Al segundo día de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos, él designó a George Mitchell como enviado especial de EE.UU. para Medio Oriente.
Cuatro años después e independientemente del ganador de la votación del martes, casi no hay chances de que el proceso de paz reciba la misma primacía al inicio de la próxima cadencia. En parte eso se debe al agotador estancamiento entre las partes, pero un factor mucho más importante es la agotadora angustia en la economía de los EE.UU.
Los problemas económicos de los Estados Unidos no sólo fueron el tema dominante en la elección de 2012 dejaron a la política exterior casi totalmente fuera de carrera.
Mitt Romney trató de sacar ventaja política de la tensa relación de Obama con el primer ministro Benjamín Netanyahu (en la foto, con el titular de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas) y de la inminente posibilidad de que Irán adquiera armas nucleares. Pero el único tema internacional que realmente se entrometió en la campaña en sus últimas y más impactantes semanas fue el ataque terrorista que asesinó a cuatro diplomáticos de EE.UU., incluido un embajador, en Libia, en el 11º aniversario del 11 de Septiembre.
Sin embargo, ni siquiera el incidente en Libia abrió un debate sobre el enfoque de los Estados Unidos respecto de Medio Oriente o el combate al terrorismo, sino que sólo sirvió como un trampolín para recriminaciones y acusaciones de manipulaciones, citas erróneas, evaluaciones pobres y, finalmente, encubrimiento.
Como un barómetro simbólico, la tan esperada “sorpresa de octubre” -a menudo imaginada como una inesperada crisis de política exterior que sacude los días de campaña en su recta final- este año llegó en la forma de una crisis interna: la destrucción causada por el huracán Sandy.
La falta de atención a los asuntos internacionales en la campaña electoral casi seguramente es un presagio de una similar falta de enfoque que el presidente les dedicará al inicio de su mandato, salvo una “sorpresa de enero” de considerable consecuencia global y en EE.UU.
Los votantes primerizos han convertido a la creación de empleo en su principal preocupación durante una profundamente dividida y extremadamente estrecha carrera presidencial. Cualquiera que sea el nuevo presidente tendrá que centrarse en esta cuestión para mostrar que fue la elección correcta y ganarse el respeto de los estadounidenses, sobre todo de los del otro lado del pasillo.
Por otra parte, si bien existe una pequeña probabilidad de que un imprevisto incidente internacional pueda requerir una significativa consideración presidencial, existe un muy definido predicamento económico programado para llegar a su punto culminante en los próximos meses: el embargo. Según indica la ley, si el Congreso y la Casa Blanca no llegan a un acuerdo el 3 de enero, entrarían automáticamente en vigor reducciones en todas las áreas del gobierno por más de 1 billón de dólares en los próximos 10 años, incluyendo programas militares y de ayuda social.
Si bien ambas partes han subrayado que desean evitar que los recortes sean implementados, los compromisos de cada lado que se requieren son tan grandes -y tan completamente ausentes hasta ahora- que la posibilidad de que esta cuestión sea resuelta para el Día de la Inauguración (de las sesión parlamentarias), el 20 de enero, va de escasa a ninguna. E incluso una solución significaría meses de secuelas que serían absorbidas por el presidente.
Algunas cuestiones internacionales se entrometerán al principio de la próxima cadencia, incluido el programa nuclear de Irán, pero para muchos temas globales el enfoque de la Casa Blanca probablemente será más de administración de crisis que de emprendimiento proactivo.
La concreción de la paz en Medio Oriente podría ser puesta en segundo plano por algún tiempo. Por supuesto, la volátil situación en Tierra Santa sólo puede fermentar por un tiempo antes de que vuelva a hacer erupción y a demandar atención.
* Corresponsal en los Estados Unidos del diario israelí The Jerusalem Post.

