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Shmuel Hadas. Terror y diplomacia.

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Uno de los resultados de la operación militar israelí Muro Defensivo ha sido el debate público en los territorios palestinos acerca de la necesidad de introducir profundas reformas en la Administración palestina, así como sobre la utilidad de la continuación de la lucha armada contra Israel. La operación ha actuado de catalizador para las demandas de reformas institucionales, lo que ha obligado a Yaser Arafat a prometer públicamente una administración de «firmes bases democráticas, donde impere la ley y una justicia independiente», cosas que estuvieron ausentes desde el inicio de su gestión a la cabeza de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). No faltan entonces razones para un escepticismo generalizado sobre la sinceridad de sus intenciones. Su Administración, donde la corrupción es congénita, tiene tres veces más funcionarios de lo necesario y su ineficiencia es proverbial. Cuando cinco años atrás una comisión parlamentaria juzgó necesaria la disolución de su corrupta burocracia, nada hizo Arafat para limpiarla de los funcionarios deshonestos. Arafat se ha rodeado de elementos cuya corrupción ignora y ellos le pagan con su lealtad, opinó recientemente un ex colaborador suyo. La campaña en favor de la reforma gana cada vez más apoyos. Pero además, ante los trágicos resultados de su gestión, muchos palestinos cuestionan hoy la sabiduría de la política de Arafat de «sangre y fuego» que ha transformado sus vidas en un infierno.

Crecen asimismo las presiones externas sobre Arafat. La Administración del presidente George W. Bush exige sobre todo la unificación de la docena de servicios de seguridad palestinos, que devoran más de un tercio del presupuesto de la ANP, intentando convencerle de poner fin a la proliferación de dichos servicios, principal causa de su inoperancia, y reducir su número a tres o cuatro como máximo, lo que «le permitiría gestionar con mayor éxito la campaña contra las infraestructuras terroristas». Estas propuestas difícilmente puedan implementarse en forma eficaz por cuanto una de las razones del exceso de servicios de seguridad ha sido el temor del propio Arafat de que pudiese surgir del seno de un organismo de seguridad fuerte alguien en condiciones de desafiar su liderazgo. Ariel Sharon, por su parte, exige ahora las reformas y el alejamiento de Arafat de la jefatura palestina como condición para negociar. También exige las reformas su principal financiera, una hasta ahora indulgente Unión Europea, así como Egipto y Arabia Saudí. Los propios palestinos demandan profundos cambios en su sistema de gobierno, aunque no ocultan su escepticismo, pues consideran que la rama ejecutiva (léase Arafat ) intentará dar largas al tema a fin de evitar su implementación. Algunos opositores ya calificaron las reformas propuestas como una «broma pesada». Según un sondeo publicado días atrás, el apoyo popular a Arafat descendió a un 35%.

Se habla de reformas que conduzcan al establecimiento de ramas de gobierno separadas: ejecutiva, legislativa y judicial. A la cabeza de los servicios de seguridad estaría un civil. El Ministerio de Finanzas sería reforzado a fin de que pueda adoptar un presupuesto y supervisar los gastos. El servicio civil, según los proponentes, debería «basarse en los méritos de los funcionarios y no en su lealtad política». Estados Unidos, Israel y muchos palestinos preferirían que el presidente de la ANP que surja de las próximas elecciones, que será seguramente el propio Arafat, sea una figura representativa y que los poderes ejecutivos se deleguen en un primer ministro, a lo que Arafat se opondrá porque no está dispuesto a renunciar a su poder absoluto (el presidente palestino acaba de congelar una ley que establece la creación de un sistema judicial independiente, pocos días después de su aprobación).

