Un mes después de ser liberado de la prisión de Egipto y regresado a casa de sus padres en Nueva York, el ciudadano norteamericano-israelí, Ilán Grapel, relató lo vivido en El Cairo durante cuatro meses tras ser acusado de espionaje y el infierno que vivió en el penal egipcio.
En una entrevista concedida al diario Yedioth Ahronoth, Grapel relató que el domingo 12 de junio, a las 8:30, en momentos que dormía unos 30 hombres vestidos de civil irrumpieron en la habitación. Dos de ellos le preguntaron cuál era su nombre y la ciudadanía que llevaba.
Grapel mostró sus dos pasaportes, el de Estados Unidos e Israel con la esperanza de que todo quedaría ahí. "Yo estaba seguro de que me llevarían a una comisaría y luego el embajador de Estados Unidos llegaría y que todo estaría bien", contó.
"Pero cuando me pusieron las esposas, empecé a sentir miedo. Cuando llegamos a la calle crecieron mis temores. Luego me vendaron los ojos y me metieron en la furgoneta. En ese momento yo sabía que estaban los servicios de seguridad egipcios, y me dije: Dios, sólo espero que no se conviertan en el segundo Azam Azam", relató el joven.
Grapel pasó 150 días en una habitación de cuatro metros cuadrados, dos semanas después de que haber estado en una celda común en la que casi pierde la cabeza. Desde su liberación el 27 de octubre, fecha en la que también fueron liberados otros 25 presos de Egipto, trató de ser él mismo en su regreso a la casa de sus padres.
El joven hoy está libre, pero los recuerdos no lo dejan ir. "Al principio de la investigación, el fiscal egipcio me dijo que yo era sospechoso de espionaje. Me respondió en árabe que no había nada de qué hablar, afirmó que necesitaba un traductor. Yo le dije: ‘Estoy aprendiendo árabe y me gustaría mejorar mi conocimiento de la lengua. No sonrió y me dijo… ¿Estás loco Estás viendo cinco cadenas perpetuas", indicó.
En la celda Grapel trató de mantenerse ocupado haciendo ejercicio y con el fin de asegurarse de que no perdería su voz se puso a "tararear las canciones que había oído en el albergue juvenil". "También traté de hacer todas las comidas como era posible, me lavé las manos antes de comer pan, que es de cinco minutos, y la bendición sobre el pan es otro de cinco minutos”, agregó.
"Durante el mes de Ramadán, yo ayunaba y sólo comía en la noche para que los guardias de la prisión vean que yo los respetaba y tal vez como yo, sólo el tiempo se detuvo", dijo.
Incluso ahora, cuando está lejos de Egipto y de la amenaza de encarcelamiento, Grapel aseguró: "No fui torturado en la cárcel no en el sentido convencional de la palabra. No me arrancaron las uñas. No lo hicieron… ni me rompieron la espalda. Pero me pasé 150 días en una habitación con una cama, una silla y una ventana con barrotes, sin ningún tipo de razón, sin tener ni idea de lo que pasaría al día siguiente”, añadió.
Durante la entrevista Grapel compartió uno de los momentos más duros de su tiempo en cautiverio egipcio: "Después de dos semanas en confinamiento solitario le pregunte al investigador: Me darán la pena de muerte y él me respondió: Eso no es posible, no hay guerra entre Israel y Egipto".
Grapel contó que durante su encarcelamiento, a menudo, pensaba en el caso del soldado israelí Gilad Shalit, quien estuvo más de cinco años cautivo a manos de Hamas, pero pidió que no se hagan comparaciones entre los dos casos.
"Las circunstancias son diferentes", explicó. "Él (Shalit) fue tomado como rehén, como un soldado con uniforme, yo era un civil que vine a ayudar, me dije que sí Gilad estaba soportando tantos años, yo no me puedo quebrar. Igualmente no me sentiría cómodo si hubiera sido liberado a cambio de terroristas".
En retrospectiva, a Grapel todavía le resulta difícil de entender exactamente lo que los egipcios querían de él. "Creo que fui arrestado porque soy israelí y me dejaron en libertad porque soy un americano. Y creo que tomó tanto tiempo porque los egipcios no saben escalar el árbol proverbial", consideró, por último, Grapel.
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