Itongadol.- «Antes de la creación del mundo ya existía la Torá: el plano espiritual y moral de toda la existencia. Nuestros sabios lo expresan con una frase profunda: ‘Di-s miró la Torá y creó el mundo’” (Bereshit Rabá 1:1).
Desde Adam Harishón (Adán, el primer hombre) hasta el Monte Sinaí, la historia humana fue un recorrido de búsqueda, caída, reconstrucción y propósito, hasta llegar al momento en que la voluntad Divina se reveló abiertamente en la entrega de la Torá.
La esclavitud en Mitzraim (Egipto), el sufrimiento, los milagros y finalmente la salida hacia la libertad tuvieron un objetivo central: llegar al Monte Sinaí y recibir la Torá.
Sin embargo, la entrega de la Torá no fue solamente un acontecimiento histórico para el pueblo judío. Fue también un momento de alcance universal. El propósito final de la creación es transformar este mundo en una morada para Hashem (D’s): un mundo de bondad, justicia, conciencia espiritual y luz, donde la chispa divina presente en cada ser humano pueda revelarse plenamente y no permanezca “prisionera” detrás de la oscuridad, el egoísmo o la violencia.
En el Monte Sinaí, el pueblo judío recibió la Torá, incluyendo los Diez Mandamientos y las 613 mitzvot (preceptos). Paralelamente, para toda la humanidad fueron reafirmadas las Siete Leyes de Noaj (Noé), consideradas principios éticos y morales universales mínimos para construir una sociedad sana y civilizada.
A partir de allí, la Torá propone una manera de vivir basada en la santidad, el respeto y la responsabilidad moral. Desde esta visión espiritual, ciertas conductas son entendidas como incompatibles con esos valores. Pero la Torá también enseña con claridad que ninguna diferencia de pensamiento o estilo de vida debe transformarse en odio, humillación o violencia hacia otra persona.
Toda persona merece dignidad, ayuda y contención. Cuando alguien atraviesa conflictos emocionales, identitarios o espirituales, la respuesta debe ser el acompañamiento humano y la sensibilidad, nunca el rechazo ni la agresión.
Precisamente por eso, muchas personas sienten hoy una dificultad genuina frente a algunas manifestaciones públicas contemporáneas que son presentadas como símbolos de orgullo o libertad. En ciertos desfiles o marchas pueden aparecer excesos, desnudez, consumo de drogas o expresiones de provocación extrema que, desde una mirada espiritual y tradicional, generan preguntas profundas sobre qué tipo de valores culturales estamos promoviendo como sociedad.
La inquietud no necesariamente nace del rechazo hacia las personas, sino de la sensación de que, en nombre de la libertad, a veces se termina celebrando aquello que puede alejarnos de la modestia, la salud emocional, el equilibrio interior y los valores familiares.
Por eso, el verdadero desafío de nuestra generación es poder hablar de estos temas con profundidad, sensibilidad y honestidad, sin caer ni en el odio ni en la confusión moral; sosteniendo al mismo tiempo la compasión humana y la claridad espiritual.
En este contexto, las enseñanzas del Rebe de Lubavitch, Menachem Mendel Schneerson, adquieren una relevancia especial. El Rebe habló reiteradamente de nuestra época como la generación de la Gueulá (Redención): un tiempo en el que la dimensión más profunda y luminosa de la Torá comienza a revelarse cada vez más en el mundo.
Su mensaje no apuntaba a dividir a las personas, sino a elevarlas. Enseñó que cuando nos encontramos con un Yehudí (judío), ese encuentro debe servir para crecer en Torá y mitzvot; y cuando nos encontramos con una persona no judía, debemos ayudarla a conocer las Siete Leyes de Noaj, fortalecer los actos de bondad y profundizar el respeto hacia los demás y hacia los padres. La meta era construir un mundo con más conciencia moral, más bondad y más conexión con Di-s.
No se trata solamente de recordar un hecho ocurrido hace miles de años en el Monte Sinaí, sino de comprender que cada año recibimos nuevamente la Torá y una nueva energía espiritual desciende al mundo. Por eso se nos invita a profundizar el estudio de la Torá y prepararnos para la era de Mashíaj (El Mesías): una era de renovación, revelación espiritual, paz y conciencia divina, donde la humanidad pueda vivir con más bondad, justicia, unidad y propósito.
El ser humano no está en este mundo únicamente para existir, sino para revelar luz, elevar la realidad y ayudar a transformar el mundo en un lugar más ético, más humano y más espiritual.
Lorena Sued
United for Eternal Peace

