Inicio MEDIO ORIENTE Opinión. Un Estado palestino prematuro explotará en vuestras caras

Opinión. Un Estado palestino prematuro explotará en vuestras caras

Por IG
0 Comentarios

Itongadol/Agencia AJN (Por Zvika Klein*/The Jerusalem Post).- La diplomacia adora los símbolos. Una bandera izada, una declaración leída, una frase añadida a un comunicado de prensa. El Reino Unido, Australia y Canadá han reconocido ahora un Estado de Palestina y el lenguaje utilizado es grandilocuente. Se nos dice que este reconocimiento es una corrección moral, un paso decisivo, un impulso hacia un futuro que obstinadamente se niega a llegar.

Es tentador creer que un cambio en el vocabulario puede cambiar el mundo, pero rara vez lo hace. La historia de los reconocimientos unilaterales es larga, variada e instructiva. A veces confiere dignidad. A veces endurece posturas que ya eran demasiado rígidas. A menudo deja la disputa subyacente sin resolver.

Comencemos con el precedente más relevante. En 2014, Suecia se convirtió en el primer país importante de la Unión Europea en reconocer a Palestina. El gesto pretendía alentar negociaciones y señalar impaciencia por un andar sin rumbo.

El aplauso duró una semana. Pero la realidad no cambió en absoluto. No hubo elecciones, ni una autoridad palestina unificada, ni el monopolio del uso de la fuerza, ni fronteras, ni paz. Una década después, la medida sueca es leída como una declaración desde una realidad alternativa. Tuvo importancia simbólica, lo cual no es poco, pero no movió el conflicto ni un ápice.

¿Cuáles son los efectos de reconocer un Estado?

Resulta que este no es solo un fenómeno de Medio Oriente: Kosovo declaró su independencia en 2008 y obtuvo reconocimiento a paso veloz. Estados Unidos lo reconoció. La mayoría de la Unión Europea (UE) también lo hizo. La Corte Internacional de Justicia dijo que la declaración no violaba el derecho internacional. Sin embargo, Serbia se negó a aceptarlo, Rusia y China bloquearon su ingreso a las Naciones Unidas y cinco miembros de la UE todavía dicen que no.

Lo que emergió fue una pantalla dividida diplomática y política. Por un lado, Kosovo contó con banderas y creó instituciones. Por otro, el adversario, con territorio, poder de negociación y patrocinadores, dejó en claro el precio de la irrevocabilidad. Los reconocimientos se apilaron como los «me gusta» en un posteo. El problema del estatus permaneció.

Los casos georgianos de Abjasia y Osetia del Sur cambian la polaridad. Ahí, el reconocimiento vino casi exclusivamente del patrón que ganó la guerra. Rusia ondeó el vara de Estado. Algunos socios la siguieron. Casi todos los demás no. ¿Qué beneficio obtuvieron esos territorios con el reconocimiento?

No la soberanía en el sentido habitual. La dependencia se profundizó. Presupuestos, policía, seguridad e incluso personal les fueron provistos desde el exterior. El reconocimiento también congeló el conflicto en un nuevo patrón. Quienes discrepaban con Moscú todavía podían apelar al derecho internacional y la ausencia de consenso general. Quienes estaban de acuerdo podían citar la ceremonia de reconocimiento y los hechos creados por la fuerza. Nada fundamental se concilió.

El Sahara Occidental ofrece otra advertencia. En las décadas de 1980 y 1990, la República Democrática Árabe Saharauí acumuló decenas de reconocimientos e incluso un asiento en la Unión Africana. En un momento dado, superó los 80. Mientras tanto, Marruecos controlaba la mayor parte del territorio, rechazaba un referéndum que pudiera llevar a la independencia y, poco a poco, cambió la opinión internacional hacia un plan de autonomía bajo su soberanía.

Con el tiempo, un número considerable de países revocaron su reconocimiento. El pueblo saharauí ganó visibilidad diplomática, pero perdió impulso. Un alto el fuego se mantuvo por un tiempo y luego se rompió. El conflicto persistió, mayormente ignorado. La legitimidad simbólica no equivale al poder, y puede erosionarse.

Chipre del Norte es la lección más austera sobre un reconocimiento. Fue reconocida por un solo Estado, Turquía, y por ningún otro.

Esa singularidad duradera condenó al norte a un aislamiento político y económico. Los vuelos, los puertos, el comercio y los tratados dependían de Ankara. Surgió un ente político de facto que podía gobernar la vida cotidiana, pero no romper la cuarentene del no reconocimiento.

El resto del mundo siguió tratando a la República de Chipre como el único gobierno en la isla. Las negociaciones se convirtieron en un ritual recurrente que nunca terminó ni tuvo éxito. Un solo reconocimiento consolidó la separación y perpetuó el estancamiento.

