Inicio CULTURA Sergio Kuchevasky presenta ‘‘Cajitas de colores’’, el registro de la historia de un niño entre bambalinas y el Teatro Colón

Sergio Kuchevasky presenta ‘‘Cajitas de colores’’, el registro de la historia de un niño entre bambalinas y el Teatro Colón

Por M S
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‘‘Kuche’’, como lo llaman sus amigos, durante su infancia pasó mucho tiempo en el Teatro Colón, donde trabajaba su papá, David, que le transmitió el amor por la ópera. Cajitas de colores es un libro que, además de registrar su historia, muestra el mundo que el público no conoce: el detrás de escena.

Itongadol.- El director ejecutivo del Hogar LeDor VaDor, Sergio Kuchevasky, concedió una entrevista a Itongadol para hablar de ‘‘Cajitas de colores’’, el libro que aborda el registro de un niño entre bambalinas y el Teatro Colón, donde trabajaba su papá, David, que le transmitió el amor por la ópera. El libro, además de su historia, muestra el mundo que el público no conoce: el detrás de escena.

Al ser consultado por el espíritu de ‘‘Cajitas de colores’’, Kuche, como lo llaman sus amigos, expresó: ‘‘Con mi viejo tengo un vínculo brillante, pero no lo pensé como un homenaje solo a mi viejo. Lo hice porque veía el esfuerzo que había atrás de escena. Veía lo que pasaba. Es un libro que tiene muchos pasajes dedicados a los vestuaristas, zapateros, la escuela del Colón, la escuela de danza’’.

‘‘Hay una frase del libro que la escribí y después la releí varias veces, dice que ‘adelante están los que muestran la ópera y atrás están los que sostienen el aplauso’. Esto como resultado del trabajo realizado’’, agregó.

Entrevista:

Hace menos de un año hablamos de ‘‘Cajitas de colores’’, un libro que acaba de salir y hace referencia a la vida de tu padre y a la tuya, cuando lo acompañabas al Teatro Colón. La cajita es un hallazgo tuyo, una especie de registro que tuve el honor de ver en el que se ve la calidad de los colores. Así como un músico tiene una partitura, también en lo que se maquilla hay una partitura, y eso es cajita de colores. ¿Qué significa para vos tener este libro en tus manos?

-Hay algo importante. Más allá del disparador, que fue la cajita que encontré en una mudanza con una cantidad de materiales del teatro impresionante como pelucas, vestimentas y cosas de la época. Y muchos de los discos que mi papá usaba para preparar las óperas. Me acuerdo que sacaban con Olivetti y Remington como una guía para maquillarse en cada uno de los cuadros y se lo ponían dentro de las cajitas de colores de cada uno de los figurantes, es decir todos los que rodean en una ópera. Tenían ese papelito dentro de la cajita que les indicaba lo que tenían que hacer. Había un grado de pulcritud impresionante para la época.

Pero después me pasó algo mucho más interesante. Comenté la situación con amigos, como lo hice con vos, y me dijeron que entonces tenía que escribir un cuento. Estaba pensado para diez o doce capítulos y terminó en 24. Todo lo que pasó alrededor de la gente, no mío, de la gente, fue muy motivador.

Soy hijo de actores y yo también dormía entre bambalinas cuando era chico. ¿Qué significó esto para tu infancia? Estamos hablando del Teatro Colón, no sé si de chico tenías dimensión.

