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Alemania: el nuevo antisemitismo

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BONN
El atentado contra una sinagoga de Estambul y el incendio de un colegio judío en las afueras de París, ocurridos en noviembre pasado, agravaron sensiblemente la situación de los judíos de Occidente, especialmente en los países donde existen importantes núcleos de población musulmana, como Francia y Alemania (5 y 2,5 millones, respectivamente). En esta última, según los datos del ministerio del interior, en el último año se registraron 1594 acciones antisemitas en todo su territorio (en su mayor parte profanación de cementerios y pintadas nazis).
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De acuerdo con una encuesta realizada a fines de 2002 por el Comité Judío-Norteamericano, un 17 por ciento de los alemanes no desea tener como vecinos a personas de orígen judío, un 35 por ciento cree que éstos le asignan a la venganza un papel más importante que otros pueblos, un 45 por ciento está convencido de que tienen una gran influencia en los asuntos mundiales y un 52 por ciento cree que utilizan el recuerdo del Holocausto en beneficio propio.
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A primera vista, parecería que estas actitudes poco tienen que ver con el antisemitismo tradicional: según el semanario Die Zeit, también un alto porcentaje de alemanes desconfía de la influencia excesiva de las iglesias luterana, católica y calvinista (22%), de los sindicatos (32%), los partidos políticos (42%), los bancos (61%) y los medios de comunicación (70%). Las manifestaciones antijudías de la actualidad, de hecho, parecen responder antes a la lógica del conflicto en Medio Oriente que a una dinámica propiamente europea. Al igual que en Francia, la mayoría de los actos antisemitas en territorio alemán no son realizados por la ultraderecha sino por jóvenes árabes enfurecidos por la política israelí en Palestina.
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Otro dato novedoso a tener en cuenta es que, en la jerarquía del racismo contemporáneo, los judíos han sido desplazados por otros grupos (como queda demostrado por la propaganda antiinmigratoria de Jean-Marie Le Pen, Joerg Haider y Umberto Bossi). Las encuestas también lo confirman: entre los grupos que una mayoría de alemanes no desea tener como vecinos, los judíos son mencionados sólo después de gitanos, árabes, turcos, africanos y polacos.
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Lo viejo y lo nuevo
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Sin embargo, también hay señales de una peligrosa convergencia entre el antisionismo reciente y el antisemitismo tradicional. El escándalo protagonizado el año último por el diputado Martin Hohmann, expulsado del bloque parlamentario de la Unión Cristiana Demócrata por sus declaraciones injuriosas en un discurso, produjo no sólo una crisis que casi divide a la principal fuerza de oposición sino que también pone de manifiesto hasta qué punto el antisemitismo parece haberse vuelto algo tolerable e incluso de moda en círculos sociales «respetables».
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El 3 de octubre, en un discurso para conmemorar la reunificación pronunciado ante sus electores del distrito de Neuhof (en el católico y conservador estado de Hesse), Hohmann se refirió a los judíos como un Täter-Volk, es decir, como un pueblo culpable de crímenes aberrantes. Para justificar sus dichos, citó la participación de bolcheviques de origen judío en los crímenes del comunismo. Desde 1949, la Ley Fundamental de la República Federal y la cultura política de la posguerra garantizan la libertad de expresión en tanto y en cuanto ésta no sea utilizada en apologías de valores antidemocráticos. Asimismo, en Francia y otros países europeos (y a diferencia de los Estados Unidos), negar los crímenes del nazismo es una violación a la constitución. Aunque Hohmann no hizo tal cosa, sí los «relativizó» a través de comparaciones falaces y profirió dichos que contribuyen a la discriminación y que resultan inaceptables en un representante de la principal institución política de la república: el Bundestag.
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El diputado conservador no sólo no se retractó sino que, ante las críticas, recibió la adhesión del brigadier general Reinhard Günzel, jefe de un cuerpo de elite del ejército. Aunque la actitud del militar desató una vez más, y ahora con más fuerza, la discusión sobre el compromiso del ejército (Bundeswehr) con los valores democráticos, la rápida reacción del gobierno, que lo dio de baja, parece haber cerrado el conflicto potencial con unas fuerzas armadas en las que la coalición rojo-verde ha confiado una parte importante de su política exterior.
