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Por Gustavo Daniel Perednik

El descaro de ser inocentes
Por Gustavo Daniel Perednik

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Me encontraba días atrás en gira de conferencias por España cuando se produjo una tragedia en Gaza que terminó con la vida de la familia Ralia (9-6-06) mientras ésta descansaba en la playa.
Nadie sabía con certeza qué había producido la explosión, salvo por supuesto los medios europeos, muy habituados ellos a que el culpable debe ser el sanguinario judío.
Siete palestinos habían muerto. Israel lo lamentó porque se trataba de civiles inocentes (cabe marcar el contraste con las prácticas de nuestros enemigos, para quienes los infieles nunca somos inocentes y por ello celebran con danzas callejeras aún la muerte de nuestros niños).
Febriles horas dedicadas en Israel a investigar la causa de la tragedia dio frutos: la carga explosiva había sido enterrada en la arena por Hamas, con el fin de entorpecer un eventual desembarco israelí que procediera a destruir los morteros Qasam.
Los medios habían «informado» muy distinto: se trataba de un asesinato de la artillería israelí, sedienta de sangre inocente. Como es habitual cuando se trata de muertos por acciones israelíes, esta vez uno de los diarios más difundidos participaba al desamparado lector «del clamor histérico de cientos de personas» y de cómo «alguien sacó el diminuto cadáver del niño Haizam de la ambulancia y lo mostró a la multitud».
El periódico no se detuvo en cuán morboso es exhibir cadáveres de niños a masas enardecidas, sino que optó por contribuir con morbosidad de su propia cosecha: «No debía alcanzar el año de vida. Tenía la carita dominada por una macabra palidez, aunque permanecía con los ojos abiertos…»
Pobre Dana Galkovitch quien, cuando fue asesinada por un Qasam en su kibutz Netiv Haasará (14-7-05) no mereció siquiera que mencionaran su nombre –menos aún la descripción de la palidez de su rostro (hay rostros más pálidos que otros).
Pobres los centenares de asesinados israelíes, porque en su país se da a los ritos funerarios el solemne tratamiento de sociedad civilizada.
Pobres los niños del jardín de infantes en el kibutz Saad, porque en Europa no se enteraron de que cuando celebraban Janucá (26-12-05) les dispararon un Qasam.
Pobres los europeos a quienes sus medios les ocultan cómo los Qasams castigan rutinariamente a Israel, pero les narran abundantemente cuál es la reacción israelí frente a la agresión, de modo que la víctima siempre parezca el agresor.
Como ese hueco en la información merece llenarse, aportaremos algunos datos.
El Qasam fue producido por el terrorista Adnan al-Ghoul, muerto por el ejército israelí (21-10-04). Consiste en un cohete de acero lleno de explosivos y ninguno de sus tres modelos tiene sistema de guía, carencia que lo hace muy representativo del islamismo en general: mata a cien sin mirar a quién.
La necesidad de producir Qasam surgió cuando Israel logró frenar los centenares de atentados suicidas que habían dejado a miles de civiles judíos muertos, lisiados o gravemente heridos. El principal freno fue la alambrada de seguridad que pasó a ser blanco favorito de la prensa («el muro de la vergüenza» para el lector medio).
El Hamas decidió entonces reemplazar los suicidios por el Qasam, cuyo nombre es abreviatura del de brazo militar del Hamas -tomado a su vez de Izz ad-din al-Qasam, terrorista muerto en 1935.
El obús se estrenó en octubre de 2001, y a partir de entonces se disparan desde Gaza, principalmente desde la aldea de Beit Hanun. A partir del 5-3-02 la ciudad israelí más bombardeada fue Sderot. En agosto de 2003 llegaron a Ashkelon y obligaron a la evacuación de poblados hebreos del desierto del Néguev: Or Haner, Nirim y Najal Oz.
Entre las primeras víctimas mortales del obús (28-6-04) hubo un niño de 4 años, Afik Zahavi, cuya madre fue hospitalizada, su nombre nunca fue recogido por los medios –tampoco la palidez de su carita.
