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Opinión | El antisemitismo en Australia crece y se normaliza

Por M S
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Una y otra vez, los testigos ante la Comisión sobre Antisemitismo describieron organizaciones que se mostraron indiferentes, paralizadas o reacias a actuar cuando se les pidió apoyo.

Itongadol/Agencia AJN.- (The Jewish Chronicle) En las últimas semanas escuchamos testimonios verdaderamente desgarradores de judíos australianos en el marco de la Comisión Real sobre Antisemitismo y Cohesión Social.

Estos testimonios, presentados tanto por ciudadanos comunes como por líderes comunitarios, dejaron al descubierto relatos profundamente personales de miedo, intimidación, acoso y exclusión. También constituyen un contundente recordatorio de que la investigación, establecida tras el atentado terrorista de Bondi, no solo estaba justificada, sino que era urgentemente necesaria.

Durante las audiencias, escuchamos a un sobreviviente del Holocausto explicar que ahora tiene demasiado miedo para usar en público su collar con la Estrella de David.

En la misma línea, una adolescente judía relató que fue llamada “asquerosa olfateadora de monedas” mientras jugaba con otros estudiantes.

Un rabino local contó que encontró una mezuzá (objeto ritual para protección del hogar) cuyo pergamino había sido reemplazado por las palabras “Palestina libre”.

Asimismo, una persona afirmó que su empleador le pidió que cambiara su “nombre con sonido judío” para satisfacer a un cliente sensible respecto de Israel.

También escuchamos sobre niños que son objeto de burlas de manera habitual, mientras sus padres describían el temor que sienten si sus hijos son identificados públicamente como judíos por el uniforme escolar que llevan.

Otros relataron sufrir insultos constantes, incluidos términos como “cerdos judíos sucios”, “asesinos de bebés” y consignas como “gaseen a los judíos”, entre otros.

Muchos de los testigos hablaron de la pérdida de amistades, oportunidades laborales y del sentido de pertenencia a su propio país y comunidades simplemente por identificarse abiertamente como judíos o por negarse a renunciar a su apoyo a Israel.

Esta es la realidad que la Comisión se vio obligada a enfrentar: el antisemitismo en la Australia contemporánea ya no está limitado a los sectores más extremistas, sino que se filtró al ámbito general de la sociedad, incluidas las escuelas, los lugares de trabajo, las universidades, las redes sociales y el debate público.

Lo que surgió de esta Comisión no es un prejuicio aislado, sino un fracaso institucional generalizado. Una y otra vez, los testigos describieron organizaciones que se mostraron indiferentes, paralizadas o poco dispuestas a actuar cuando los judíos australianos buscaban apoyo. Las universidades dudaron. Los empleadores priorizaron las “sensibilidades” políticas por encima de la discriminación. Incluso el deporte, que debería unir a los jóvenes australianos, se convirtió en otro espacio donde los niños judíos se sentían aislados y asustados. Muchos judíos australianos ya no solo se sienten inseguros; se sienten abandonados por las mismas instituciones encargadas de protegerlos.

Otro aspecto profundamente preocupante que emergió de la Comisión fue la creciente e incesante presión sobre los judíos para autocensurarse u ocultar su identidad, ya sea como judíos o como sionistas orgullosos, con el fin de evitar convertirse en objetivos. Los testigos hablaron de ocultar símbolos de identidad judía, evitar eventos públicos, esconder afiliaciones hebreas o israelíes y guardar silencio en ámbitos profesionales y sociales por temor al ostracismo o a represalias. Ese no es el rasgo distintivo de una democracia multicultural segura de sí misma, como Australia aspira a ser, sino el de una sociedad donde el odio se normalizó y donde demasiadas personas se acostumbraron a mirar hacia otro lado.

De hecho, quizás la prueba más clara de por qué esta Comisión Real es importante no surgió únicamente de los testimonios, sino también de la reacción contra quienes tuvieron el valor de prestar declaración.

En los últimos días, Australia se enteró de que los testigos que comparecieron ante la Comisión fueron objeto de una impactante avalancha de odio e intimidación online. La Fundación Dor reportó más de 1.000 publicaciones y comentarios abusivos, con material recopilado también por el Consejo Australiano-Israelí y de Asuntos Judíos (AIJAC, por sus siglas en inglés) a partir de los canales digitales que cubrieron las audiencias.

Los abusos incluyeron negación del Holocausto, llamados a ejecuciones, insultos deshumanizantes, caricaturas antisemitas e imágenes generadas por inteligencia artificial que representaban a testigos judíos como animales. Una víctima del ataque de Bondi fue calificada de “subhumana”, mientras que las mujeres que testificaron fueron blanco de insultos misóginos. Además, un niño judío que declaró de forma anónima fue objeto de burlas y odio en internet.

Algunas de estas publicaciones ya fueron remitidas a la Policía Federal Australiana.

Quizás lo más extraordinario fue la intervención de la propia comisionada Virginia Bell. Las Comisiones Reales en Australia suelen caracterizarse por la moderación y la prudencia. Sin embargo, Bell se sintió obligada a condenar públicamente el “dramático aumento de mensajes de odio en línea” dirigidos contra los testigos y describió los abusos como un “nivel puro de odio e intolerancia”.

Eso debería alarmar a cualquier australiano decente, independientemente de su posición política o de sus opiniones sobre Medio Oriente.

Las turbas digitales que atacan a los testigos judíos pueden creer que están socavando la legitimidad de la Comisión. En realidad, están logrando exactamente lo contrario. Cada amenaza, cada insulto y cada intento de silenciar a los judíos australianos no hace más que reforzar la conclusión central que ya parece emerger de esta investigación: el antisemitismo en Australia es real, está creciendo y se normalizó cada vez más.

El atentado terrorista de Bondi fue la manifestación más horrorosa de hasta dónde puede llegar el odio cuando no se lo controla. Pero, como la Comisión Real está dejando claro, el problema no comenzó allí y, a menos que se lo enfrente con honestidad, tampoco terminará allí.

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