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Pero con Hohmann las cosas se complicaron, ya que no había coincidencia en su propio partido. Como señalaron algunos medios, quizá lo mas grave de todo el episodio haya sido la reacción de la dirigencia de la CDU, cuya lentitud alimentó la sospecha de que el partido toleraba las actitudes xenófobas de sus miembros. Pasaron los días sin que su presidente Angela Merkel adoptara una posición clara, quizá porque sabía que la expulsión de Hohmann causaría una crisis interna. Finalmente, la mayoría de los 195 diputados demócratacristianos votó por la separación del diputado de su bloque parlamentario, aunque un número importante (44) se opuso o se abstuvo. De hecho, Hohmann logró conservar su banca como representante extrabloque.
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Instituciones como el Centro de Estudios sobre el Antisemitismo y el Consejo Central Judío de Alemania advirtieron sobre lo preocupante del episodio, ya que estos actos no provenían de los medios violentos pero políticamente irrelevantes de skinheads sino de los ambientes moderados de la sociedad. La amenaza que plantea este antisemitismo reside en el hecho de no ser un fin en sí mismo (susceptible de ser aislado y combatido con instrumentos políticos y jurídicos) sino, más bien, la expresión de tendencias subyacentes de la cultura política y de la identidad nacional alemanas. Al referirse a los judíos como un Täter-Volk, Hohmann invertía la asignación de responsabilidades por los crímenes de los totalitarismos del siglo XX.
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Aunque este tipo de posturas revisionistas no son nuevas, sí lo es el contexto en que se expresa. Lejos de ser un hecho aislado, el caso Hohmann sólo se comprende en relación con el fuerte rechazo que la política en Palestina del primer ministro israelí, Ariel Sharon, genera entre los europeos, y que ha hecho perder a muchos alemanes (y franceses) los pruritos para criticar abiertamente a Israel, al punto de equipararlo con un régimen fascista y genocida.
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Hohmann dijo lo que dijo a sabiendas de que el Estado israelí ya no cuenta con la simpatía de la población alemana. Pero no estaba pensando en Israel sino en Alemania cuando hizo sus declaraciones. Es aquí donde el antisemitismo tradicional se cuela por entre los resquicios del antisionismo. Las imprevistas ramificaciones del caso Hohmann ilustran a la vez el quiebre de la cultura política de la Alemania de posguerra y el surgimiento de una nueva (aunque todavía poco articulada) conciencia histórica. Como quedó claro en el tema de la guerra contra Irak, los alemanes ya no se perciben como los aliados incondicionales de los Estados Unidos, una tradición vigente durante toda la Guerra Fría. Esta mayor independencia en política exterior se acompaña de una visión del pasado mayormente desprovista del sentido de responsablidad que los crímenes del nazismo impusieron a las generaciones de posguerra. Hoy una mayoría de los alemanes ya no se ve a sí misma como una nación de culpables, como en el pasado, sino como una nación de víctimas (Opfer-Volk). Este cambio queda demostrado por el número creciente de novelas, ensayos y foros de opinión dedicados a las víctimas «olvidadas» de los bombardeos angloamericanos o a las mujeres violadas por las fuerzas de liberación soviéticas. Cada vez son más las voces que se alzan exigiendo la conmemoración oficial de estas víctimas anónimas, de la misma manera en que se honran a los otros grupos perseguidos por el Tercer Reich. Si, por un lado, este reclamo de reparación histórica parece justo, lo grave es que se haga recurriendo al arsenal de estereotipos antisemitas en momentos en que la crisis en Medio Oriente hace cada vez más precaria la situación de los judíos en el mundo. Queda aún por ver si la sociedad alemana y las del resto de Europa serán capaces de contrarrestar la proliferación de manifestaciones antisemitas sin que ello menoscabe el derecho a criticar a Israel como Estado nacional soberano. En el caso de Alemania, para ser consecuente, la crítica debería extenderse no sólo a la dirigencia islámica sino también a la política chechena de Vladimir Putin, con quien el canciller Gerhard Schröder mantiene una relación especial.
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Por Andrés Reggiani
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El autor es investigador del Departamento de Historia de la Universidad Torcuato Di Tella. Fte La Nacion

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