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Francia redime su culpa por el «caso Dreyfus»

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El 12 de julio de hace 100 años, Alfred Dreyfus fue declarado inocente. Cuentan las crónicas que era un día de esos de primavera falsa en que París se esconde bajo una sábana de estaño. Como si la ciudad hubiese decidido enmascararse con una capa de oprobio color plomo. El 12 de julio de 1906, Alfred Dreyfus dejó de ser un hombre y se convirtió en un caso.

Este capitán del ejército francés había sido acusado de traición, en 1894, por los servicios de información franceses. Fruto de una conspiración que lo eligió como chivo expiatorio por ser judío, Dreyfus fue condenado a la deportación a perpetuidad en la Isla del Diabl (Guayana), donde queda recluido. Ya en 1896 se descubren indicios que apuntan a la culpabilidad del comandante Esterhazy, pero el Estado galo se niega a frenar el oscuro engranaje que propició la caída de Dreyfus. Dos años después, el 13 de enero de 1898, Émile Zola publica en «La Aurora» su célebre artículo «Yo acuso», en el que culpa a las autoridades de haber condenado a un inocente. La presión popular se dispara y se crea la Liga de los Derechos Humanos para defender la causa del capitán.

Debate nacional.

La cuestión quiebra el país en dos mitades, con el antisemitismo como telón de fondo y verdadera línea de división entre «dreyfusards» y «antidreyfusards». En la revisión del caso, en 1899, Dreyfus es incomprensiblemente condenado de nuevo, aunque se sabía que las pruebas en su contra habían sido falsificadas. La evidencia de su inocencia obligó a un indulto presidencial, pero Dreyfus debió esperar otros siete años, hasta 1906, para que la Justicia civil hiciera honor a su nombre, le absolviese y le devolviese su rango militar.

Francia no ha olvidado su culpa y sigue intentando redimirla, 100 años después. Para lavar eternamente la imagen de Dreyfus, circula la petición de varios intelectuales, apoyada por el ex ministro socialista Jack Lang, para que los restos de Dreyfus sean trasladados al Panteón.

Mientras diarios y revistas le dedican suplementos especiales, el Consistorio Judío dará inicio el martes, desde la misma sala del Tribunal Supremo en la que fue pronunciada su absolución, aquel 12 de julio de hace un siglo, al sinfín de actos previstos para honrar la memoria de este mártir de la Historia gala y europea.

La atención rediviva por el caso Dreyfus se explica porque condensa tres cuestiones que siguen de actualidad. El primero, las conspiraciones de Estado, como lo prueba el que la propia Francia viva estos días una nueva polémica sobre un posible espionaje político entre miembros del Gobierno. El segundo, la necesidad de una participación de la sociedad civil y de los intelectuales, figura que alcanzó toda su dimensión con Zola, en la vida política. Y, por último, la existencia de una discriminación, en este caso antisemita, como origen de la injusticia.

El gran rabino de Francia, Joseph Sitruk, ve en el caso Dreyfus un ejemplo de antisemitismo, una sombra que lleva siglos apostada en las esquinas de Europa y sigue hoy al acecho. «En aquella época, el antisemitismo se expresaba con vehemencia; ahora es menos intelectual, menos verbal, pero más violento», razona Sitruk, «hay jóvenes judíos que dudan si pasear por París con su kippa (gorro tradicional judío) por miedo a ser agredidos».

El 14 de junio, el Museo de Arte e Historia del Judaísmo inaugurará una exposición dedicada a Dreyfus y titulada: «El combate por la Justicia».

En ella se mostrarán numerosos archivos del caso, legados por la familia del capitán. El próximo 19 de junio, el Tribunal Supremo también recordará el proceso que condujo a la liberación del capitán Dreyfus.

Por Javier Gomez

De: La Razón Digital

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