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La descolonización de Sion: El Pesaj de la historia universal

Por Gustavo Beron
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Itongadol/Agencia AJN (Por León J. Halac).- Hay palabras que el mundo repite tanto que pierden su significado original. «Colonialismo». «Descolonización». «Resistencia». «Ocupación». En el debate sobre Israel y Palestina, esas palabras se usan con una seguridad que intimida —como si la discusión estuviera cerrada, el veredicto dictado y cualquier argumento contrario fuera sospechoso. Pero la verdad a veces es opuesta a su apariencia.

Este artículo propone algo simple y perturbador: leer la historia como es, no como la narrativa dominante la presenta. Y cuando se hace ese ejercicio con honestidad, la conclusión es inevitable: la creación del Estado de Israel en 1948 no fue un acto de colonialismo. Fue, en sentido estricto e histórico, el acto de descolonización más extraordinario de la historia humana. El premio a la mayor perseverancia conocida en el amor a una tierra.

Y no es casualidad que este artículo se publique en Pesaj. Porque Pesaj es la descolonización. La primera de la historia documentada: la salida de Egipto, la liberación de la esclavitud, el camino hacia la tierra prometida. Lo que ocurrió en 1948 fue, en el fondo, el mismo acto. El Pesaj de la historia universal.

El comienzo: año 3174 (586 AEC)

En el año 3174 (586 AEC), el rey babilónico Nabucodonosor II destruyó el Templo de Salomón en Jerusalem —el 9 de Av del calendario hebreo— y deportó al pueblo judío a Babilonia. Fue la primera gran colonización de la tierra de Israel. No sería la última.

La tradición judía preserva una coincidencia que la historia no puede ignorar: ambos Templos fueron destruidos el mismo día del calendario hebreo. El Primero por Babilonia en el año 3174 (586 AEC), y el Segundo por Roma en el año 3830 (70 EC). Dos destrucciones, dos colonizaciones, separadas por 656 años —el mismo 9 de Av—. Como si la historia quisiera subrayar la continuidad del mismo pueblo y el mismo dolor.

Pero lo que ocurrió en las orillas de los ríos de Mesopotamia fue algo que ningún colonizador había logrado producir en ningún pueblo conquistado antes ni después: en lugar de disolverse en la cultura dominante, los judíos deportados escribieron uno de los textos más desgarradores de la literatura universal. El Salmo 137:

«Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentamos y lloramos al recordar Sion.
En los sauces de sus orillas colgamos nuestras arpas.
Los que nos tenían cautivos nos pedían que cantáramos…
¿Cómo cantar los cantos del Señor en tierra extraña?
Si me olvidara de ti, Jerusalem, que se paralice mi mano derecha.»

No es nostalgia. Es un juramento pronunciado 26 siglos antes del Estado de Israel.

Veinte siglos de diáspora continua

Lo que siguió a Babilonia fue una cadena de conquistas sobre la misma tierra. Los persas bajo Ciro el Grande permitieron el regreso —primera descolonización parcial— y la construcción del Segundo Templo. Luego vinieron los griegos bajo Alejandro Magno y sus sucesores seléucidas, que intentaron helenizar la región y profanaron el Templo. La revuelta de los Macabeos fue otra descolonización, exitosa durante un siglo.

Luego vino Roma. En el año 3830 (70 EC), el general Tito incendió el Segundo Templo. De él queda en pie solamente la sección oriental de la muralla que lo rodeaba: el actual Muro de las Lamentaciones. Roma renombró la tierra: de Judea a «Palestina» —nombre derivado de los filisteos, enemigos históricos de Israel—, en un acto deliberado de borrar la identidad del pueblo conquistado. Renombró también Jerusalem como «Aelia Capitolina» y prohibió a los judíos entrar a la ciudad.

Luego la conquista árabe islámica en el siglo VII. Luego los cruzados. Luego los mamelucos. Luego el Imperio Otomano durante cuatro siglos. Luego el Mandato Británico.

Cada conquista sobre la misma tierra. Cada uno llamándola por un nombre diferente. Ninguno logrando que el pueblo que había vivido allí durante milenios olvidara que era su tierra.

La perseverancia más documentada de la historia

Aquí está el argumento más poderoso —y el más ignorado—. Durante esos 26 siglos de vínculo con la tierra y 20 siglos de diáspora continua, el pueblo judío no guardó silencio ni resignación. Mantuvo un vínculo con su tierra que ningún movimiento de descolonización en la historia puede igualar en continuidad, en profundidad y en documentación pública.

La plegaria del Amidá —rezada tres veces al día durante dos milenios— incluye una bendición específica pidiendo el regreso a Sion y la restauración de Jerusalem. Tres veces al día. Todos los días. Durante veinte siglos. En cada sinagoga del mundo, desde Varsovia hasta Bagdad, desde Amsterdam hasta Buenos Aires.

