Inicio Opinión El alivio de sanciones a Irán podría abrir la puerta a una amenaza mayor en Medio Oriente – Opinión

El alivio de sanciones a Irán podría abrir la puerta a una amenaza mayor en Medio Oriente – Opinión

Por Gustavo Beron
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Itongadol/Agencia AJN (Por Amichai Chikli).- La República Islámica de Irán no es un Estado común. Se trata de una dictadura revolucionaria con aspiraciones expansionistas cuyo objetivo declarado ha sido durante décadas exportar su revolución más allá de sus fronteras.

Durante más de cuarenta años, el régimen iraní ha engañado sistemáticamente a la comunidad internacional, financiado organizaciones terroristas, llamado a la destrucción de Israel y reprimido brutalmente a sus propios ciudadanos. Sin embargo, una vez más, parte de Occidente parece dispuesto a interpretar señales tácticas como si fueran una transformación genuina.

Ese es el error que se está cometiendo hoy.

Irán juega una partida a largo plazo. Sus dirigentes entienden que las concesiones temporales pueden generar beneficios estratégicos permanentes. Por eso, cualquier alivio de sanciones económicas no debe verse como un simple gesto diplomático. Cada dólar que ingrese a las arcas del régimen puede terminar financiando la represión interna, el desarrollo de capacidades nucleares o las actividades de sus aliados armados en toda la región.

Pero el peligro actual va más allá de Teherán.

Lo que emerge en Medio Oriente es una coalición islamista cada vez más influyente, integrada por Turquía, Qatar y Pakistán, cuyos intereses convergen en un mismo objetivo político e ideológico.

Bajo el liderazgo de Recep Tayyip Erdoğan, Turquía ha dejado de comportarse como un actor regional responsable para transformarse en una de las fuerzas más desestabilizadoras de la región. La combinación entre islamismo político y ambiciones neo-otomanas ha impulsado una política exterior cada vez más agresiva.

Las campañas militares contra los kurdos en Siria, la presencia turca en el norte de Chipre, las disputas territoriales en el Mediterráneo oriental y las declaraciones de funcionarios que hablan abiertamente sobre Jerusalem reflejan, según esta visión, una agenda expansionista que preocupa cada vez más a sus vecinos.

Qatar, por su parte, ha perfeccionado una estrategia diferente. A través de medios de comunicación, inversiones multimillonarias y una extensa red de influencia internacional, ha logrado presentar como moderadas corrientes ideológicas vinculadas a la Hermandad Musulmana.

Pakistán aporta otro elemento de preocupación: su capacidad nuclear. Aunque los tres países utilizan herramientas distintas, comparten una visión política basada en la unión entre religión, poder estatal y expansión ideológica.

El caso de Siria representa hoy la prueba más evidente de este fenómeno.

Ahmed al-Sharaa, conocido anteriormente como Abu Mohammad al-Jolani y líder de Hayat Tahrir al-Sham, está siendo presentado por algunos gobiernos occidentales como un dirigente pragmático capaz de estabilizar el país tras años de guerra.

Sin embargo, esa interpretación ignora su pasado y la naturaleza de la organización que lidera. Sus vínculos con Al Qaeda y el Estado Islámico forman parte de una trayectoria que no puede ser borrada mediante campañas de relaciones públicas o reconocimientos diplomáticos.

La preocupación es que Siria termine convirtiéndose en una nueva plataforma yihadista en la frontera de Israel, respaldada por Turquía y legitimada por la comunidad internacional.

Desde esta perspectiva, una futura confrontación entre Israel y las fuerzas lideradas por al-Sharaa no sería una posibilidad remota, sino una consecuencia casi inevitable del rumbo actual.

Más aún, el problema no afecta únicamente a Israel. Antes de convertirse en un enemigo israelí, al-Sharaa y la ideología que representa constituyen una amenaza para Estados Unidos y para el mundo occidental en su conjunto.

La ideología que inspiró los atentados del 11 de septiembre no desapareció. Evolucionó, se adaptó y encontró nuevos patrocinadores.

La principal lección de los últimos veinticinco años debería ser clara: la estabilidad no se construye fortaleciendo a quienes rechazan los valores fundamentales del mundo libre. Tampoco puede comprarse la paz recompensando a regímenes y movimientos que consideran la diplomacia apenas una pausa táctica entre etapas de confrontación.

Cuando Estados Unidos actúa con firmeza, mantiene una política consistente hacia sus aliados y demuestra claridad moral frente a las amenazas, el mundo democrático se fortalece. Cuando abandona esos principios, las consecuencias suelen extenderse mucho más allá de Medio Oriente.

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