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Shoá. AMIA reconoció a Grimoldi y a la sobreviviente de la familia cuyo padre ayudó contra nazis

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Itongadol/AJN.- Este mediodía, la AMIA recibió y entregó sendos reconocimientos al empresario Alberto Luis Grimoldi y a la sobreviviente de la Shoá Liselotte Leiser de Nesviginsky, de 94 años, a cuya familia el padre del primero ayudó significativamente antes, durante y después del genocidio perpetrado por los nazis, al conservar bienes de su cadena de zapaterías, reintegrárselos a su término y luego ayudarlos a viajar a la Argentina.

Leiser también fue homenajeada el viernes, en el servicio de Kabalat Shabat de la Congregación Israelita, más conocido como “el Templo de la calle Libertad”, durante un oficio conducido por el rabino Sergio Bergman.
La historia se conoció el sábado pasado, cuando el diario “Clarín” publicó la nota “El argentino que nos ayudó a escapar del nazismo”, escrita por la propia Leiser.

“La cadena de zapaterías de mi familia, ‘Leiser’, llevaba nuestro apellido y tenía más de treinta y cinco sucursales. Para el año 1933 aproximadamente estuvo de visita en uno de nuestros negocios Alberto Enrique Grimoldi, el conocido fabricante argentino de zapatos, hijo a su vez de quien fundó esa empresa en 1895. Alberto había venido para aprender en los negocios de mi familia todo lo relacionado con la atención al cliente, la venta de calzado al público, la comercialización del producto. Recuerdo como si fuera hoy que Alberto se sentó en un banquito de madera de esos que se usaban entonces para ver en detalle, en vivo y en directo como se dice ahora, el procedimiento que utilizaban los vendedores de la firma”, contó.

“Pasaron los años y la oscura estrella de (el dictador genocida nazi Adolf) Hitler siguió ascendiendo en una Alemania que se volvía cada vez más peligrosa y temible. En el año 33 la cadena Leiser, cuyas fotografías pueden verse hoy en el Centro Conmemorativo del Holocausto de Montreal, fue ‘arianizada’ y, como consecuencia de ese despojo cruel y racista, mi familia fue obligada a ‘asociarse’ en forma compulsiva con una persona no judía y así pasar el negocio a manos ‘arias’”, prosiguió “Lilo”.

“Cuando la situación se volvió intolerable para todos nosotros, mis padres decidieron viajar conmigo desde Berlín a Holanda procurando buscar un lugar más seguro y tranquilo” porque “en Amsterdam mi familia poseía también una cadena de zapaterías conocida como Huff, no tan grande como la de Alemania, pero igualmente importante y prestigiosa”, pero “en el nuevo destino no disfrutamos de la suerte esperada”, recordó.

“En mayo de 1940 también ese país fue invadido y ocupado por los nazis. Ante el riesgo de perder también los negocios en Amsterdam se produjo la segunda y milagrosa intervención de Grimoldi, quien se hizo cargo de la cadena en Holanda mediante una operación comercial obviamente ficticia y con la promesa de devolver el patrimonio recibido no bien terminara la guerra. Un verdadero pacto de caballeros. También -aunque yo era muy joven para conocer el detalle- sé que cuando mi familia aún estaba en Alemania le envió dinero con la sola promesa de palabra de que luego lo devolvería. Y así fue”, destacó Leiser.

“A veces me preguntan por qué mi familia confió tanto en Grimoldi. La respuesta es mucho más simple de lo que podría suponerse. Mis padres decidieron asumir el riesgo y, así, aferrarse a la promesa de ese hombre que, en un mundo que se les caía encima, les generaba confianza. A veces en la vida hay que dar un espacio a los valores permanentes de la condición humana”, recomendó.

“En un último y desesperado intento de prevención y anticipo de la tragedia inminente, mi familia obtuvo a cambio de una fuerte suma de dinero pasaportes costarricenses. Fueron otorgados por el conde (Hermann) Rautenberg, cónsul por entonces de ese país centroamericano. Me animo a decir que la posesión de esos documentos que nos brindaron la ciudadanía de un país que jamás conocimos nos salvó la vida. Y no exagero. De no contar con ellos nuestro destino seguro eran las cámaras de gas de Auschwitz”, conjeturó con irrefutable seguridad quien conserva de esa trágica época un brazalete y la estrella amarilla que la obligaban a llevar.

Hacia 1944 llegó al campo de concentración de Westerbork, un lugar de tránsito a Auschwitz, “una autoridad de la cancillería alemana y constató la autenticidad de nuestros pasaportes costarricenses”, tras lo cual “nos trasladaron al campo de refugiados” de Bourboule, en Francia, una semana antes del desembarco en Normandía, relató.

“Dado que conocíamos a gente amiga y familiares en Uruguay nos embarcamos hacia ese país, más precisamente a Montevideo, donde, en el barrio de Pocitos, permanecimos alojados durante aproximadamente nueve meses en una pensión. Queríamos ingresar a la Argentina pero eso no parecía posible por razones políticas: sabemos que la Argentina puso trabas para la inmigración de los judíos durante esa época. Es entonces cuando se produce la tercera y nuevamente milagrosa aparición de Alberto Enrique Grimoldi, a quien por supuesto no olvidábamos.

Él tenía contactos a diferentes niveles gubernamentales de Argentina y actuó como garante personal para permitir nuestra llegada a este país. Parece que le dijo al gobierno, presidido entonces por (Juan) Perón, que nuestro conocimiento era fundamental para potenciar sus planes en la empresa. Acto seguido Grimoldi devolvió a mi familia el dinero y todo el patrimonio de los negocios de Holanda que habían quedado a su nombre, un gesto que mi familia conoce muy bien y que rescato en mi memoria como un tesoro inapreciable y eterno”, reconoció Leiser.

“Finalmente perdí todo contacto con los Grimoldi. Alcancé a saber que el hombre que nos había ayudado tanto en momentos de grave riesgo para mi familia había muerto si no me equivoco en 1953. Todo lo vivido pareció entonces perderse para siempre en el olvido. Un día, no sé por qué, me puse en campaña junto a Virginia, una gran amiga y asistente, para ubicar a los Grimoldi. Fue como querer retomar en parte el hilo que se había roto. Ayudó en tal sentido un artículo aparecido en un diario donde se mencionaba a esa familia y su historia con algún detalle. Virginia, bastante más moderna que yo en el manejo de Internet y esas cosas, se ingenió para dar con Grimoldi hijo, el actual presidente gerente de la empresa”, narró.

“Le enviamos juntas un mensaje electrónico y así se retomó el vínculo. Fui invitada a una reunión convocada en la fábrica con toda la familia para que yo contara el comportamiento que tuvo Alberto con nosotros. Eso fue muy emocionante para todos. Lo que dije en ese encuentro lo repito ahora. Ojalá todos los hombres actuaran como lo hizo Grimoldi. Su hijo, Alberto Luis (ambos en la foto), es el actual presidente y gerente de la empresa y más allá de eso es, debo decirlo con todas las letras, un amigo permanente de la familia que nunca se olvida de nosotros”, finalizó una agradecida sobreviviente de la Shoá.

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