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Opinión: Israel podría convertirse en el chivo expiatorio de la nueva democracia de Egipto

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Itongadol/AJN.- No le tememos a la democracia egipcia, le tememos a la gente que cree que Israel y sus intereses son prescindibles ante un “bien mayor” como la democracia egipcia.

Fue desconcertante, en los últimos días, tener a Israel y, específicamente, al primer ministro Benjamín Netanyahu retratados como accionistas de Industrias Mubarak y ver al ex gobernante descrito como un aliado de Israel. En realidad, el promotor de la tesis de que las dictaduras árabes podrían promover la paz no fue otro que Yitzhak Rabin, quien argumentaba que los caudillos árabes podrían frenar el terrorismo de manera más eficiente que Israel.
Ellos no tenían que lidiar con la intervención judicial y los entrometidos defensores de los derechos humanos. Los líderes árabes, tratados con indulgencia porque -después de todo- los niños serán niños, podrían emplear la brutalidad necesaria contra el terrorismo en sus países, mientras que el mundo ilustrado estaría horrorizado ante tácticas mucho menos represivas empleadas por Israel.
Este modo de pensar es mantenido por líderes de opinión que le suplican a Israel hacer la paz con la aún más opresiva república hereditaria siria del clan Assad. Suscribo plenamente la aseveración del profesor Efraím Karsh sobre Mubarak: “Él también ha fomentado una cultura de virulento antisemitismo en Egipto, una cultura cuyas premisas evidentemente él mismo comparte”.
En Commentary Magazine de abril de 2002, el historiador citó un pasaje del discurso de Mubarak a los estudiantes de la Universidad del Cairo en 1991, en el cual se regodeaba de la victoria de Egipto en Camp David: “Contra nosotros estaba la gente más inteligente de la Tierra, un pueblo que controla la prensa internacional, la economía del mundo y las finanzas mundiales. Logramos obligar a los judíos a hacer lo que queríamos, nos devolvieron toda nuestra tierra, ¡hasta el último grano de arena! Los hemos engañado, y qué les hemos dado a cambio? Un pedazo de papel… Hemos establecido mecanismos sofisticados para controlar y limitar al mínimo los contactos con los judíos”.
Bajo este sistema, líderes israelíes visitarían Egipto, pero Mubarak nunca les correspondió, con la excepción del funeral de Rabin, en 1995. El embajador residente egipcio fue abrazado por el conjunto social de Israel; el embajador de Israel en El Cairo fue tratado como un leproso diplomática. Intelectuales egipcios que exploraron relaciones con Israel recibieron la visita de la Mukhabarat de Mubarak, un fuerte disuasivo para que los contactos continuaran.
Egipto utilizó todo foro internacional para condenar a Israel y permitió que el antisemitismo floreciera en la prensa local y en los medios de comunicación controlados por el gobierno, como la reciente acusación de que tiburones israelíes guiados por GPS estaban actuando para desestabilizar el turismo egipcio. Cuando de vez en cuando lo presionaban sobre la cuestión de la incitación, Mubarak falsamente argumentaba que en su país había libertad de prensa.
No derramo lágrimas por Mubarak, pero estoy en desacuerdo con los partidarios de su derrocamiento que sostienen que Israel no tiene derecho a alarmarse por una alternativa peor o con quienes, como el ministro de Relaciones Exteriores británico, William Hague, nos dan cátedra acerca de reducir nuestra beligerancia cuando alertamos acerca de tal posibilidad o acerca de que esto nada tiene que ver con Israel.
En Foreign Policy del 10 de febrero, James Traub trató de lavar la cara de la Hermandad Musulmana, si bien reconoció que “los Hermanos con los que hablé no sólo están en contra de Israel, sino a favor de Hamas. Israel tiene todos los motivos para temer ante la perspectiva de un gobierno de la Hermandad Musulmana”.
Traub, sin embargo, argumentó que los Estados Unidos e Israel no pueden “pararse delante de la historia gritando: ‘¡Alto!’. La única respuesta posible es aceptar las legítimas aspiraciones del pueblo palestino por un Estado propio”.
El gobierno de Egipto es un asunto interno egipcio. Israel sólo espera que dicho gobierno respete las obligaciones del tratado firmado por su predecesor, ya que pacta sunt servanda (los acuerdos deben mantenerse) es una piedra angular del derecho internacional y de estables relaciones internacionales.
La paz con Israel fue, como Mubarak correctamente reconoció, el escaso precio que Egipto pagó para conseguir que Israel cediera el Sinaí y destruyera las prósperas comunidades del distrito de Yamit. Israel firmó este desigual tratado por el milenarismo de la paz y la presión aplicada por ese deshonesto mediador, Jimmy Carter (en la foto, al centro), quien -como revelara el ex funcionario del Consejo Nacional de Seguridad William Quandt- se dedicó a atacar en secreto, con Egipto, a Israel. El tratado fue el mayor desastre de la jefatura de gobierno de Menachem Begin (en la foto, a la derecha, frente al líder egipcio Anwar el-Sadat), pero por lo menos, como ha señalado el politólogo Dore Gold, Begin insistió en que el tratado, por medio del artículo 6, conservase su vigencia independientemente de acontecimientos externos.
No le tememos a la democracia egipcia; le tememos a gente como Traub, que cree que Israel y sus intereses son prescindibles ante un “bien mayor”, como la democracia egipcia, y está dispuesto -empujado contra la pared- a exonerar la derogación del tratado por parte de Egipto debido a que Israel insiste en ciertas condiciones mínimas para aceptar un Estado palestino. Según la lógica de Traub, si los palestinos hubiesen aceptado las ilusorias ofertas de paz de Ehud Barak o Ehud Olmert, en 2000 y 2008, habrían tenido derecho a revocar el acuerdo si estuviesen insatisfechos con el tratamiento a los árabes en lo que quedaría de Israel; por ejemplo, en Jaffa o Nazaret.
Mubarak ha dejado un legado tóxico. Incluso el gobierno egipcio más competente y altruista tendrá que hacer frente a grandes problemas, sobre todo la superpoblación y la creación de empleo para una cohorte de jóvenes enardecidos. La creación de empleo no es tarea fácil -pregúntenle a Barack Obama-, en particular para los jóvenes, como José Zapatero y Nicolas Sarkozy lo atestiguarán. No creo que Thomas L. Friedman, de The New York Times, con su entusiasmo por las cosas chinas, recomiende que Egipto, a la China, límite a las familias a tener un solo niño.
Ante estas dificultades, será mucho más fácil para un líder egipcio culpar a los judíos. Israel, en su anhelo por precipitar la paz, se ha resignado erróneamente a babear, pero insistir en que ambas partes honren la paz.
De lo contrario, tenga la amabilidad de devolver el Sinaí.

* Politólogo.

CGG

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