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Shoá/Argentina. Discurso del presidente de la AMIA, Leonardo Jmelnitzky

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Itongadol/AJN.- Señores Embajadores, sobrevivientes del horror, Dirigentes comunitarios y Políticos, señoras y señores:

Cuando en octubre de 2005 las Naciones Unidas adoptaron el 27 de Enero como el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto, se estaba recordando el día en que las tropas soviéticas entraron al campo de exterminio de Auschwitz – Birkenau, el último que todavía funcionaba. Más de un millón de personas fueron allí asesinadas. Sólo encontraron 7.000 sobrevivientes. Algunos días antes los guardias nazis habían obligado a más de 50.000 prisioneros a marchar para evitar que caigan en manos de los aliados. La mayoría de ellos también fueron asesinados. Más del 90 % de las víctimas, tanto las asesinadas como los sobrevivientes, eran judíos.

Hablar sobre la Shoá es una tarea que me resulta singularmente difícil. Es tanto lo que se ha escrito. Tantas reflexiones profundas y sentidas se dijeron. Han sido tantos los que intentaron expresar el horror, encontrarle un sentido, una justificación…

Y sin embargo, queda la impresión de que todo lo que pueda decirse al respecto es poco; pero no en términos cuantitativos sino cualitativos. Quiero decir, que hay ocasiones en que nuestra capacidad de expresión resulta desbordada por una realidad que difícilmente puede ser pensada y menos aun expresada, aunque sea de un modo parcial. Quiero decir que la Shoá de la que puede hablarse no es la verdadera Shoa; que el horror de la verdadera Shoá es inexpresable porque su irrealidad ética es absoluta.
Simon Wiesenthal en las últimas páginas de (Gli assassini sono fra noi, Garzanti, Milán, 1970) recuerda que los soldados de las SS se divertían en advertir cínicamente a los prisioneros: "De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar, el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos; dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia de los Campos de Concentración, será escrita por nosotros".

En definitiva, este es el argumento básico que esgrimen los negacionistas para justificar sus absurdas afirmaciones: juegan con la paradoja consistente en ocultar la espantosa realidad de los hechos en la irrealidad ética de los mismos: tanto horror no es posible…

En su “Trilogía de Auschwitz”, Primo Levi cuenta que esa misma idea de la imposibilidad ética ("aunque lo contásemos, no nos creerían") también afectaba a los prisioneros. Casi todos los liberados, de viva voz o en sus memorias escritas, recuerdan un sueño recurrente que los acosaba durante las noches de prisión y que, aunque variara en los detalles, era en esencia el mismo: haber vuelto a casa, estar contando con apasionamiento y alivio los sufrimientos pasados a una persona querida, y no ser creídos, ni siquiera escuchados. En la variante más típica (y más cruel), el interlocutor se daba la vuelta y se alejaba en silencio. (…) es importante subrayar como ambas partes, las víctimas y los opresores, se daban cuenta de la enormidad del horror y, por consiguiente, de lo imposible que sería darle credibilidad a lo que estaba sucediendo en los Campos de Concentración.
También ellos, los prisioneros, sentían que aquello que les estaba ocurriendo no podía ser real; dudaban de sus propias percepciones de la realidad; se habían quebrado los límites entre lo posible y lo imposible. Se trataba del horror absoluto, carente de toda razón, vacío de todo sentido o significado… era lo diabólico
En este sentido, me parece sumamente adecuado hablar del concepto de lo diabólico, como, entre otros, lo hiciera Elie Wiesel en un discurso pronunciado como sobreviviente del Holocausto ante la Asamblea General de Naciones Unidas, hace exactamente 10 años en la sesión especial para conmemorar el 60º aniversario de la liberación de los campos de concentración y de exterminio nazis “La ejecución perfecta del reino del diablo”, así definió Elie Wiesel al campo de concentración de Auschwitz,. “¿O quizás fue — se preguntaba el Premio Nobel– la convulsión final de las fuerzas satánicas que obran en la naturaleza humana?”.

De este modo Elie Wiesel nos sugiere la presencia de un mismo espíritu perverso que habita fuera y dentro del hombre; y de aquí yo me atrevo a concluir que toda nuestra esperanza en un futuro mejor depende de nuestra disposición para luchar por aquellos valores y virtudes que preservan al hombre y a su mundo de devenir instrumentos de esas fuerzas satánicas a las que Wiesel se refería.

Es por ello que, para nosotros, recordar la mayor crueldad humana del Siglo XX es un deber sagrado. Pero recordar no puede ni debe ser un mero hecho conmemorativo. Recordar es fundamentalmente educar a las nuevas generaciones, intentando convertir los corazones para desarrollar en ellos el amor al prójimo, el respeto por la vida, la misericordia y la justicia. George Steiner se preguntaba a este respecto: "¿Cómo se puede tocar a Schubert por la noche, leer a Rilke por la mañana y torturar al mediodía?"
Responder a esta pregunta es el gran reto de la filosofía después de Auschwitz. ¿Cómo podría el lenguaje hacer frente a lo inhumano, a la barbarie? Si la literatura, la filosofía, las humanidades… no pueden hacer nada para detener la barbarie, ¿para qué educar?
Para intentar esbozar una respuesta quisiéramos decir que la educación no puede limitarse a ser un mero proceso de transmisión y recepción de información… si la educación no deviene en la apertura de la posibilidad de hacer un hombre mejor entonces será muy poca cosa y, por más universidades que haya, otro espanto parecido a Auschwitz seguirá siendo un peligro concreto y latente.

Ya para concluir con estas breves reflexiones creo que es oportuno decir que los riesgos implícitos en esta diabólica irrealidad ética a la que nos hemos referido, no constituye solamente una amenaza latente para el futuro sino que es también un fenómeno concreto del presente: Se manifiesta en el terrorismo que hoy está asolando al mundo entero, desde Oriente hasta Occidente. Un fanatismo que a veces se encarna en individuos, otras en grupos y también en estados nacionales. Lo conocemos muy bien porque golpeó a nuestro país, en la AMIA, el 18 de Julio de 1994 matando 85 personas.

En consecuencia, hoy, 27 de Enero, cuando se cumple también un nuevo aniversario de la firma del memorándum de entendimiento con Irán, queremos decir, una vez más, que no podemos admitir que se pacte con aquellos que utilizan el terror como un modo de hacer política. No creemos en la buena voluntad de Irán, ni de aquellos ciudadanos de ese país que están imputados por el asesinato de tantas personas; no hemos visto en ellos gestos de cooperación ni la intención de esclarecer lo ocurrido. Hablamos de aquellos sobre quienes recaen denuncias internacionales de promover el terrorismo y que se han rehusado sistemáticamente a colaborar con la justicia argentina. No hay ningún indicio que nos lleve a suponer que tengan la intención de hallar la verdad y, mucho menos, de enjuiciar y castigar a los culpables.

En consecuencia, ratificamos nuestra convicción sobre la inconveniencia del acuerdo firmado con Irán y queremos expresar que, a pesar de este difícil escenario que hoy se nos presenta, continuaremos luchando por el esclarecimiento de la causa porque ello constituye un deber irrenunciable que nos compromete a insistir en este reclamo de justicia que es, también, un reclamo por la vida y la dignidad de nuestra sociedad.

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