Itongadol.- Más de dos años después del inicio de la guerra, Gaza vuelve a cambiar. Hamás intenta restablecer su control, Israel busca que la desmilitarización se mantenga, y la comunidad internacional procura encontrar una fórmula para reconstruir y estabilizar el devastado enclave. Sobre el terreno, sin embargo —entre banderas de Qatar y Egipto en excavadoras y carpas levantadas sobre los escombros—, la mayoría de los gazatíes comparten un mismo sentimiento: un profundo agotamiento por la guerra y por la vida entre ruinas.
Según el mapa de la llamada “Línea Amarilla”, Israel controla actualmente más del 58% del territorio de Gaza. La ciudad sureña de Rafah permanece bajo control israelí total, mientras amplias zonas de Khan Yunis siguen siendo supervisadas por las Fuerzas de Defensa de Israel. En el norte, barrios como Beit Lahia y Shuja’iyya están nominalmente bajo supervisión israelí, pero muestran un resurgimiento de la presencia de Hamás a través de sus “fuerzas de seguridad”. Estados Unidos busca designar esas áreas controladas por Israel como “zonas seguras”, donde los gazatíes puedan vivir sin el régimen de terror de Hamás.
“Pensé que Hamás se iría”
Con el alto el fuego en vigor, los hombres armados de Hamás regresaron rápidamente a las calles de Gaza con uniforme completo. Las unidades de seguridad interna y la policía reaparecieron en los principales cruces, y las autoridades civiles locales —alcaldes, jefes de distrito y burócratas— retomaron su actividad. Hamás incluso nombró nuevos gobernadores, muchos de ellos excomandantes militares, y colocó carteles en los barrios que aún se mantienen en pie con el mensaje: “Devolveremos la vida a Gaza.”

Para los residentes, el mensaje fue tan claro como inquietante. “Pensé que después de todo el sufrimiento, Hamás nos dejaría en paz”, dijo Suliman, un habitante del centro de Gaza. “Pero no. Apenas terminó la guerra y la gente quiso volver a sus tierras, vimos a los hombres de Hamás por todas partes —algunos con uniforme, otros sin él—. Es como si nada hubiera pasado, como si volviéramos al 6 de octubre. La gente está decepcionada y asustada.”
Un joven gazatí dijo a Ynet que “si hubiera elecciones libres aquí, el 90% querría que Hamás desaparezca. Su resistencia solo trajo destrucción. Si insisten en quedarse, el mundo no los apoyará.”
Pese a la devastación generalizada, Hamás mantiene todavía una base de apoyo de alrededor de un tercio de la población, frente a casi el 50% antes de la guerra —una caída menor de la esperada, considerando el desastre que provocó—. Según una nueva encuesta del Centro Palestino de Opinión Pública (PCPO), el 71% de los gazatíes cree que “no hay ganador en esta guerra”. La mayoría ya no anhela la “resistencia”, sino estabilidad y supervivencia.
Hamás, sin embargo, ha declarado que no permitirá un “vacío de seguridad” en Gaza, aunque según el plan de Trump debía desarmarse y ceder el control. En cambio, ha lanzado una nueva campaña para reafirmar su dominio interno bajo el lema “restaurar la gobernanza y la seguridad”.
Las unidades internas de seguridad de Hamás, Sahm y Rad’a, lideran lo que los residentes llaman una “caza de colaboradores”. La campaña incluye ejecuciones públicas, arrestos, torturas y enfrentamientos con clanes y milicias rivales. Entre los objetivos se encuentran familias poderosas como los Dughmush y los al-Mujaida, acusadas de respaldar a grupos rivales como Abu Shabab y al-Astal.
“El problema”, dijo una fuente en Gaza, “es que muchos de esos clanes viven en zonas ahora bajo control israelí. Hamás solo puede atacar a sus enemigos donde aún tiene presencia en tierra; no dispara donde están las Fuerzas de Defensa de Israel.”
