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La era de los mediocres. POR SAID K. ABURISH*

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Antes no había instituciones democráticas y, en su lugar, fuertes dictadores mantenían unidos a los países árabes y los guiaban. En la actualidad faltan incluso esos fuertes dictadores y el turbulento Oriente Medio está al borde del caos.

En Arabia Saudí no hay nadie que sea capaz de un liderazgo como el que el rey Faisal proporcionó al país en la década de los sesenta y principios de los setenta. Faisal fue el arquitecto del Estado islámico anticomunista y prooccidental que existió entonces, e impidió que las crisis del petróleo de ese periodo desembocasen en una confrontación árabe-occidental.

Desde entonces, el país ha padecido la falta de guía y la corrupción del rey Fahd y, en la década transcurrida desde que quedó incapacitado, la debilidad y la falta de visión del príncipe heredero, Abdallah.

El islam que Faisal utilizó para enfrentarse al comunismo expansionista y para mantener controlado al nacionalismo extremista ha pasado a ser totalmente antioccidental, ha amenazado la estabilidad del país y ha agriado sus relaciones con Estados Unidos, con la consiguiente retirada de la protección estadounidense. Arabia Saudí, que una vez fue líder del mundo árabe, es ahora una sombra de su antiguo ser. Y el futuro no promete demasiado; ninguna de las personas de la línea sucesoria tiene capacidad para detener el declive del país.

En Egipto, el presidente Hosni Mubarak llegó después de dos fuertes dirigentes que representaron dos puntos de vista diferentes. Hasta su muerte, en 1970, Gamal Abdel Nasser gozó de popularidad, fue antioccidental y se comprometió a derrotar a Israel. Sadat, su sucesor, no gozó de popularidad, fue prooccidental y logró la paz con Israel.

Sin embargo, ambos fueron dirigentes fuertes. Mubarak no puede compararse con ninguno de ellos. De hecho, es tan débil que hasta la fecha se ha abstenido de designar a un vicepresidente y sucesor, no fuese que uno demasiado fuerte pudiera quitarle el sitio. La ausencia de un presidente fuerte en Egipto supone que el país no es capaz de ejercer su histórico papel de liderazgo en el mundo árabe. Por ende, ya no tiene capacidad para proporcionar una guía hacia una solución al conflicto árabo-israelí.

El problema de Jordania es similar al egipcio. Pese a ser enérgico y carismático, el rey Abdallah no es rival para su difunto padre, el rey Hussein. Hussein llegó al poder para convertirse en el más veterano estadista de la región. Aunque su país era pobre y relativamente pequeño, llegó a ser una respetada voz racional a la que el mundo entero escuchaba. Lo mejor que puede hacer su encantador hijo es admitirlo: «Yo no soy mi padre».

Sin lugar a dudas, la falta de dirigentes fuertes abarca también a Iraq. Al margen de sus crímenes, Saddam Hussein fusionó el país en una entidad unificada y, mediante métodos buenos y malos, le labró una sólida posición internacional. Anteriores dirigentes iraquíes, como el general Abdel Komin Kasseau y el primer ministro Nuri Said, guiaron al país e incrementaron su poderío natural. Ahora que EE.UU. ha eliminado a Saddam, Iraq se enfrenta a la perspectiva de su fragmentación. Incluso su supervivencia como nación está en juego. Si llegara a establecerse –aunque hay muy pocas posibilidades–, el actual desmoronamiento hacia una serie de tribus étnicas y religiosas tardaría generaciones en ser detenido. Iraq no puede liderar, guiar ni actuar como modelo en ningún sentido.

Los puntos débiles del liderazgo de Arabia Saudí, Egipto e Iraq en conjunto resultan en un fracaso colectivo de liderazgo y en la incapacidad de arrostrar los problemas políticos, económicos y sociales a los que se enfrentan.

A pesar de las medidas decorativas hacia la democracia que han tomado algunos dirigentes –como permitir que la gente participe en unas elecciones municipales en Arabia Saudí o una medida a favor de la libertad de prensa en Egipto–, así como la pretensión de la Administración Bush de estar fomentando el cambio democrático, los actuales regímenes árabes son los más opresores de los últimos 50 años. Los dirigentes débiles rara vez gozan de popularidad, y los líderes que carecen de ella no pueden permitirse introducir reformas democráticas.

Es más, los dirigentes débiles y sin popularidad que están oprimiendo a sus pueblos no están en posición de resistirse al atractivo intrínseco de los movimientos islámicos. Nos guste o no, ninguno de los dirigentes de hoy en día es tan carismático como Ossama Bin Laden.

Y no termina ahí todo. Ni uno solo de estos dirigentes ha hecho frente al descenso del nivel de vida de los últimos 20 años, y la tasa de desempleo (incluso en Arabia Saudí) es más alta de lo que ha sido jamás. El elevado crecimiento de la población está sobrepasando la construcción de una estructura que pueda hacerse cargo de ella. Increíblemente, el presupuesto del Ejército y del aparato de seguridad de todos los países árabes importantes excede el 50 por ciento del presupuesto nacional.

Ni siquiera las posturas panárabes son ya lo que eran. Los árabes jamás han sido tan débiles frente a Israel. La única superpotencia, EE.UU., los trata con desdén, y el resto del mundo considera que ellos mismos se han buscado sus problemas y preferiría no saber nada al respecto.

En el pasado, la protesta típica de un árabe giraba en torno a la ausencia de instituciones democráticas. Los dictadores fuertes eran un mal necesario al que la mayoría se oponía. Ante la ausencia de ambos, los países árabes han quedado a la deriva. El hecho de que la mayor parte de estos estados sean creaciones recientes cuya existencia no está muy justificada hace aumentar el peligro.

Si todo esto es cierto en cuanto a los principales países árabes de Oriente Medio, todavía lo es más en cuanto a las entidades árabes más pequeñas. Un riguroso examen del historial del emir de Kuwait, de Yasser Arafat y de los dirigentes de los diversos pequeños estados intrascendentes arroja resultados preocupantes.

El otro día le pregunté a un veterano político árabe sobre las consecuencias de la actual debilidad de liderazgo en la región. No dudó al responderme y lo hizo con una dura cantinela: «Dentro de cientos de años, este periodo será recordado como la era de los mediocres».

S. K. ABURISH, escritor, biógrafo de Saddam. Su útlimo libro publicado es «Saddam Hussein, la política de la venganza»
Traducción: Laura Manero Jiménez
Fte L.V.D

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