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El fantasma de Ben Laden: ficciones verdaderas

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La respuesta la dan, a lo largo de flamantes 250 páginas de aterradora mezcla de realidad y ficción, los maestros del thriller Dominique Lapierre y Larry Collins. Después de un impasse de 24 años, los autores de best sellers tan famosos como ¿Arde París?, Llevarás luto por mí, y Esta noche, la libertad, conmocionados por el 11 de septiembre, volvieron a trabajar a cuatro manos con renovados y alarmistas bríos.
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La novela-profecía resultante, ¿Arde Nueva York?, fue publicada en castellano por Planeta, y la presentación del libro se hizo la semana última en Madrid, donde una historia de «durmientes» de Ben Laden, con teléfonos móviles y bombas simultáneas que recuerdan demasiado a las del 11 de marzo, fue naturalmente el centro de atención de la prensa.
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Lapierre y Collins rápidamente aclararon que quedaron «consternados» con el atentado de Madrid y que por el momento no piensan hacer una novela con ese argumento, aunque sí han estudiado las similitudes con el que destruyó las Torres Gemelas. «Son dos actos de terrorismo puro, en los que Ben Laden no pierde nada», dijo Lapierre en su particular castellano.
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Ambos autores sonrieron cuando les preguntaron si con su nuevo libro no estarían dando ideas a los terroristas. «No creo que les hagan falta. Ben Laden ya ha lanzado dos fatwas en las que dice que es una obligacion dotarse de armas nucleares», aclararon. Si bien Lapierre señaló una coincidencia impactante entre el libro y lo ocurrido en Madrid, dado que en su libro una de las bombas no explota porque un terrorista pone en su teléfono celular la hora en PM en lugar de en AM, más allá del factor nuclear, marcó una diferencia fundamental: «En ¿Arde Nueva York? se ponen bombas no sólo como acto de puro terror, sino para obtener con el chantaje una retribución política explícita: la evacuación israelí de los territorios árabes ocupados».
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Collins explicó que con la novela querían «lanzar una señal de alerta a nuestros responsables de seguridad, porque nuestras ciudades occidentales no son seguras. Pero también resaltar que ha llegado el momento en que los líderes políticos se planteen ya solucionar el problema de Israel y Palestina».»Bush no lo hace, nuestros presidentes en Europa no lo hacen, una solución puede existir pero con otros hombres, con un recambio político, empezando por Arafat y Sharon. Igual, no soy optimista porque hay una dimensión religiosa en el conflicto. Cuando Dios se mezcla en la política complica mucho las cosas», dijo Lapierre.
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Fin de semana con Ben Laden
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El francés Dominique Lapierre y el americano Larry Collins se conocieron en 1954 haciendo el servicio militar. El primero había comenzado su carrera periodística a los 17 años, con un viaje por Estados Unidos del que regresó con un reportaje para Le Monde y un libro que fue famoso, cuyo título hacía referencia a su presupuesto: Un dólar cada mil kilómetros. Al igual que Collins, que trabajaba en la agencia estadounidense United Press, durante años recorrió todos los puntos calientes del planeta para medios como Paris Match o Newsweek. En 1964 ambos autores comenzaron su colaboración literaria, que continuó hasta 1980, cuando ocurrió un divorcio literario en el que la amistad se mantuvo intacta. Todos los libros que escribieron juntos se vendieron por millones y fueron traducidos a decenas de idiomas.
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Para el nuevo libro, Collins y Lapierre recurrieron a la técnica que tan buen resultado les dio las otras veces: un argumento que ya parece el guión de un film combinado con dos años y medio de investigación profunda que los llevó a Pakistán para describir cómo los terroristas podrían lograr su bomba, y a Estados Unidos para penetrar en los centros más secretos de seguridad interior y de protección contra el terrorismo.
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«Todas la informaciones que ofrecemos en la novela son exactas y han sido verificadas. No es que hayamos pasado un fin de semana con Ben Laden –bromeó Lapierre–, pero sí tuvimos que vencer la paranoia de los responsables occidentales de seguridad y el secreto con el que los paquistaníes rodean sus actividades nucleares».
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Collins y Lapierre descubrieron que hay un centro de información de la policía en Nueva York de última generación que está escondido «en uno de sitios más asquerosos de la ciudad». E imaginaron cómo se puede sacar de Pakistán una de las 50 bombas nucleares que tienen y cómo se podría introducir ésta en un contenedor que llegue al puerto de Nueva York, «al cual cada día llegan más de 5000 barcos y sólo se controla un dos por ciento», se alarmó Lapierre.
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Los autores también se ocuparon de los detectores de radiación instalados en puentes y peajes después del 11 de septiembre. Collins explicó que, en los primeros diez meses, este ejemplo de última tecnología detectó 70.000 casos falsos de radiación, en muchos casos gente que venía de recibir radioterapia en los hospitales. Los policías se volvieron tan locos con el tema que terminaron desactivados.
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Los autores aseguraron también que Ben Laden está vivo («Habita en las montañas de Waziristan, protegido por el presidente paquistaní, Musharraf») y que los atentados de marzo son el signo evidente de que la guerra de Irak no ha resuelto en absoluto el problema del terrorismo, sino todo lo contrario. «Además, en los últimos días, en Ucrania, desaparecieron cierto número de ojivas nucleares y no sabemos quién las tiene; claramente no hacen falta más casos de la ficción adelantándose a la realidad», dijo Lapierre.
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Para ambos escritores, el detonante de las próximas crisis posiblemente esté en Pakistán. «Tener un aliado como Musharraf es muy bueno para Estados Unidos, pero si lo fuerzan a capturar a Ben Laden podemos temer seriamente que los extremistas vayan a asesinarlo y den un golpe de Estado. Para los indios es un problema enorme, y viven en un terror permanente, porque cualquier pequeño avión puede llegar a Nueva Delhi con una cabeza nuclear. Sería como un juego de niños», dijo Lapierre.
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Collins fue un paso más allá: «Pakistán tiene un arsenal nuclear considerable y misiles de medio alcance que pueden llegar a 2500 kilómetros de distancia. Si el poder en Pakistán cae en manos de islamistas un poco locos y yo fuera Sharon o Bush no estaría muy tranquilo, aunque Israel tenga 200 bombas termonucleares para responder, y, de momento, rige el mismo principio de no agresión de la Guerra Fría: mutua destrucción segura. ¿Pero quién impediría a unos kamikazes atómicos apretar el botón rojo?».
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El mismo duda que pueda ser el actual presidente norteamericano: «Es muy probable que pierda en noviembre. Conozco a Kerry y tengo mucha admiración por él. Será un excelente presidente. La tendencia unilateralista de Bush es nefasta. No tiene nada que ver con su padre, aunque es verdad que le pide consejo a cada rato».
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De cualquier manera, el libro es optimista con respecto al futuro, no en base a los políticos y militares sino por la gente sencilla, los funcionarios anónimos que son los que finalmente, con su trabajo silencioso que vela por la seguridad de la población, evitan el desastre. «El futuro del mundo pertenece a esa gente», concluyó Lapierre, quien ya está poniendo su propio granito de arena: la mitad de las ventas del libro irán a fines caritativos y adelantó a LA NACION que renunciará a su candidatura al premio de la Concordia, a favor de la candidatura del pueblo de Madrid, «que ha dado una lección al terrorismo con su dignidad y valor».
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Por Juana Libedinsky
La Nacion

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