El periodista turco-árabe Yusuf Oglu señaló que Hamás intenta mostrar al mundo que puede gobernar como la Autoridad Palestina en Cisjordania: “Es su forma de probar que merece legitimidad internacional, incluso si eso implica matar a sus oponentes.”
El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, condenó la ola de ejecuciones y torturas públicas en Gaza, calificándolas como “crímenes atroces e inaceptables”.
“La gente que se entrega desaparece”
El destacado activista anti-Hamás Hamza al-Masri criticó la represión en una entrevista con Al Arabiya: “Nadie puede ser juez, gobernante y verdugo al mismo tiempo”, dijo. “En lugar de cazar personas en supuestas operaciones de seguridad, Hamás debería encontrar soluciones humanas para los miles que aún no tienen hogar.”
Al-Masri agregó: “Si Hamás realmente puede atrapar espías, debería empezar por los que están dentro de sus propias filas. ¿Cómo encontró Israel a Mohammed Deif? Alguien dio esa información. Esas son las preguntas importantes, no culpar a familias que perdieron a cientos de miembros en la guerra.”
En las últimas semanas, informes locales han descrito reuniones entre comandantes de las Brigadas al-Qassam y grandes clanes de Gaza para asegurar cooperación —o sumisión—. Cientos de jóvenes han sido reclutados nuevamente por las fuerzas internas de Hamás para “restablecer el orden”.
El grupo también lanzó una campaña llamada “Proyecto de Entrega Voluntaria”, que insta a los supuestos colaboradores a entregarse. Pero activistas gazatíes advierten que se trata de una trampa: “La gente que entra desaparece”, contó un residente a Ynet. “En algunos casos, sus cuerpos aparecieron dos días después.”
Pese al caos, la reconstrucción ha comenzado. En Khan Yunis y Deir al-Balah, excavadoras con las banderas de Qatar y Egipto despejan escombros, una pequeña señal de renovación. Según estimaciones de la ONU, unos 55 millones de toneladas de ruinas cubren actualmente la Franja, y 425.000 viviendas están parcial o totalmente destruidas. El costo de reconstrucción se estima en 70.000 millones de dólares.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) informó en una conferencia en Ginebra que “varios Estados árabes, Estados Unidos y Europa han mostrado indicios positivos de apoyo”, pero advirtió que el proceso será “largo, complejo y lleno de desafíos”.
El presidente Donald Trump ha pedido un esfuerzo regional de reconstrucción que involucre a EE.UU., Israel, Estados árabes e inversores privados, con la visión de una Gaza futurista con zonas industriales y conexiones ferroviarias. Pero funcionarios de seguridad israelíes temen que Hamás desvíe los fondos extranjeros —especialmente los provenientes de aliados como Qatar y Turquía— para reconstruir su infraestructura militar y su red de túneles.
Por ahora, cientos de miles de gazatíes viven en carpas, escuelas o refugios improvisados de plástico, e incluso entre las ruinas de sus casas. “Vivimos dentro de lo que solía ser nuestra casa”, dijo una mujer de Shuja’iyya a Reuters. “No hay agua, ni electricidad, solo polvo y recuerdos.”
Mientras tanto, las desigualdades económicas vuelven a crecer. Los funcionarios de Hamás, comerciantes vinculados a la organización y las élites locales tienen acceso a bienes y electricidad, mientras los ciudadanos comunes apenas pueden comprar pan. La ONU advierte que las recientes caídas en los precios de los alimentos podrían ser temporales: “Sin un sistema civil de suministro estable, Gaza podría regresar rápidamente a la escasez severa y a una dependencia total de la ayuda internacional.”
En medio de la desesperación, surgen informes alarmantes sobre mujeres que reciben propuestas sexuales a cambio de alimentos o asistencia. “Nuestra sociedad se está derrumbando, moral y económicamente”, dijo un activista gazatí. “No hay dinero, no hay trabajo, no hay futuro. Solo sobrevivir.”
Autora: Lion Ben Ari
Fuente: Ynet