-Poniéndolo en retrospectiva creo que era una aventura tremenda. Una de las pocas cosas que me gustaría revivir, porque al aroma del óleo y de las pinturas lo tengo impregnado. Lo que me pasa es que para mí era una vivencia, como un Disney todos los domingos. Porque yo acompañaba a mi papá y me tocó todo. Vi música sinfónica, ballet, ópera, teatro, actuación, divos y divas que en ese momento no sabía quiénes eran. Una de las imágenes más impactantes que me quedó, que no me la puedo borrar y que me impregnó en el momento de una situación y de grande empecé a tomar dimensión de quién se trataba, es la de Maya Plisetskaya, que visitó muchas veces el Teatro Colón y una de esas veces mi papá me la presentó. Yo no sabía quién era, pero me acuerdo que cuando ella termina con ‘‘La muerte del cisne’’, de Tchaikovsky, caen flores rojas y se las llevan todas al camarín. Y cuando ella abre el camarín, todavía estando vestida de blanco, caen todas las flores rojas. Y podés creer que esa fotografía no me la puedo olvidar, es una foto que tengo de chico. Pasan 200 cosas y te puedo escribir 200 cuentos más de Cajitas de colores, pero esa imagen es tremenda.

¿Cuál es el espíritu de Cajitas de colores? ¿Un homenaje a tu padre, al Colón? Yo no leí el libro porque recién lo recibí.

-Con mi viejo tengo un vínculo brillante, pero no lo pensé como un homenaje solo a mi viejo. Lo hice porque veía el esfuerzo que había atrás de escena. Veía lo que pasaba. Es un libro que tiene muchos pasajes dedicados a los vestuaristas, zapateros, la escuela del Colón, la escuela de danza. Hay un montón de cosas que pasaron atrás y que es un poco la inspiración, a donde quiero apuntar. Hay una frase del libro que la escribí y después la releí varias veces, dice que ‘‘adelante están los que muestran la ópera y atrás están los que sostienen el aplauso’’. Esto como resultado del trabajo realizado. Cuando estás aplaudiendo, aplaudís a todos los que están detrás de escena y no los ves. El libro apunta mucho a estos tipos que sostienen el aplauso, porque en definitiva se aplaude a un todo, y ese todo nunca es un solo cantante. Te gustó el cantante, es verdad, pero en una ópera ves un montón de otras cosas.

¿Qué le deja este libro al que lo lee? ¿Una reseña de época? ¿Tu vida, la de tu padre?

-Le deja un Colón poco contado, con historias muy, muy personales, con hechos concretos que te dan un poco más la dimensión de lo que fue y lo que es el Teatro Colón a lo largo de la historia.

En tu perfil de Instagram tenés el nombre @eskucheopera, es decir que tu vida quedó relacionada con ese mundo.

-100%. Mi papá se jubiló cuando yo ya era grande. De hecho yo llegué a trabajar al Colón como extraordinario. Nunca me corrí de ese mundo, por mi viejo, los amigos de mi viejo, los vínculos. Mis primos, que muchos de ellos trabajaron en el Colón.

Me refiero a tu amor por la música.

-Sí. Un domingo a la mañana era la casa en silencio y mi papá en el living donde estaba el equipo de música. Primero sin y después con auriculares. Después cuando salió el famoso grabador Sony, que lo tengo para exponer, uno chiquito que grababa parte de los pasos de los cuales tenían que salir, en qué compás. Eso era todos los domingos a la mañana. Decir que te gusta todo es mentira. Decir que por saber de ópera tenés cultura, es mentira. Para mí, es un todo, porque aprendí a escuchar de otra manera la música.

Claramente no podés ponerte en el lugar de público como yo que cuando voy al Colón disfruto del espectáculo como público. En tu caso, al haber estado entre bambalinas imagino te resulta difícil.

-Te agradezco el comentario, porque es buenísimo. Charly García dice en una de sus canciones ‘‘yo nací para mirar lo que otros no pueden ver’’. Cuando voy al teatro yo no miro si la ópera está bien o mal puesta, veo otro montón de cosas. Me fascina empezar a recordar en qué lugar estaba sentado o en qué lugar me dejó mi papá, porque me dejaba sentado y se iba. Un día me tocaba la platea y así iba cambiando. Yo veo otras cosas. Veo cómo reconstruyen París, pienso cómo de atrás están armadas esas casas de París que hacen como un juego con el piso. Todo eso de atrás. La pintura en relieve, el juego de luces, que es fundamental. A mí el tiempo en el teatro se me pasa volando. ¿Por qué las mismas óperas clásicas se siguen dando en todos los teatros del mundo? Si vos ya sabés cómo terminan, todas terminan igual, más o menos modernas. La gente las va a ver por la interpretación, la puesta en escena, que siempre es diferente. Inclusive te podría decir que en muchos casos, más de lo que la gente se imagina, hay cambios.