Los últimos ataques de Qasam fueron contra el kibutz Guevím (9-6-06) del Néguev occidental y contra la la escuela Shekamim Maoz (18-6-06) del barrio Rabin en Sderot.
Ésta fue visitada ese mismo día por el ministro de Defensa israelí y jefe del laborismo, Amir Péretz, quien proviene de esa ciudad y fue su alcalde. Frente al domicilio de Péretz hay actualmente una carpa improvisada donde ciudadanos hacen huelga de hambre para protestar contra el lanzamiento de los Qasam, y reciben diariamente a centenares de israelíes que se acercan a expresar su solidaridad (innecesario aclarar que jamás los visitan los decenas de corresponsales europeos en Israel, porque destacar a víctimas israelíes perjudicaría «la causa»).
Para los medios los Qasam son sólo un detalle marginal de alguna narración. El que ataca es el judío, y poco importa que sus «ataques» tengan como objetivo mortíferos misiles.
Israel ha bombardeado varias veces centros de fabricación de Qasam, sobre todo durante la Operación Días de Penitencia (30-9/15-10-04), pero ha quedado demostrado que la playa de Gaza no fue objeto de bombardeo alguno.
De las dos pruebas al respecto, la primera es que no había cráter alguno en el lugar de la explosión y, la segunda, que pese a que los esbirros de Hamas se habían apresurado a retirar las esquirlas de los cadáveres para impedir su investigación, no pudieron evitar que se analizaran las esquirlas en los cuerpos de los heridos, quienes fueron trasladados para su atención a hospitales israelíes (esta atención curiosamente también se les escapó a los medios).
Las esquirlas indicaron sin lugar a dudas que los explosivos no habían sido israelíes, como mostró el día posterior a la tragedia el Comandante de la División de Gaza, brigadier Aviv Kojavi.
Pero las pruebas tienen sin cuidado a quienes deciden de antemano que para los israelíes ser inocentes es un descaro intolerable. El judío es asesino y la realidad un vano detalle que sobra en la información.
Así se había visto en el caso de la acción israelí en Yenín (8-4-02), campo de entrenamiento del Hamas y la Yihad administrado por la ONU.
La prensa alemana e inglesa refirieron «la masacre de Yenín» como una posibilidad; la española, peor aún, planteó su certidumbre desde el comienzo. La criminalidad de Israel no requería de pruebas. Los diarios hablaban de «limpieza étnica» e incluso del «Holocausto de Yenín».
Cuando finalmente los medios de prensa entraron en Yenín, pudieron enterarse que no había habido ninguna matanza, sino una lucha mano a mano, ya que los israelíes habían evitado bombardear el campamento desde el aire a fin de minimizar la muerte de civiles. En la batalla, veintitrés soldados israelíes habían perdido la vida, así como cuarenta y ocho palestinos armados. Se destruyeron arsenales y laboratorios de explosivos preparados para suicidas.
Tras la rendición del bastión terrorista, centenares de palestinos se entregaron al ejército israelí y no hubo más muertes, salvo las que perpetraron los medios informando de un exterminio, mientras periodistas por doquier se lamentaban y se hacían colectas televisivas para ayudar a las familias de «las víctimas palestinas».
El nuevo mito judeofóbico ya había sido internalizado, así que cuando finalmente se mostró que el elevado número de soldados israelíes caídos había sido consecuencia del cuidado que el ejército hebreo había puesto en proteger a los civiles palestinos, entonces los medios se limitaron a abandonar el tema expeditamente.
Incluso cuando la ONU admitió que en Yenín Israel había procedido correctamente, la verdad debía ocultarse para no permitirle a Israel eludir su ubicuo rol de verdugo.
Nuevamente, su Secretario General Kofi Annan debió desdecirse (15-6-06) de sus declaraciones después de una reunión con el embajador israelí ante la ONU Dan Guilerman. Annan había rechazado la explicación israelí por «rara», pero luego tuvo la valentía de corregirse y admitió «haberse dejado arrastrar por una especulación periodística». Algo que la mayor parte de la población europea viene haciendo por décadas en lo concerniente a Israel.

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