A las seis de la mañana de ayer, poco después de que amaneciera en el Cairo, un corresponsal de la cadena árabe Al Jazeera, Jacky Rowland, describió la fiesta callejera masiva que estaba llevándose a cabo alrededor de ella como “el vestigio de la revolución”. Estas grandes palabras están siendo sacadas de donde estaban guardadas. Todavía están envueltas en un papel de temores y reservas, pero uno puede decir fácilmente que Egipto nunca antes ha visto el amanecer de un nuevo día como este, con la posible excepción de la mañana del golpe del Movimiento de Oficiales Libertadores de Gamal Abdel Nasser, hace más de medio siglo. Eso terminó en monarquía. El viernes por la noche la dictadura terminó. En el medio, la tierra del Nilo estuvo llena de bocas hambrientas y otras mudas.
Las noticias de Egipto son buenas noticias, no solo para ese país y el mundo árabe, pero para todo el mundo, incluyendo Israel. Ahora es tiempo de estar felices por el pueblo egipcio, que esperan que esta tremenda revolución no salga mal. Dejemos de lado todos nuestros temores, de anarquía, de los Hermanos Musulmanes o del régimen militar, y dejemos que este juego tenga la palabra. No nos ahoguemos en los peligros; ahora es tiempo de tomar el sol en la lluz que brilla desde el Nilo, luego de 18 días de lucha democrática y popular. De todos los países fue Egipto, irónicamente, el que probó que sí se puede. Que es posible derrocar a una dictadura y hacerlo de modos pacíficos.
Miremos en el vaso medio lleno. Muchos de los temores iníciales quedaron en la nada. Uno luego de otro, los malos estereotipos sobre Egipto mantenidos por Israel y Occidente se empezaron a caer. Con la excepción de un solo día de violencia, esta revolución fue pacífica. El pueblo judío probó que está fundamentalmente no armado y no violento. Cairo no es Badad, ni Nalbus. Eso es una buena noticia. El ejército, también, mostró que reconoció los límites del poder y que, en contraste con otras armadas en el barro, ajn no es un pistolero feliz. El ejército egipcio ha demostrado hasta ahora, toco madera, sabiduría, determinación y sensibilidad.
Los miles de jóvenes egipcios vistos en las pantallas de televisión en todo el mundo también mostraron que Egipto tiene una cara distinta a la que estamos acostumbrados. No solo comidas típicas y películas, sino también una alerta social y política. También probaron que, contrario a lo que se dijo constantemente, el odio por Israel no está en las prioridades de su agenda.
Las profecías de desgracias, según el cual cualquier cambio democrático significaría el levantamiento del Islam, están lejos de ser llevadas a cabo. Miremos las imágenes de la Plaza Tahrir: Hay relativamente pocos individuos religiosos. Rezaron tranquilamente, rodeados de un número de revolucionarios seculares. También hubo un importante número de mujeres egipcias en la plaza también. Egipto no es lo que pensamos que era.
Pero, por supuesto, la lucha no ha terminado, recién empieza. El comienzo del fin del régimen antiguo es solo el final del comienzo de la revolución. Pero uno ya puede predecir que incluso si Egipto pasa por otra fase antidemocrática, un régimen militar o una toma islámica, incluso si no se convierte en una democracia liberal occidentales, con una oposición y libertad, algún día igual llegará ahí. Ya no hay vuelta atrás, y Egipto nunca ha estado más cerca. Los orientalistas pueden callarse: La idea racista de que los árabes no están listos para la democracia ya ha recibido un golpe duro. ¿Qué es más democrático que esta revuelta?
Lo más importante, el mundo respondió de manera apropiada. Bajo la mano conductora del residente americano Barak Obama, se les extendió el apoyo de manera significativa y valerosa a los luchadores de la Plaza Tahrir. Lo recordarán a él por esto, y tal vez eso lleve a un nuevo amanecer en las relaciones de Estados Unidos con el mundo árabe, como prometió Obama en su “discurso del Cairo”. ¿Y en Israel? Negocios como siempre. Es cierto que el primer ministro Benjamin Netanyahu ordenó a sus ministros que no hagan declaraciones públicas, pero no dejó pasar la oportunidad: una vez apeló a Egipto de manera firme y demandante, si no fue con un tono amenazante; una vez advirtió que Egipto se convertiría en otro Irán. Eso también será recordado en la Plaza Tahrir. Incluso si es muy tarde, los funcionarios israelíes deben unirse a Occidente y enviar buenos deseos de Jerusalem a El Cairo. Y si no lo hacen ellos, entonces, al menos nosotros, el pueblo, debemos hacerlo. De nosotros a ustedes: Mabruk, felicitaciones Egipto.
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