Te cuento una historia de Richard Tucker, que fue invitado a cantar Tosca a la Argentina, como tercera opción, en un personaje prácticamente de reparto. El primer cantante se quedó sin voz, que lo cuento en el libro y no lo voy a spoilear, pero pasó en el Teatro Colón en vivo. Tuvieron que buscar al segundo cantante pero dijo que no se animaba a cantar Tosca. Y entonces le preguntaron al tercero, a Tucker, y dijo que sí, que él se animaba. Y la profesión de Tucker era jazán en la sinagoga de Brooklyn… y se empezó a dedicar a la ópera. Tenía un tono de voz increíble. Hay algunas interpretaciones de tipos que tienen mucho mejor voz, por supuesto, pero él tenía una interpretación tan profunda que mientras te cuento esto, y lo sigo escuchando, lloro. Si escuchás Pagliacci, de Richard Tucker, que está en YouTube, terminás llorando con él.

Hay gente grande que nunca fue al Colón, no por algo en particular. ¿El libro familiariza con el Teatro? Hay gente que no va porque nunca se lo planteó.

-Sí, 100%. Todo lo que te cuento algo te va a despertar para ir a ver de qué se trata. Algo. Porque el que está muy acostumbrado a la ópera ya es un erudito, pero el que va por primera vez, por ahí se queda con una imagen diferente. Hay tantas cosas para mirar en este teatro en particular que no creo que termines el libro igual que como lo empezaste.

Tenés muchos sombreros en tu vida, por lo menos dos. Ser el hombre de la cultura en general, más allá de la dirección ejecutiva de una institución tan prestigiosa como LeDor VaDor, pero también sos un hombre con mucha historia en la comunidad. ¿Pensás compartir las vivencias del libro en las instituciones? ¿Qué tenés planificado para que llegue más directamente a la gente?

-Te confieso que hay algunos temas que se me escaparon de las manos. Por ejemplo los reportajes. Ahora vamos a empezar a trabajar sobre la fecha de presentación en el Salón Dorado del Teatro Colón. Obviamente que lo voy a presentar a la comunidad porque me encanta, para mí es como mi casa. La idea es hacer la presentación con el libro. Tengo el orgullo, las ganas y el placer de poder donar lo de la venta de ese libro, porque no lo voy a cobrar, para que sea destinado por la institución para actividades específicas. Me gustarían algunas cosas, pero veremos.

Supongo que en Hebraica gozarán de tu primera experiencia. Creo que las instituciones van a estar abiertas a que esto ocurra, porque en la comunidad te queremos mucho.

-Sí. Te cuento algunos matices. La idea de la presentación del libro es un pretexto también, porque hay toda una presentación en sí mismo que lo excede. Estoy hablando de la presentación formal en el Colón. Esa va a estar muy vinculada al libro. Pero hay una cuestión vinculada al diario, a lo que me tocó vivir, de cuestiones más vinculadas al stand up de presentación con multimedia, es decir una presentación mucho más amena que presentar el libro. De esa manera la idea es poder llegar a que alguno se replantee de que fue al Colón 40 veces pero hay cosas que no vio, o que va a empezar a prestar atención a situaciones a las que no prestó atención. A mí me fascina la entrada de los carruajes, por ejemplo, y la gente, salvo una visita guiada, no tiene idea. Reconstruir esa época es algo fantástico. Muestro eso cuando voy con amigos y con gente con la que organizo visitas, por motu proprio, porque me gusta.

