En los 40 minutos más importantes del año, el Madrid se levantó 32 veces desde el 6.25. En tiros de dos lo hizo ocho veces menos. Aunque increíble, sólo es el comienzo de la cruel hoja estadística. De sus 32 triples, sólo anotó seis y en los últimos 30 minutos lanzó 18 tiros de dos para 8 aciertos. Hipotecó la final de la ULEB porque concedió 31 puntos en el tercer cuarto y porque sólo se sintió medianamente seguro desde la personal, donde sumó 30 de sus 72 puntos. Una curiosa manera de despreciar el título que le hubiera abierto las puertas de la Euroliga.
La afición del Hapoel brindará por el primer título continental de su equipo, por la tercera copa de unas modestas vitrinas. Incluso lo festejará el Mosad. Todos asistieron al drama y la farsa madridistas. Willie Solomon, la estrella estadounidense, la que ha mantenido con 24 puntos de media al grupo hebreo durante esta Copa ULEB, cometió la tercera falta al comienzo del segundo periodo y sólo pudo disputar 21 minutos de la final. Dio igual. El abandono blanco, el naufragio del juego interior y de la defensa, la dejación de funciones de Fotsis, Mumbrú o Kambala, el desprecio por el rebote defensivo arrojaron los esquemas de Lamas al fango. Enfrente, el pívot más alto medía 2.02.
Tomadas las medidas a las torres judías en la rueda de calentamiento, Burke se atrevió incluso a ganar el salto inicial y el Madrid anotó sus primeras tres canastas desde abajo. Todo marchaba de acuerdo a los parámetros de una final, con miedos varios y fallos contínuos. Fotsis machacó el aro en el minuto 9 y en el marcador del Spiroudome, el pabellón dedicado al inolvidable botones pelirrojo del cómic, se leía 15-11, la mayor y última ventaja blanca.
El segundo cuarto anunció las constantes del naufragio blanco. Nada más arrancar, Solomon sumó su tercera falta, pero su marcha al banco no fue óbice para un parcial de 0-13. Lamas paró el partido y ordenó calentar muñecas a sus tiradores. Hasta el descanso, Herreros (1 de 6), Fotsis (0 de 3) y compañía intentaron hasta 12 triples para tres aciertos. La obcecación chocaba con la sencilla receta del Hapoel, que con una defensa rayana en la ilegalidad cerró los huecos en la zona, sumó personales sin temor, apostó por el juego abierto de sus hombres altos y por transiciones rápidas. Sólo Bennett, que recibió 9 faltas antes del descanso, mostró su vergüenza.
Todavía no había llegado el turno de Kelly McCarty, un jornalero de Mississippi de 28 años que sólo había vivido el perfil amargo del baloncesto. Con una aparición marginal en los Denver Nuggets (1998), emigró a Israel y cinco años después encontró un resquicio para mostrarse. El de la gloria de los tiradores. 15 puntos (3 triples) en el tercer periodo para sentenciar la final, mano a mano con Doron Sheffer, el otro protagonista de la noche. El escolta de 31 años se ciñó la batuta de dirección, dio el ritmo adecuado y remató con nueve puntos y la sensación de dominio absoluto (49-66 en el minuto 28). El resto, el arreón de orgullo y los sudores del Madrid, pertenecen al territorio de la impotencia y el olvido.

