es sólo porque la ONU sigue siendo el lugar donde la disfuncional familia de naciones, tal como es, se reúne para tomar importantes decisiones colectivas. De todos modos, el papel principal de Prosor será nuevamente representar al país más allá de los pasillos de la ONU, especialmente en los medios de comunicación mundiales y la comunidad judía de los Estados Unidos.
Ésta es una tarea que compartirá con el embajador en los Estados Unidos, Michael Oren.
Es cierto que su rol no se ha visto facilitado por la evidente incapacidad del oficialismo para hablar con una sola voz. Un embajador debería tomar como su marco de acción las declaraciones públicas de Netanyahu, o la línea contradictoria expresada por Lieberman en su discurso ante las Naciones Unidas en 2010? Para mayor complicación están las cacofónicas voces en Internet, cada una de las cuales asegura saber qué es lo mejor para el país.
La ventaja de Prosor, tanto en ámbitos públicos como privados, es que es una figura atractiva, con una gran capacidad de comunicación e influencia diplomática. Depende mucho más de las políticas a veces incongruentes de los dos hombres que tardíamente lo han enviado a la ONU, las cuales tienen su propio efecto sobre la imagen del país en los medios de comunicación y el apoyo del público, especialmente en los Estados Unidos. Este apoyo, al final, cuenta infinitamente más que cualquier votación en Turtle Bay.

* Coeditor de Jewish Ideas Daily.

CGG

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