Inicio CULTURA Murió la poetisa Tamara Kamenszain: se va al cielo de los grandes

Murió la poetisa Tamara Kamenszain: se va al cielo de los grandes

Por Iton Gadol
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Autora de una obra excelsa, fue celebrada por lectores y pares. Perteneció a la generación de la transición democrática. Tenía 74 años.

Cuando rememoraba la entrevista que una vez, en sus años de ejercicio del periodismo, le había hecho al novelista estadounidense William Burroughs, Tamara Kamenszain recordaba una frase que la había impactado: «No se puede escribir sin ser interrumpido por la vida». Ahora es la noticia de su muerte -inesperada y fulminante- la que impacta de lleno: la escritora falleció este miércoles a sus 74 años, a causa de un cáncer.

Grandísima poeta, recuperó la palabra «poetisa». Lo explicó: «Poetisa es una palabra dulce, que dejamos de lado porque nos avergonzaba, y sin embargo, ahora vuelve en un pañuelo que nuestras antepasadas ataron a la garganta de sus líricas roncas».

Fue también ensayista, docente, bibliotecaria, periodista, editora, brevemente una estimulante gestora cultural en el Centro Ricardo Rojas a comienzos de los 90: Kamenszain deja como legado una obra con la que se ganó un lugar en el cielo de los grandes autores latinoamericanos y que es material de estudio en universidades de Latinoamérica, Europa y Estados Unidos.

Pero sobre todo, deja la huella de su mirada lúcida y sensible. Sus poemas y ensayos nos empujan a sentir sin dejar de pensar, de revisitar, de contextualizar: son textos que hieren, como le gustaba decir, en el sentido en que definía Roland Barthes al impacto estético.

«El llama a esa herida ‘el punctum’. Si usáramos el controvertido ‘me gusta-no me gusta”’, te diría que ese estímulo que me provocan algunos productos del arte es mi termómetro de si algo me gustó o no», definía en 2020.

«Si eso no me pasa con un libro, con un cuadro, una obra de teatro o una película, si no me despierta ganas de escribir es que no me tocó, no me hirió…Y el summum es cuando no solo me estimuló a escribir lo mío, sino que también y sobre todo, me estimuló a escribir a secas».

Había nacido en Buenos Aires, en 1947. Sus libros de poesía -en La novela de la poesía quedaron reunidos en un solo tomo sus diez libros dedicados al género-, le valieron entre otros reconocimientos el Konex de Platino en 2014, el Premio de la Crítica de la Feria del Libro, el Primer Premio de Poesía Festival de la Lira, el Primer Premio Municipal de Ensayo, la beca de la Fundación John Simon Guggenheim y la Medalla de Honor Pablo Neruda del Gobierno de Chile.

Fueron traducidos, además, a diversos idiomas, entre ellos el inglés, francés, portugués, alemán e italiano.

Entre sus ensayos, figuran El texto silencioso (1983), La edad de la poesía (1996), Historias de amor y otros ensayos sobre poesía (2000); La boca del testimonio (2007) y Una intimidad inofensiva. Los que escriben con lo que hay (2016).

​Mientras que en El libro de Tamar, publicado por Eterna Cadencia en 2018 y con el que incursionó en la narrativa, encaraba sus propias memorias autobiográficas y las de una generación de autores que había hecho su irrupción en escena en los 70 y se vio atravesada por la experiencia trágica de la última dictadura.

En 1978, ella había conocido en carne propia la experiencia del exilio: viajó a México, junto al escritor Héctor Libertella, que fue su marido: «Eramos muy jovencitos y fue una época maravillosa para nosotros, allá, donde es muy respetado el trabajo de los escritores» recordaba en relación a aquellos años.

El último libro de la autora -que en sus últimos años, ejercía como Profesora Titular en la Carrera Artes de la Escritura de la UNA-, dedicado a la escritora mexicana Margo Glantz, se llama Chicas en tiempos suspendidos, y fue publicado por Eterna Cadencia en junio de este año.

«Las mujeres no escribimos para convencer a nadie -se lee en el primero de los poemas de la serie-. Por eso la poetisa que todas llevamos dentro busca salir del clóset ahora mismo, hacia un destino nuevo que ya estaba escrito y que al borde de su propia historia revisitada, nunca se cansó de esperarnos.»

Mientras que en el anterior a ese, Libros chiquitos, de Ampersand -bajo ese título se había propuesto «bajar la pretensión de solemnidad y ‘grandeza’ que puede suponer dar cuenta de las propias lecturas-, habia encarado el repaso de su formación lectora y como poeta.

La generación
Integrante de una generación que también tuvo entre sus referentes a Arturo Carrera y Néstor Perlongher, reconocía a Alejandra Pizarnik, Fogwill, Héctor Viel Temperley, César Vallejo, José Lezama Lima, Mariano Blatt, Paul Celan, Witold Gombrowicz y Nicanor Parra como autores claves de su formación, en ese ejercicio de repensarse en presente.

Un camino en el que también la asaltaban -y no pocas veces- los recuerdos de amigos entrañables, como Enrique Pezzoni o Josefina Ludmer y de Héctor Libertella, con quien tuvo dos hijos; Mauro y Malena.

El libro también daba cuenta, en el marco de ese proceso siempre dinámico que es la producción poética en Argentina, de la suerte que corrieron -y corren- las autoras mujeres.

Sus años al frente del área de Literatura del Centro Cultural Rojas se actualizaban en menciones recurrentes compartidas con Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese y Fernando Noy, entre otros, y referencias a poetas como Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Rubén Darío, Marosa di Giorgio. En su momento, la habían atraído las estéticas como la del underground de los años 80, a la que quedó afectivamente asociada.

​Sus libros, de poesía y ensayo, circulan traducidos en numerosos idiomas, entre ellos el inglés, francés, portugués, alemán e italiano.

«Leer y escribir es una dupla que solo puede separarse cuando se levanta la cabeza de las páginas ajenas para volver a inclinarla en las propias», decía. Hasta ese punto se entramaban a lo largo de su historia el placer por la lectura y su vocación de autora.

No renegaba de los géneros, si lo que tocaba era leer o escribir. Tampoco la desvelaba el reconocimiento: su compromiso con la literatura -con la escritura, que además era un trabajo, en los hechos- era íntimo y estético, y por ende inclaudicable.

Decía, en su última entrevista con Clarín: «Leer por dinero para mí es una parte esencial del hecho de leer. No tengo esa creencia romántica de que los escritores no tenemos que tener otros trabajos -como el periodismo, la enseñanza, la edición, etcétera- porque se echaría a perder su vocación. A mí todos ellos me ayudaron en el camino bajándome a tierra, alejándome de las mistificaciones y de la actitud de supuesta pureza de lo artístico. De todos saqué y sigo sacando, además de dinero para sobrevivir, más frutos que los que hubiera obtenido de haber estado dedicada siempre exclusivamente a la literatura».

Por Verónica Abdala – Fuente: Clarín

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