La operación Muro Defensivo con la que Israel pretendía «destruir la infraestructura terrorista» es ya solamente otro capítulo de la crónica del conflicto palestino-israelí, quedando demostrado nuevamente, si hacía falta, la incapacidad para poner coto al terrorismo mediante el uso de la fuerza. Israelíes y palestinos han vuelto a la letal e inacabable rutina de atentados terroristas y represalias. Si bien la operación ha dañado la capacidad de las organizaciones palestinas extremistas al capturar o eliminar a decenas de terroristas, entre ellos potenciales bombas humanas suicidas, está demostrado que su motivación es más alta que nunca. Se retorna gradualmente a la rutina viciosa de la violencia. Los actos terroristas contra la población civil israelí no cesaron (afortunadamente varios actos terroristas de gran magnitud fueron abortados a tiempo), mientras prosiguen las acciones militares israelíes que se concentran esta vez en la detención o la eliminación de dirigentes de las ramas armadas de las organizaciones fundamentalistas o de Al Fatah, considerados como inspiradores o ejecutores de actos terroristas. El atentado suicida palestino del miércoles último, que causó 17 muertos y decenas de heridos y la inevitable represalia israelí, anticipa otra escalada más en la espiral de la violencia.

No obstante, prosiguen las gestiones diplomáticas. Una interminable caravana de mediadores recorre la región tratando de ayudar en la búsqueda de la fórmula mágica que permita salir del atolladero. El presidente egipcio Hosni Mubarak y el primer ministro israelí han sido invitados a Washington. Mubarak lleva consigo un nuevo plan de paz. Sharon, su intención de convencer a sus anfitriones de que mientras Arafat lidere la ANP, poco o nada podrá avanzarse. Bush, por su parte, intentará convencer a Mubarak de que exija a Arafat que se enfrente con toda su energía al enloquecido terrorismo que actúa desde los territorios bajo su control, y a Sharon de la necesidad de ofrecer a los palestinos un «horizonte político». Las hesitaciones y la confusión en la política medio-oriental de la Administración del presidente George W. Bush, cada vez más criticada entre otros por la prensa estadounidense más influyente, causan profunda decepción entre quienes esperaban una mayor implicación suya que reconduzca las negociaciones entre palestinos e israelíes. Con todo, según acaba de trascender, Washington se apresta a anunciar un nuevo plan -el enésimo- según el cual Israel y la ANP avanzarían simultáneamente en todos los carriles, sobre todo el político, que se concretaría en la realización de la ya anunciada conferencia regional que tendría lugar este verano, posiblemente en Turquía, y en la que participarían, además de los países del Oriente Medio, los miembros del «cuarteto» (EE.UU., UE, Rusia y la ONU), a fin de «poner en marcha un proceso político ordenado» después de haberse establecido que el objetivo deberá ser un acuerdo permanente entre Israel y el futuro Estado palestino. El plan podría incluir un calendario.

Cada vez son más aquellos que consideran que el establecimiento de un Estado palestino y la normalización de sus relaciones con Israel no serán posibles mientras Sharon y Arafat lideren sus respectivos gobiernos. «Se ve la luz, ¿pero donde está el túnel?», se pregunta un diplomático estadounidense involucrado durante años en las negociaciones. Una situación como la actual -en la que ambas partes comprenden que debe llegarse a un compromiso pese a la violencia- es descrita así por el diplomático: «Todos sabemos ya cómo será la luz al final del túnel. Pero, ¿cómo introducir en su interior a Sharon junto a Arafat?». La reforma en la ANP que Sharon exige es interpretada como una táctica para demorar las negociaciones mientras prosigue en sus intentos de eliminar políticamente a Arafat. El líder palestino, por su parte, ante el temor a que su poder se vea menoscabado, intenta diluir unas reformas exigidas por más del 90% de los palestinos. «Cabe dudar de que en las actuales circunstancias Sharon acepte entrar al túnel junto a Arafat», escribe un comentarista israelí. Lo que es indudable es que el conflicto palestino-israelí no soporta un vacío diplomático: dar mano libre al terrorismo y a las consiguientes represalias sólo conseguirá que la luz al final del túnel no sea otra cosa que el resplandor de las llamaradas de un incendio que podría sacudir a Oriente Medio, envolviendo a cercanos y lejanos.

SAMUEL HADAS, analista diplomático. Primer embajador de Israel en España.Fte La Vanguardia

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