Itongadol.- En un importante evento en el Salón Dorado del Teatro Colón, la Asociación de Amigos Argentinos de la Universidad Ben-Gurión realizó la entrega del “Premio Ben-Gurión 2025” al escritor Marcos Aguinis por su aporte a la cultura, la democracia y al pueblo judío.
Es la segunda vez que la institución entrega este reconocimiento, que el año pasado había sido otorgado al ex presidente de Uruguay Julio María Sanguinetti.
En el evento también se entregaron distinciones al periodista Daniel Hadad y al procurador Julio Conte Grand y hubo menciones especiales para los periodistas Alfredo Leuco y Pilar Rahola.
A continuación, compartimos el discurso completo de Marcos Aguinis:
Muchas gracias a todos por haber venido, y por el apoyo evidente o secreto al recién nacido Estado de Israel. Hoy tengo el honor de recibir el premio que lleva el nombre de Ben Gurión y me siento altamente honrado.
Desde chico me entusiasmaron las noticias sobre un antiguo Estado judío con héroes de leyenda. Esto contrastaba con el predominio de judíos que tenían una imagen de debilidad impuesta por siglos de persecución. Esos judíos solo se dedicaban a estudiar la historia bíblica y evitar repetirla. Pese a ello, la palabra judío, proveniente de las palabras hebreo e israelita, estaba afirmada como un vocablo insultante. Por eso, la primera revolución judía empezó con el deseo de transferir los esfuerzos anteriores en una lucha para convertir los desérticos territorios antiguos en zonas agropecuarias, donde se podría mantener la autodefensa.
Esta revolución causó sorpresa y envidia. Los antiguos héroes, como David y los macabeos, pasaron a convertirse en mitos ejemplares, muy difíciles de imitar, aunque no imposibles. A fines del siglo XVIII surgieron movimientos audaces que apuntaban hacia la creación de un Estado independiente. La figura que consiguió articular las diversas corrientes fue Theodor Herzl, un periodista y escritor indignado por las manifestaciones antisemitas de su tiempo. Con un trabajo sorprendente consiguió formar el primer congreso universal judío, que pudo aunar las múltiples corrientes que en ese tiempo correteaban sin luces ni objetivos claros. Pronto se formó el llamado movimiento sionista, con la intensidad del movimiento socialista.
Entre las aspiraciones de un Estado judío independiente se soñó con instalarlo en una tierra árida y desierta, como el Neguev. Pronto surgió otra opción más absurda aún: la desértica Uganda. Entre las distintas tendencias no hubo acuerdos, sino conflictos. Esto llevó a que potencias colonialistas, como Gran Bretaña, se interesaran en las aspiraciones judías y propusieran la creación del Estado judío en una parte de la antigua Palestina, que comprendía Siria, el Sinaí, el Neguev, Transjordania y otros lugares desérticos y estériles. Los viejos nombres avivaron recuerdos bíblicos y resucitó el anhelo por una patria donde hubo reinos judíos.
Entre los que apoyaron a Herzl se encontraba el elocuente y feroz Ben Gurión, que empujó sin temor a las potencias coloniales, y se desencadenó en el mundo entero un esfuerzo grandioso por recuperar los viejos territorios. Ben Gurión atravesó distintas áreas del trabajo y la lucha. Desde joven se empeñó en aprender idiomas y convocar comunidades. No solo fue un agricultor que resultaba ejemplar, sino que empujó como nadie hacia la creación de un Estado emancipado. Salteó temores y prejuicios hasta conseguir el apoyo de dirigentes diversos que le permitieran avanzar hacia un reconocimiento de las Naciones Unidas.
Yo era adolescente y me volví un admirador de ese mito. En Cruz del Eje, donde pasé mi infancia, compré un diario y lo doblé de tal manera que se viera el titular de que finalmente se había creado el Estado, para pasar por los cafés y que la gente lo pudiera ver. Ben Gurión y un grupo de personalidades que pronto subieron a escena, como Golda Meir, empujaban hacia la construcción de novedosos kibutzim y moshabim. Estos personajes pasaron a convertirse en las nuevas leyendas que generaban admiración.
Mi adolescencia creció con el desarrollo de ese Estado. Soñaba con viajar a esas ignotas tierras, hasta que conseguí ser enviado a un congreso que celebraba los diez años de la independencia. La lucha por esa epopeya me generó sorpresa y admiración. No podía dormir sin leer noticias sobre ese fenómeno. Me uní a los jóvenes que pretendían lo mismo y que formaron grupos ansiosos por hacer aliá. Este anhelo fue resistido por mi familia, de la misma manera que lo hacían las demás familias. Era la ruptura de los viejos hábitos conservadores con la revolución sionista.
En mi primer viaje tuve el privilegio de ver a Ben Gurión, que ya lucía su cabellera blanca sobre las orejas. Era muy atípico y atractivo. Los nuevos héroes generaban seducción; eran oradores brillantes. Mi adhesión no era fanática, sino que incluía críticas inducidas por una izquierda modélica que predominaba entre los jóvenes. La asociación de esa izquierda con el sionismo, que parecía más liberal, me llevó a mantener cierta distancia y crítica.
Me atrajo la historia judía y el progreso asombroso que ocurría en las áridas tierras del nuevo Estado de Israel. En poco tiempo, estas tierras pasaron a ser un modelo de progreso y democracia en una zona que no lo propugnaba. Con el tiempo conseguí visitar el país en reiteradas oportunidades. Me sorprendía la defensa efectuada contra los países que rodeaban a ese mínimo Estado. La última vez que pude ir fue hace una década, y corroboré el sorprendente progreso de todas sus áreas, en especial las desérticas.
Mucho antes, Ben Gurión apoyó la creación de un Estado judío en zonas utópicas. Podríamos decir que predijo las increíbles capacidades de los sionistas por erguir su propia patria. Recientemente pasaron años muy difíciles, con incesantes ataques. Las agresiones provenían en distintas oportunidades y de distintos sitios. Los esfuerzos de pacificación resultaban inútiles. La universidad del Neguev fue creada para el desarrollo científico y humanístico. No consiguió resultados inmediatos, pero si el acercamiento de gente interesada en darle brillo a esta iniciativa. La universidad de Ben Gurión es una de las más australes del país, por lo tanto, fue una de las más comprometidas en la defensa de ese territorio. Aguantó incursiones agresivas y toneladas de misiles. Ben Gurión sobrevolaba como una imagen simbólica y grandiosa, evocando las fuerzas que hacían vibrar millones de corazones. Por más de que se quiso aplastar su influencia, como resultaba imposible, hoy sigue en pie, como sucede con los mitos, que tardan en apagarse, y por el contrario, multiplican su trascendencia.
Ojala se logre la paz y se fortifiquen los lazos de convivencia entre todos los países del Medio Oriente. Es una ambición muy grande y difícil de realizar; es lo que hubiera vivido con desbordante emoción el héroe de la independencia israelí, David Ben Gurión.

