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Una guerra que respetó muy pocas predicciones

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WASHINGTON.- La guerra en Irak, que ahora se encuentra en sus fases finales desde el punto de vista militar, luego de tan sólo un mes de combate, no fue ni tan dolorosa como predijeron sus opositores ni tan indolora como sugerían sus planificadores.
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Saddam Hussein fue derrocado con un costo sustancial de vidas estadounidenses, británicas y especialmente iraquíes y con consecuencias aún imposibles de conocer para la estabilidad política regional y mundial.
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Muchas de las variables que preocupaban a los planificadores y a los críticos de la guerra no se materializaron. No hubo ataques terroristas en venganza contra los Estados Unidos; sólo unos pocos pozos petroleros fueron incendiados y las largas líneas de aprovisionamiento estadounidenses, que viboreaban desde Kuwait hacia el Norte, resultaron menos vulnerables de lo temido.
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Claramente, pese al enfático rechazo del Pentágono, la campaña se desarrolló de modo distinto de lo previsto. Los fedayines y otros grupos paramilitares cumplieron un rol más importante que el esperado, resultaron difíciles de combatir y dieron a los aliados algunas feas sorpresas.
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La inteligencia, como de costumbre, fue menos que perfecta. Pero las fuerzas aliadas se reagruparon y recuperaron la iniciativa con llamativa rapidez, gracias, en gran medida, a una nueva flexibilidad de mando, vinculada con innovaciones tecnológicas que posibilitaron compartir datos más rápido.
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El general Richard B. Myers, jefe del Estado Mayor Conjunto, explicó que esta capacidad de adaptación es clave en «la nueva manera de hacer la guerra de los Estados Unidos».
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Está claro que el poder aéreo cumplió un rol importante, quizá decisivo, para reducir la capacidad de resistencia de Irak. Logró lo que no pudo en la Segunda Guerra Mundial o en Vietnam: destruir gran parte de una fuerza que, según se decía, incluía 2200 tanques, 300 aviones de combate operativos y 400.000 tropas activas.
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Hay muchos cabos sueltos en la historia. El destino de Saddam sigue siendo un enigma. ¿Fue muerto en uno de los bombardeos que apuntaban contra él y su familia? ¿Escapó a Siria? ¿Y qué hay de las armas químicas, biológicas o radiológicas, cuya eliminación fue una de las justificaciones para la guerra, según el presidente Bush?
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Hasta ahora no se encontró nada, en una búsqueda bastante extendida. Los críticos de Washington, especialmente en el mundo árabe, se burlan y sugieren que los Estados Unidos no encontrarán nada a menos que ellos mismos lo pongan allí.
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Bagdad sigue siendo una ciudad de emociones violentas y necesidades abrumadoras. Por supuesto que los estadounidenses no pueden irse pronto sin permitir que la ciudad descienda nuevamente al tipo de caos que se produjo en los primeros días después de su caída.

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El mundo árabe

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Eso es cierto, aunque la presencia de tropas de Estados Unidos en las calles de la ciudad, por bien que sepan contener sus instintos triunfalistas, ofenderá el orgullo árabe, ya golpeado por la derrota en otra guerra más.
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El resentimiento podría eventualmente generar una resistencia de fuerzas no convencionales dentro y fuera de Irak, del mismo modo que la invasión de Israel al Líbano en 1982 generó el movimiento Hezbollah.
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La administración Bush espera poder enviar agentes de policía y encargados de garantizar la paz de otros países (aunque no de las Naciones Unidas), y eso podría reducir la irritación para muchos árabes.
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Las tropas de Estados Unidos no protegieron los tesoros de la biblioteca y el museo nacional, por no hablar de los hospitales y escuelas, aunque sí lograron cuidar la industria petrolera. El saqueo generalizado de negocios y casas produjo un mensaje lamentable; la destrucción de reliquias preciosas de la cultura mundial y la exposición de los jóvenes y desprotegidos a la crueldad impiadosa de la guerra enviaron otro mensaje peor.
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Bush espera que el éxito en Irak lleve a la democratización de gran parte de Medio Oriente. Pero primero tendrá que responder a las preocupaciones de la región, donde la alegría privada ante el derrocamiento de Saddam se mezcla con la autoestima herida de los árabes y el temor de que la furia estadounidense contra Siria, por la supuesta ayuda de ese país al moribundo régimen, provocará un nuevo conflicto.
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Mucho dependerá del vigor que ponga Estados Unidos en buscar un acuerdo entre Israel y los palestinos, que se verá en países como Egipto y Jordania como una evidencia concreta de las verdaderas intenciones de Washington hacia Medio Oriente.
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Las relaciones de Estados Unidos con Europa también se han visto ensombrecidas por la guerra. Con el tiempo se enfriarán los ánimos a ambos lados del Atlántico. Pero eso podría demorarse si los desacuerdos sobre un rol adecuado para las Naciones Unidas en el Irak de posguerra producen otra división en el Consejo de Seguridad. Francia y Rusia insinuaron que vetarán cualquier intento de eliminar las sanciones contra Irak -lo que es un prerrequisito para la reconstrucción- a menos que se le dé un rol más importante a la ONU del que quiere Estados Unidos.
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Por R. W. Apple Jr.
De The New York Times
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Traducción: Gabriel Zadunaisky

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