El Birkat Hamazón —la bendición después de cada comida— incluye una plegaria por la reconstrucción de Jerusalem. Después de cada comida, durante dos mil años.

El calendario judío entero está estructurado alrededor de la Tierra de Israel: las festividades agrícolas corresponden a las estaciones de Palestina, no del lugar donde vivían los judíos. Un judío en Polonia en el siglo XII celebraba la cosecha de una tierra que no había visto pero que su fe le decía que era suya.

«El año próximo en Jerusalem», pronunciado al final de cada Pesaj y cada Yom Kippur, durante veinte siglos.

Y la frase que cierra los dos momentos más solemnes del año judío —el final de la Hagadá de Pesaj y el final de Yom Kippur, el Día del Perdón—: «El año próximo en Jerusalem».

No como metáfora. No como poesía. Como programa. Como compromiso renovado año tras año, generación tras generación, durante veinte siglos de exilio.

Ningún pueblo colonizado en la historia mantuvo durante tanto tiempo, con tanta constancia ritualizada y pública, la memoria y la aspiración de retornar a su tierra.

Los argelinos no rezaron por Argel durante 26 siglos. Los indios no terminaron cada festividad sagrada con «el año próximo en Delhi».

El sionismo no inventó el vínculo con Sion. Lo heredó.

La descolonización que nadie llama descolonización

En 1948, después de 26 siglos de vínculo ininterrumpido con su tierra y 20 siglos de diáspora continua, el pueblo que había sido expulsado por Babilonia, subyugado por Roma, dispersado por el islam, masacrado en las Cruzadas, exterminado en Europa, volvió a su tierra y estableció un Estado soberano en el mismo lugar, con el mismo nombre, en la misma lengua, con la misma capital y con los mismos textos sagrados que tenía hace tres mil años.

Es el único caso en la historia humana de una descolonización exitosa después de 20 siglos de diáspora continua. Y es el único caso en que el colonizado fue llamado colonizador.

Los verdaderos colonizadores sucesivos de esa tierra —Babilonia, Roma, el califato árabe, los cruzados, los mamelucos, los otomanos, Gran Bretaña— nunca recibieron ese nombre. El único pueblo que tenía título histórico, lingüístico, religioso y cultural ininterrumpido sobre esa tierra es el único al que se le aplica el término.

La inversión: cómo ocurrió

No fue accidental. Fue deliberada, sofisticada y extraordinariamente eficaz.

En los años 50 y 60, el mundo estaba en plena descolonización —África y Asia se liberaban del dominio europeo— y el lenguaje anticolonial tenía una carga moral irresistible. La Unión Soviética, en su competencia con Occidente por influencia en el mundo árabe, tomó ese lenguaje y lo invirtió quirúrgicamente.

El instrumento fue la redefinición del sionismo. Un movimiento de liberación nacional que tenía 26 siglos de historia documentada fue reencuadrado como herramienta del imperialismo occidental. El pueblo que había sufrido la colonización más larga de la historia fue presentado como el colonizador. Una forma de antisemitismo. Quizás la más sofisticada de todas.

La narrativa prendió en las universidades occidentales, en los medios de comunicación, en los movimientos de izquierda. Y se consolidó tanto que hoy, cincuenta años después, se enseña en muchas aulas como verdad establecida.

Israel no es perfecto. Ningún Estado lo es. Pero la crítica legítima es diferente de la negación del derecho a existir. Y la negación del derecho a existir de Israel es, históricamente, la negación del derecho a existir del pueblo más perseverante en su amor a una tierra que la historia conoce.

Este Pesaj, siendo igual a todos, será distinto.

El pueblo judío está culminando un doloroso proceso que comenzó el 7 de octubre de 2023.

Solo la Mano de D’os pudo estar detrás de la destrucción de la mayor amenaza al pueblo judío.

Que Hashem mantenga dentro de Su Palacio las almas de quienes no murieron en vano.

Que Hashem proteja a los dirigentes judíos y no judíos que fueron Su instrumento.

חַג פֶּסַח שָׂמֵחַ

Feliz Pesaj. El año próximo en Jerusalem.
Todos los años en Jerusalem.

Fuentes

Resolución 181 de la ONU (1947):
https://www.un.org/unispal/document/auto-insert-49952/

Templo de Salomón y deportación a Babilonia — Wikipedia:
https://es.wikipedia.org/wiki/Templo_de_Salom%C3%B3n

Cautiverio de Babilonia — Wikipedia:
https://es.wikipedia.org/wiki/Cautiverio_de_Babilonia

Salmo 137 — Biblia Hebraica

Diáspora judía — Wikipedia:
https://es.wikipedia.org/wiki/Di%C3%A1spora_jud%C3%ADa

Resolución ONU 3379 (1975) — revocada por Resolución 46/86 (1991)

Acuerdo Faisal-Weizmann (1919) — Archivo ONU:
https://www.un.org/unispal/document/auto-insert-207006/

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