El otro día se me juntó un grupo de 20 japoneses, que seguro no entendían nada, pero yo estaba tan fascinado y le ponía tanta onda a la historia contando cómo entraban los carruajes, dónde estacionaban, dónde buscaban a los grandes señores y dónde se limpiaban. Todo ese movimiento que hace a la historia operativa me fascina.

¿Pudiste mirar entre los telones cómo era el público de esa época?

-Sí, lo tengo registrado en la cabeza, todo lo tengo registrado. Tengo fotografías de la gente a lo largo del tiempo. Los peinados alto, el cambio de moda, el nivel que implicaba cómo vestirse. Cómo llegabas al Colón. Era tremendo. Yo no entendía porque en una función entraban tipos vestidos de una manera tremenda y en otra función no era tan así. El abono que antes de salir a la venta ya estaba vendido. Cosas de la época.

Me acuerdo algo tremendo, y es que mi papá nunca invitaba a nadie, él decía que al Teatro Colón había que bancarlo. Entonces los grandes amigos le preguntaban y él les decía qué les convenia, tal ópera, tal orquesta o tal repertorio, diciéndoles que iba a ser alucinante. Y cuando le preguntaban si él les conseguía las entradas mi papá respondía que no, que vayan y las sacasen. En eso creo que fui un privilegiado, porque para la historia del momento estaba mal visto ver a un tipo colado en el teatro. Todo el mundo le pedía entradas a mi papá. Mi papá me dio un vínculo con la música, me gusta toda la música, aunque no soy un amante incondicional ni de la ópera ni de la lírica, pero creo que tenés que escuchar porque es la base. Y con esto te voy a dejar pensando un ratito, es tremenda la cantidad de música que se ha hecho con películas, inclusive Freddie Mercury, Charly, que han sacado pedazos de la música clásica. Es una parte que me la estoy reservando para un segundo libro.

Si estabas despierto al final de las obras, imagino que recordarás los aplausos memorables. Alguna vez me contaste que cuando salían se iban con tu papá a Pippo.

-Sí, mi papá me llevaba a Pippo. Yo tenía la cabeza totalmente explotada de ideas e imágenes, de flashes y de luces. Te imaginarás un nene de ocho, diez, once años… volaba. Y al sentarnos a comer le hacía preguntas de las obras. Mi papá siempre me decía una frase que me quedó grabada: ‘‘ponete a pensar que el bien siempre triunfa’’. Y ese es el título de uno de mis cuentos. Es una frase muy interesante de motivación y de cómo querés ver una obra. ¿Querés quedarte con que la protagonista muere o querés quedarte con que Carmen fue la primera mujer adelantada que se animó al modelo? Rompió estructuras y cuando la escribieron fue tremendamente criticada, no te puedo explicar cómo. Porque era una mujer alocada para la época. Mi viejo me hacía pensar esto y me aparecía algo tremendo.

¿Cómo fue llegar al secundario, donde todos hablaban de fútbol y vos hablabas de arte?

-Yo soy futbolero pero no sabía nada de fútbol. Los domingos había dos funciones y yo iba a las dos, a la mañana y a la noche. Y cuando llegaba a mi casa me iba a dormir. Mi papá me agradecía por acompañarlo y yo no podía creer que él me agradeciera a mí. Después me di cuenta de que mi papá pasaba mucho tiempo solo, el arte tiene ese pico de soledad.

Voy a terminar la nota con un tema autorreferencial pero estamos hablando de lo mismo. Mi papá hizo una gran temporada en el Teatro Chacabuco haciendo de Lisandro de la Torre, con dos o tres funciones por día. Para encontrarme con él, porque sino no lo veía, me iba los sábados y domingos al Teatro Chacabuco, que si mal no recuerdo era un club español, y entre función y función comíamos el locro juntos. Era un momento de compartir y entender mejor el arte. Creo que estamos cruzados por la misma historia.

-Sí, el tema del contraste. Porque salís de ese mundo. En el colegio me hablaban de fútbol y no es que no me interesaba, sino que no enganchaba ninguna porque el domingo estaba totalmente abstracto a toda esta situación.

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