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Educando en el Paraíso

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Itongadol.- (Por Marcelo Polakoff) ¿Cómo hacer para que un esbozo de paraíso invada las aulas? ¿Cómo lograr que lo que suceda entre los pupitres sea relevante? La tarea se aventura ciclópea, casi imposible.

Sin embargo, algunas pinceladas estratégicas se hallan ocultas bajo el tupido follaje de aquel jardín original de la Torá, habitado en un mítico principio por Adán y por Eva.

Era nada menos que el Edén, y en su botánica metáfora tenía dos árboles claramente tipificados que sobresalían por entre las restantes y anónimas especies del huerto: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento.

Ya tenemos aquí un primer destello divino que susurra enfáticamente que no hay paraíso sin sendas presencias. Desgajar la sabiduría de lo vital sería, entonces, un sinónimo de expulsión, la analogía de una muerte muy ilustrada…

Hay más, mucho más. Si observamos con detenimiento, podremos atisbar en la descripción que Eva hace del árbol del conocimiento una serie de coordenadas que se me hacen definitivas a la hora de pensar en el sentido de la educación.

Todo está sugerido en un solo versículo del tercer capítulo del Génesis. Es el que dice: “Y vio Eva que el árbol era bueno para alimentarse, atractivo a los ojos 
y agradable para escolarizar”.

Esta traducción muy personal pone de relieve la dificultad para plasmar en castellano el último verbo del versículo, que en el hebreo original está en modo infinitivo y suena como “lehaSKiL”. Dicha raíz hebraica, marcada en esas tres letras mayúsculas (S, K, L), indudablemente es la base de una familia de palabras que engloban la inteligencia, la conciencia, la comprensión y la iluminación, todas ellas traducciones posibles de ese vocablo.

Lo maravilloso es darse cuenta de que en esa misma palabra radican las consonantes que forman “eSCueLa”, “SCHooL”, “SCHoLa” y otras similares. Si hasta se percibe en el inglés “SKilL” como “habilidad”.

¿Cómo llegar entonces a “escuelas agradables”, de acuerdo con el texto bíblico? Haciéndole caso a Eva: que el árbol del conocimiento tenga frutos “buenos para alimentarse”; es decir, que los contenidos de los programas sean nutritivos. Pero, a la vez, que la educación sea algo “atractivo a los ojos”, a fin de que la metodología de estudio enamore y apasione a los alumnos. Evidentemente, nos está haciendo falta una vuelta de jardinería.

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