También está el caso de Transnistria, una franja a lo largo del (río) Dniéster que declaró su independencia de Moldavia y entró en un muy largo interinato. Nadie la reconoce. Ni siquiera la potencia que la protege. Transnistria tiene ministerios, uniformes y una moneda que los turistas compran a veces como una curiosidad. También tiene una generación que ha crecido dentro de una ficción política.

Reconocer un Estado palestino sin un acuerdo podría ser solo declarativo

Estos ejemplos no se aplican perfectamente a Palestina porque nada lo hace. Pero sí describen una ley de la gravedad política. Un reconocimiento que se realiza antes de un acuerdo tiende a ser declarativo, más que constitutivo. Puede clarificar lo que creen las capitales que lo reconocen. Puede conferir ciertos derechos en foros internacionales.

No otorga consentimiento, autoridad, fronteras ni el monopolio del uso de la fuerza. Cuando el lado que controla el territorio y las armas se resiste, el reconocimiento suele crear un camino paralelo, más que una esquina. Cuando un patrón otorga un reconocimiento por su cuenta, aumenta la dependencia y disminuye la legitimidad.

El momento está en la política. Hamás todavía tiene rehenes y gobierna Gaza. La Autoridad Palestina no gobierna Gaza ni comanda una sola cadena de armas. Las elecciones se han evitado durante años. Los libros de texto son controvertidos. Las fuerzas de seguridad están politizadas.

Del lado israelí, un gobierno elegido con promesas de permanencia ve el reconocimiento como un castigo por la resistencia. Un público traumatizado por el 7 de Octubre percibe que un Estado para su vecino puede llegar antes y que las garantías pueden posponerse. El efecto es validar la narrativa de que la política del poder simplemente eludirá los hechos.

Existe otro matiz jurídico que las declaraciones amables evitan. Las restricciones prometidas por una autoridad no estatal pueden ser repudiadas por un Estado soberano que la suceda. La desmilitarización prometida por un liderazgo interino puede ser reconsiderada por un nuevo gabinete que alegue circunstancias diferentes.

Estos no son trucos. Son doctrinas. Si partís de un reconocimiento y planeás agregarle una implementación después, podés encontrarte con que esta última nunca llegue o que la implementación que imaginaste no tenga un mecanismo claro.

Los israelíes perciben estos reconocimientos como una sentencia dictada a mitad de camino. Muchos ya dudan de que la moderación vaya a ser recompensada. Ven a sus amigos del exterior impulsando el estado final mientras las condiciones que garantizarían su seguridad permanecen sin resolverse.

Los palestinos los perciben como una corrección muy tardía de una negación que ha durado demasiado. La dignidad importa. Toda nación sabe esto. El peligro reside en las expectativas no cumplidas. Las esperanzas dadas que se encuentran con la misma puerta cerrada a menudo devienen en ira, y la ira tiene su propia política.

¿Qué significa todo esto para el palestino promedio? La respuesta es lo más aleccionador. A un padre de Hebrón le preocupa si continúa la electricidad y si obtiene a tiempo un permiso para trabajar. A una madre de Belén le preocupa si la clínica tiene medicamentos. A un adolescente de Nablus le preocupa si su diploma vale algo más allá del puesto de control.

El reconocimiento de capitales distantes no modifica estos hechos por sí solo. Solo puede ayudar si se convierte en una palanca para cambios específicos. Una reforma del sector de seguridad con una única cadena de mando. Se mantiene un calendario electoral realista. Reformas en los libros de texto y la nómina que sean verificadas. Acuerdos fronterizos que (permitan el) transporte puntual de productos perecederos y pacientes. Estos no son meros enunciados, sino hechos concretos. Sin ellos, el reconocimiento no puede mejorar la vida cotidiana.

Los anuncios de la semana pasada podrían ser útiles. Pueden convertirse en una base condicional. Toda mejora debería estar vinculada a reformas mensurables, que sean publicadas públicamente y supervisadas por observadores que no sean elegidos por las propias partes. La ayuda debería gestionarse a través de cuentas específicas que publiquen los gastos en tiempo real.

La capacitación policial debería estar orientada a la prevención del delito, no a la entrega de uniformes. Los cruces peatonales deberían adoptar carriles verdes para alimentos y medicamentos con un volumen de tráfico auditable. Para que el reconocimiento sea más que un titular, debe convertirse en presión y apoyo en un mismo párrafo.

Una postura sensata acepta el valor simbólico de lo que han hecho Londres, Ottawa y Canberra y se niega a fingir que simbolismo equivale a acuerdo. Si el objetivo es un Estado palestino que pueda vivir en paz con Israel, entonces el reconocimiento es el último ladrillo, no el primero.

Los primeros ladrillos siguen siendo los mismos. Una sola autoridad. Un solo conjunto de leyes. Una sola cadena de mando. Un sistema que elige líderes y puede destituirlos. Fronteras y acuerdos que mantienen los cohetes lejos de las familias que han enterrado a demasiados muertos.

* Editor en jefe de The Jerusalem Post.

También te puede interesar

Este sitio utiliza cookies para mejorar la experiencia de usuario. Aceptar Ver más